El noruego Glenn Main se ha establecido como un músico de alta calidad con un parecido con Jean Michel Jarre, aunque ha forjado un estilo totalmente único en la música electrónica melódica que ha crecido y evolucionado con cada nueva versión. "Ripples (Ondas)" es su cuarto álbum, un trabajo que gana su lugar gracias a su sencilla genialidad y creatividad. "Ondas" es una delicia que se puede degustar y se destaca por el deseo de explorar nuevos territorios musicales de inexorable belleza. Influenciado por el gran artista que es Jean Michel Jarre, "Memory shift (Cambio de memoria)" posee todos los atributos de un remix de Oxygene IV, con sus elementos galácticos típicos, aunque su ritmo es ligeramente diferente.
Glenn Main - Ripples (2012)
01. Echoes From The Past
02. Remembrance
03. Moving On
04. Heart And Soul
05. Castles In The Air
06. Dream Catcher
07. Memory Shift
08. Ripples
09. A Drop In The Ocean
10. Sea And Stars
11. Floating
12. Outward Bound
Duración total: 58:49 min.
01. Echoes From The Past
02. Remembrance
03. Moving On
04. Heart And Soul
05. Castles In The Air
06. Dream Catcher
07. Memory Shift
08. Ripples
09. A Drop In The Ocean
10. Sea And Stars
11. Floating
12. Outward Bound
Duración total: 58:49 min.

Neto 26 de junio de 2013 10:13
ResponderEliminarMe encanta Jean Michel Jarre y este tema "Cambio de memoria" me suena más a un tributo a Jarre y muy bien logrado por cierto! Una joyita más que me gustó compartir con todos!
Gloria Celeste González Junyent 30 de junio de 2013 13:01
Debo confesar que no soy una gran fanática de Jarré pero este tema me gustó mucho, tiene fuerza, energía y revitaliza el alma, buena elección amigo, y sigamos compartiendo reflexiones que nos ayuden a pensar en nosotros mismos y nuestro entorno y a lo mejor, quien sabe, lo mejoramos...
" Una de las mejores sensaciones que podemos experimentar es la de no sentirnos solos, lo que no significa que físicamente lo estemos. La soledad es un estado interno que nada tiene que ver, en la mayoría de las ocasiones, con estar acompañado o no. Uno está sólo de verdad cuando se siente aislado y relegado al ostracismo. Es como si los demás obviasen nuestra presencia o lo hiciesen con nuestro sentir interior. Se trata de la no coincidencia en el punto de encuentro, lo que de verdad hace que nos repleguemos en nuestra concha y dejemos que la vida pase delante. A veces no podemos unir diferencias, o incluso no queremos y antes que flexibilizar nuestra postura preferimos guardarnos entre nuestro mullido colchón de afectos internos para protegernos defendiéndonos. Uno se acostumbra a la soledad elegida pero nunca a la impuesta. Y eso es porque cuando estamos a solas con nosotros mismos tenemos que vernos, hablarnos, pelearnos y hasta querernos y eso, todo junto, es difícil. Por otra parte, al quedarnos en ese vacío donde solamente estamos nosotros, no podemos escondernos de nuestros ojos y a la luz de la presencia justiciera de nuestro yo, salen mil y un fantasmas reclamando lo que es suyo. Entonces, nos damos cuenta de cuáles son las fallas de nuestro terreno y si el mapa de nuestro cerebro está en orden o se ha descontrolado. En el fondo estar sólo es un ejercicio de sana limpieza del alma porque la obliga a desnudarse y a cantar bajo la ducha, una a una sus penas, a la vez que logra impulsarla a buscar soluciones creativas donde solo aparecían problemas. Estar demasiado protegido no es bueno, aunque sí agradable. Uno debe aprender a salir a flote por sí mismo porque en muchos momentos de la vida nadie está tomando tu mano…y si lo está, tal vez tú ni lo notes...
Besos y abrazos para todos
Neto 3 de julio de 2013 18:58
Expléndida reflexión sobre la Soledad! Gracias Glo por compartirla! Y que buen tema esta que lo acompaña! Como verás me estoy poniendo al día con todos los comentarios... internet!!! Quiero internet en casa! buaaaaa (que llorón por Dios!) jajaja
🌧️ La Madrugada en que Aluminé me Enseñó a Abrir el Corazón
ResponderEliminarLlegué a comprender Aluminé una madrugada de invierno, cuando la lluvia descendía sobre la cordillera con una paciencia que solo conocen las estaciones australes. No había prisa en el cielo ni en la tierra. El río Aluminé seguía su curso entre piedras antiguas, mientras los pehuenes permanecían inmóviles, como si custodiaran una memoria que ningún libro ha logrado contener por completo.
Fue entonces cuando advertí que este rincón de la Patagonia no se deja conocer únicamente por su geografía. Sus montañas, sus lagos transparentes, sus bosques y sus volcanes son apenas la expresión visible de una historia mucho más profunda, tejida por generaciones que aprendieron a vivir junto a la naturaleza antes que sobre ella.
En estas tierras, el pueblo mapuche desarrolló una manera de comprender la existencia basada en el equilibrio. La tierra no era una propiedad, sino un espacio compartido; el agua no era un bien para poseer, sino una fuente de vida que merecía respeto; el bosque no era solo madera, sino un lugar habitado por múltiples formas de existencia. Esa mirada todavía resuena en las ceremonias, en el valor de la palabra dada, en el respeto por los mayores, en el arte del tejido y en la recolección del piñón del pehuén, que durante siglos ha reunido a familias y comunidades alrededor del alimento y la conversación.
Mientras caminaba junto al río comprendí que esas costumbres no pertenecen únicamente al pasado. Permanecen vivas cada vez que alguien entiende que el ser humano forma parte de la naturaleza y no está separado de ella.
La lluvia seguía cayendo.
Pensé entonces en cuántas veces había deseado una vida ordenada, predecible y libre de dolor. Sin embargo, frente a aquellas montañas comprendí que la propia Patagonia nunca ha sido así. Aquí el viento puede transformar un día sereno en una tormenta; la nieve puede cubrirlo todo durante semanas y, sin embargo, bajo ella las raíces continúan preparándose para la primavera. Nada permanece inmóvil. Todo cambia sin dejar de pertenecer al mismo paisaje.
Recordé una frase que desde hace tiempo me acompaña: todos sabemos por experiencia propia que la vida es caótica y dolorosa, hermosa e impredecible. La clave está en mantener el corazón abierto a la totalidad de ella.
De pronto comprendí que esa idea no era ajena a lo que el paisaje parecía susurrar. No porque la cosmovisión mapuche formule esa frase, sino porque invita a reconocer que el equilibrio no nace del control absoluto, sino de una relación respetuosa con los ciclos de la vida, de la naturaleza y de la comunidad. El bosque no rechaza el invierno. El río no se rebela contra las piedras. Ambos continúan siendo fieles a su esencia mientras atraviesan el cambio.
Aluminé comenzó entonces a revelarse de otra manera.
Ya no vi únicamente un pueblo cordillerano rodeado de lagos y montañas. Vi un territorio donde la historia aún dialoga con el presente; donde las tradiciones sobreviven porque continúan teniendo sentido; donde el silencio posee un lenguaje propio y donde el viento parece recordar que la sabiduría rara vez llega haciendo ruido.
Cuando la lluvia finalmente cesó, el cielo abrió un pequeño claro sobre la cordillera. No sentí que hubiera encontrado respuestas definitivas. Sentí algo más valioso: había dejado de exigirle a la vida que fuera distinta de lo que es.
Desde aquella madrugada comprendí que el mayor aprendizaje que me regaló Aluminé no fue una certeza, sino una forma de caminar. Avanzar con respeto hacia la tierra que me sostiene, con gratitud hacia quienes la habitaron antes que yo y con el corazón abierto para recibir, sin elegir, tanto la belleza como la incertidumbre.
Quizás esa sea la enseñanza más silenciosa de la Patagonia: cuando aceptamos que la vida contiene al mismo tiempo lluvia y amanecer, pérdida y encuentro, dolor y esperanza, dejamos de luchar contra el mundo y empezamos, por fin, a caminar con él.