Rick Sparks - Eventide (2026)

El álbum "Eventide" de Rick Sparks es una obra maestra de la música New Age que abraza al oyente en una atmósfera de profunda serenidad y restauración espiritual. Haciendo honor a su título, que evoca el misticismo del crepúsculo y el descanso tras las fatigas del día, el compositor esculpe con maestría una serie de melodías calmantes diseñadas para sanar el alma. Inspirado por paisajes cautivadores como la paradisíaca isla de Mykonos, la vibrante esencia costera de Barcelona y el reconfortante sonido de la lluvia nocturna, Sparks utiliza pianos delicados, coros angelicales y sutiles texturas sintéticas. Cada composición fluye con una reverencia casi celestial, convirtiendo esta producción en el refugio musical perfecto para la meditación, el sueño y el alivio del estrés cotidiano.

Rick Sparks - Eventide (2026)

01. Eventide
02. The Presence Of Love
03. Mykonos
04. Sea Wind
05. A Time To Heal
06. Barcelona Nights
07. Dream Rain
08. Every Hope
09. Give To The Winds Your Fears
10. A Quiet Heart

Duración total: 56:27 min.

Comentarios

  1. 🌊 Cuando el río deja de preguntarle al mar

    Hay una frase de John O'Donohue que regresa a mí una y otra vez, como si no hubiera sido escrita para ser entendida, sino para ser habitada:

    "Me encantaría vivir como fluye un río, llevado por la sorpresa de su propio desfilar."

    Cada vez que la leo, siento que el río no es agua. El río es la conciencia cuando deja de resistirse al misterio.

    Quizá hemos aprendido a vivir demasiado pendientes de las desembocaduras. Queremos conocer el mapa completo antes de dar el primer paso; exigimos certezas donde el universo solo ofrece señales; buscamos controlar el tiempo sin advertir que el tiempo jamás ha pertenecido a nadie.

    Sin embargo, el río no conoce el futuro. No sabe dónde aparecerá la próxima roca, ni en qué recodo se abrirá un valle, ni cuándo el cielo descargará sobre él una tormenta o lo acariciará con la luz dorada del atardecer. Y, aun así, nunca deja de avanzar. No porque tenga respuestas, sino porque confía en el movimiento.

    Esa confianza me recuerda la música de Eventide, de Rick Sparks. No la escucho como una colección de melodías, sino como un espacio donde el alma puede dejar de hacer preguntas durante un instante. Hay algo profundamente revelador en esas notas delicadas de piano, en esos coros que parecen llegar desde un lugar donde el lenguaje ya no es necesario, en esas texturas suspendidas que evocan el crepúsculo cuando el día comienza a disolverse lentamente en el abrazo de la noche.

    Pienso que el crepúsculo es el momento más honesto del día. No pertenece completamente a la luz, tampoco pertenece del todo a la oscuridad. Es un umbral. Y toda transformación verdadera ocurre precisamente en los umbrales.

    Tal vez por eso la música nacida desde la contemplación no intenta impresionar. Solo acompaña. Como la lluvia nocturna que no explica por qué cae. Como las olas que besan silenciosamente las costas de una isla lejana. Como el viento que atraviesa antiguos caminos sin dejar otra huella que un leve estremecimiento en las hojas.

    La serenidad nunca hace ruido.

    Vivimos convencidos de que el despertar espiritual consiste en encontrar algo extraordinario. Pero empiezo a sospechar que ocurre exactamente al revés. Despertar quizá sea dejar de perseguir lo extraordinario para descubrir que el misterio siempre estuvo respirando detrás de lo cotidiano.

    El universo jamás dejó de hablarnos. Fuimos nosotros quienes olvidamos escuchar.

    Hay días en los que imagino que cada ser humano es un río naciendo en una montaña invisible. Al principio descendemos con ímpetu, creyendo que somos nosotros quienes elegimos el camino. Más tarde aparecen las piedras, los desvíos, las pérdidas, las estaciones del silencio. Nos enfadamos con las curvas porque soñábamos con líneas rectas.

    Pero las líneas rectas no existen en la naturaleza. Existen únicamente en los planos de quienes aún no comprenden la belleza de lo imprevisible.

    El río nunca fracasa por tener que rodear un obstáculo. Simplemente descubre otra forma de continuar. Quizá el alma también.

