Guido Negraszus - Sundowner (2025)

En "Sundowner", Guido Negraszus construye un álbum crepuscular que invita a escuchar con calma. Las piezas avanzan como paisajes que cambian de color al caer el sol, combinando sensibilidad melódica con una producción cuidada. Hay una sensación de tránsito: momentos íntimos, otros expansivos, todos unidos por una coherencia sonora que evita el exceso. Negraszus privilegia el clima por sobre el virtuosismo, y logra que respire, dejando espacio para la contemplación. El disco no busca impactar de inmediato, sino acompañar, crecer con las escuchas y revelar matices sutiles. "Sundowner" funciona como banda sonora para el final del día, un trabajo honesto y envolvente que confirma una identidad artística definida, que dialoga con la noche urbana y la introspección personal.

Comentarios

  1. 🌊 La costumbre de lo infinito

    Veraneo en Aguas Verdes, y cada mañana el mar me recibe como si nunca nos hubiéramos visto. Sin embargo, lo hemos hecho cientos de veces. Camino por la playa con la naturalidad de quien cree conocer el paisaje, pero algo en el aire insiste en recordarme que no hay nada conocido del todo. El océano no repite una sola ola; yo, en cambio, repito mis pasos, mis pensamientos, mis olvidos.

    Andersen escribió que el mundo entero es un conjunto de milagros, pero que estamos tan acostumbrados a verlos que les llamamos cosas comunes. Pienso en eso mientras observo cómo el sol emerge del horizonte, lento y exacto, como si obedeciera una ley antigua. Le decimos “amanecer”, como si el nombre agotara el misterio. Pero ¿qué clase de milagro ocurre cada vez que la noche se abre y deja pasar la luz?

    Aquí, lejos del ruido habitual de mi vida, los milagros parecen más visibles, aunque sospecho que no es el lugar el que cambia, sino la mirada. El mar siempre estuvo ahí; soy yo quien, por unos días, deja de mirarlo como fondo y empieza a verlo como presencia. El viento que mueve los pinos no está “pasando”: está hablando un idioma que casi recuerdo. La arena no es arena; es tiempo pulverizado.

    En Aguas Verdes, el silencio no es ausencia de sonido, sino un espacio donde las cosas pueden decir lo que normalmente callan. El graznido de una gaviota, el crujir de una tabla en una casa de madera, el latido propio al caminar descalzo: todo parece conspirar para recordarme que estoy vivo. Y sin embargo, en la ciudad, esos mismos signos existen, pero yo los llamo rutina, tránsito, ruido.

    Tal vez lo común no sea lo simple, sino lo no mirado. Llamamos “cosa” a lo que no queremos volver a descubrir. Decimos “mar” para no decir abismo, origen, espejo. Decimos “verano” para no decir pausa sagrada. El milagro no desaparece; se disfraza de hábito para que podamos seguir adelante sin arrodillarnos a cada paso.

    Hay tardes en que el cielo se vuelve violeta y el sol cae como una moneda lenta en el agua. Nadie aplaude. Nadie se sorprende. Yo mismo, a veces, miro el reloj. Y entonces entiendo: el verdadero enigma no es que el mundo sea milagroso, sino que podamos olvidarlo. Que el corazón se acostumbre a latir y no se detenga a agradecer su propia insistencia.

    Camino de regreso cuando oscurece. Las casas se encienden como pequeñas constelaciones domésticas. Pienso que quizá la espiritualidad no esté en buscar señales extraordinarias, sino en desobedecer la costumbre de la ceguera. Ver, otra vez, como si fuera la primera. Escuchar como quien no sabe. Vivir como quien acaba de llegar.

    Mañana, el mar volverá a estar ahí. Yo también. Ojalá no lo llame “común”.

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