Stive Morgan - Dancing Under the Moon (2025)

El álbum "Dancing Under the Moon" de Stive Morgan es una obra del género New Age que invita a un viaje sonoro introspectivo con una duración aproximada de 1 hora y 12 minutos repartida en 14 pistas llenas de texturas ambientales y melodías envolventes. La propuesta de Morgan combina títulos sugerentes como “Observing of Stars (Remix 2025)”, “Spirit of the Earth (Another Story)” y la propia pista que da nombre al álbum, evocando paisajes cósmicos y experiencias meditativas que conectan con la naturaleza y el subconsciente. Este trabajo refleja una exploración musical calmada y contemplativa, ideal para quienes buscan sonidos que trascienden lo cotidiano, uniendo lo terrenal con lo etéreo bajo la luz simbólica de la luna.

Comentarios

  1. 🌊 Entre la Arena y el Silencio

    Llego a Aguas Verdes cuando el verano apenas comienza a desperezarse. El aire todavía no está saturado de voces ni de rutinas repetidas; hay algo inaugural en estos días, como si el mundo se estuviera ensayando a sí mismo. Camino descalzo por la playa y siento que cada grano de arena me devuelve a una pregunta antigua: ¿quién soy cuando no tengo que ser nadie?

    Aquí, donde el Partido de la Costa se vuelve más susurro que postal, la frase de Nisargadatta Maharaj resuena con una claridad inesperada: “La sabiduría me dice que no soy nada. El amor me dice que lo soy todo.” El mar, indiferente y eterno, parece asentir. No me exige definiciones. No me pide nombres. Simplemente está. Y en su estar, me invita a soltar.

    La sabiduría llega como la marea baja. Desnuda. Despoja. Me muestra que todo lo que creo ser —mis historias, mis logros, mis miedos— es espuma momentánea. Aquí, frente a esta extensión infinita, mi importancia personal se diluye con una naturalidad casi misericordiosa. No soy el centro. No soy imprescindible. Y, curiosamente, eso no duele. Al contrario: alivia. Ser nada es descansar de la carga de sostener una identidad rígida.

    Pero entonces aparece el otro río: el del amor. No como emoción grandilocuente, sino como una presencia tibia, similar al sol de la mañana cuando todavía no quema. El amor me dice que soy todo porque no me separa de nada. Soy el sonido del viento entre los médanos, la gaviota que cruza el cielo sin preguntar, la casa baja que espera a sus habitantes estacionales. Soy el niño que corre, el anciano que observa, la ola que nace y muere sin nostalgia. En este amor no hay jerarquías; todo participa del mismo pulso.

    Entre estas dos riberas —la nada y el todo— fluye la vida. Y en Aguas Verdes ese fluir se vuelve visible. El mar avanza y retrocede sin conflicto, sin elegir un extremo definitivo. Comprendo que el error no está en ser nada o ser todo, sino en aferrarme a uno solo de los márgenes. La sabiduría sin amor se vuelve árida; el amor sin sabiduría, ciego. El río necesita ambas orillas para existir.

    Al caer la tarde, cuando el cielo se tiñe de tonos imposibles y el verano promete su plenitud, me siento a contemplar. No busco respuestas. Dejo que la frase se disuelva en mí como sal en el agua. Tal vez vivir sea eso: permitir que la nada me libere del ego y que el todo me recuerde la pertenencia. No elegir, sino habitar el movimiento.

    Aquí, al comienzo del verano, entiendo que no vine a Aguas Verdes a escapar de la vida, sino a escucharla en su estado más simple. El mar no filosofea, pero enseña. Y su lección es silenciosa: sé como el río. Fluye entre lo que no eres y lo que siempre has sido.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario