Kevin Kendle - Clouds (1999)

El álbum "Clouds" de Kevin Kendle es un disco instrumental de música new age/ambient inspirado en la belleza del cielo y las formaciones nubosas. Fue publicado en el año 1999 por el sello New World Records y tiene una duración de casi una hora, con ocho pistas que llevan nombres de distintos tipos de nubes como “Cumulus”, “Cirrus” y “Noctilucent”, cada una con duraciones que superan los seis minutos. La música de "Clouds" está diseñada para crear una atmósfera relajante y meditativa, evocando tranquilidad y serenidad, ideal para acompañar actividades como la contemplación del cielo, la relajación o prácticas de bienestar. Este trabajo ha sido ampliamente apreciado por su sonido evocador y paisajístico, convirtiéndose en un referente dentro del estilo.

 

Kevin Kendle - Clouds (1999)

01. Cumulus
02. Cirrostratus
03. Stratus
04. Altocumulus
05. Cirrocumulus
06. Cumulonimbus
07. Cirrus
08. Noctilucent

Duración total: 58:12 min.

Comentarios

  1. ☁️ Cicatrices en Suspensión

    Veraneo en Aguas Verdes, donde el mar no irrumpe: respira. Aquí, en el Partido de la Costa, la mañana llega con un silencio que no es vacío, sino una pausa cargada de sentido. La arena aún fría guarda huellas de pasos que ya no están, como si la noche hubiera caminado descalza y se hubiera ido sin despedirse. Enciendo Clouds, de Kevin Kendle, y dejo que el piano suspenda el tiempo. Hay músicas que no se escuchan: se habitan. Y esta, en particular, parece entender algo que yo apenas empiezo a recordar.

    “Amo la ambivalencia poética de la cicatriz, que tiene dos mensajes: aquí dolió, aquí sanó.” La frase de Louis Madeira cae como una gota lenta sobre el lago quieto de la conciencia. Cicatriz. Marca. Nube. El cuerpo —y el alma— no olvidan, pero transforman. En Aguas Verdes, la bruma de la mañana dibuja una frontera difusa entre lo que fue y lo que está siendo. Como una cicatriz bien cerrada, el horizonte no sangra: resplandece.

    Las nubes se deslizan con una lentitud ceremonial. No avanzan: flotan. Pienso que la cicatriz también flota en nosotros, no como peso sino como señal. Una cartografía íntima. El mar trae y se lleva, insiste y afloja, como la memoria cuando aprende a no doler. Cada ola es una respiración antigua. Cada espuma, una palabra que se dijo para sanar.

    Camino entre pinos y médanos. El viento acomoda pensamientos que llegaron revueltos. Aguas Verdes tiene esa cualidad de retiro sin encierro: no exige respuestas, apenas presencia. Clouds acompaña con acordes que no reclaman protagonismo; sugieren. Hay algo espiritual en la música que no empuja, que no subraya. Como la cicatriz: no grita su historia, la confía al que sabe mirar.

    Me pregunto cuántas nubes necesita un dolor para volverse liviano. Cuántas tardes frente al mar hacen falta para que el recuerdo deje de arder y empiece a iluminar. La cicatriz no borra la herida; la vuelve paisaje. Y el paisaje, cuando se lo habita, enseña. Aquí, en esta costa bonaerense donde el verano no es estridente sino íntimo, uno aprende a escuchar lo que quedó en silencio.

    Hay días en que la marea baja descubre restos: maderas, conchas, historias mínimas. Nadie diría que son heridas del océano; parecen ofrendas. Así también las cicatrices: restos de un naufragio que ahora decoran la orilla del ser. No se trata de romantizar el dolor, sino de reconocer su alquimia. Lo que dolió fue real. Lo que sanó, también.

    Kevin Kendle construye nubes con sonido. No llueve: suspende. Y en esa suspensión aparece lo sagrado de lo cotidiano. Preparar mate mirando el cielo, sentir la piel tibia después del agua fría, escuchar un piano que parece venir de adentro. La espiritualidad, pienso, no siempre es elevación; a veces es arraigo. A veces es aceptar que lo que somos incluye marcas, y que esas marcas pueden ser puertas.

    Aguas Verdes no tiene grandes carteles ni promesas ruidosas. Es un susurro persistente. Como la cicatriz bien hecha: no distrae, acompaña. En la tarde, cuando el sol se inclina y la sombra de los pinos se alarga, las nubes se vuelven más densas, más pensativas. Clouds entra en un pasaje donde el tiempo se vuelve circular. No hay principio ni final, sólo tránsito.

    Me detengo. Respiro. Entiendo —o creo entender— que sanar no es volver atrás, sino aprender a estar con lo que quedó. La cicatriz es un acuerdo silencioso entre el pasado y el presente. Aquí dolió. Aquí sanó. Y aquí, ahora, se contempla sin miedo.

    Quizás por eso veraneo acá. Porque Aguas Verdes no promete olvido, sino reconciliación. Porque el mar, como la música, como la cicatriz, sabe decir dos cosas a la vez. Y en esa ambivalencia poética, en esa nube suspendida, encuentro una fe suave: la certeza de que lo vivido no nos rompe, nos vuelve habitables.

    El piano se desvanece. Las nubes siguen. Yo también.

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