    Cuando observo un mapa del mundo, pienso que los grandes ríos son como antiguas escrituras sagradas. Ninguno fue trazado con regla. Todos parecen haber obedecido una inteligencia paciente que conocía la importancia de cada desvío.

    ¿Y si nuestra vida estuviera escrita con esa misma caligrafía? ¿Y si aquello que llamamos demora fuera, en realidad, el tiempo necesario para que una parte desconocida de nosotros pudiera nacer?

    La música contemplativa posee una extraña capacidad para recordarme eso. Mientras las melodías avanzan sin prisa, algo dentro de mí deja de correr. Las horas pierden su tiranía. El corazón recupera un ritmo que nunca debió abandonar.

    Entonces comprendo que la paz no consiste en detener el río. Consiste en dejar de luchar contra su corriente.

    Quizá por eso las experiencias más profundas rara vez llegan acompañadas de estruendo. Llegan como llega el crepúsculo. Sin pedir permiso. Sin anunciarse. Sin demostrar nada. Simplemente aparecen. Y transforman el paisaje.

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  2. Hay una sabiduría antigua que parece susurrar desde todas las montañas, desde todos los mares y desde todos los cielos estrellados:

    "No necesitas conocer el destino para confiar en el camino."

    Esa frase no promete una vida sin incertidumbre. Promete algo mucho más valioso: que existe una corriente más profunda que nuestros miedos. Una corriente que no siempre comprendemos, pero que jamás deja de conducirnos hacia aquello que nuestra alma vino a recordar.

    Tal vez vivir espiritualmente no sea ascender hacia un lugar distante. Tal vez sea aprender, día tras día, a fluir con la humildad del agua. Aceptar que cada amanecer nos transformará de un modo diferente. Permitir que cada encuentro nos modele como el río modela la piedra.

    Y descubrir, finalmente, que el verdadero milagro nunca fue llegar al mar. El milagro fue haber aprendido a disfrutar, con asombro y gratitud, cada instante del viaje.

    Porque solo quien deja de resistirse al fluir descubre que el río no corre hacia el océano. Corre, desde siempre, hacia el infinito que ya habita en su interior.

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  3. 🦅 La Noche del Nawel y el Rescate de las Venas de la Tierra

    La luna neuquina no apareció esa noche; un manto de nubes negras y pesadas cubría el cielo de Chos Malal, como si la misma cordillera quisiera ocultar la misión secreta. Adentro de la estación, los guardafaunas revisaban los mapas satelitales con frustración. Sabían que la empresa constructora estaba ocultando las pruebas de las vertientes secas, pero no lograban dar con la ubicación exacta en los cañadones.

    Afuera, la fase dos del plan del Gürü estaba en marcha. Nato logró destrabar el picaporte exterior de la ventana con sus garras. Werken, con el ala vendada pero recuperando la movilidad gracias a los cuidados, saltó silenciosamente de la camilla hacia la libertad de la noche.

    —Por aquí, plumífero —susurró Nato, moviendo la cola—. Las camionetas de los humanos de verde nos seguirán si hacemos suficiente ruido en el camino.

    El cóndor y el zorro avanzaron colina arriba, adentrándose en la zona restringida de las excavaciones mineras. El paisaje era desolador: la roca viva del cerro estaba partida, y enormes excavadoras oruga descansaban como monstruos dormidos junto a la Ruta 40.

    De repente, una silueta colosal emergió de las sombras de un pehuén quemado. Su pelaje dorado y cenizo se mimetizaba con la piedra, y sus ojos —uno de ellos cruzado por una antigua cicatriz de caza— brillaban con la luz de las estrellas ocultas. Era Nahuel, el viejo puma guardián.

    —Han regresado al territorio del peligro, pequeños —rugió Nahuel con un ronroneo cavernoso que hizo vibrar el suelo—. El Mañke y el Gürü caminan juntos en la oscuridad.

    —¡Señor Puma! —tartamudeó Nato, dando tres pasos atrás—. Nosotros... venimos a salvar las vertientes. Los humanos de verde necesitan las pruebas.

    Nahuel ladeó la cabeza, mirando a Werken.

    —El hijo de El Rey… —murmuró el felino con profundo respeto—. He protegido estas cumbres durante quince inviernos, Werken. He visto a los hombres romper la roca y tapar el Kollón Có, el espíritu del agua. Sé dónde esconden la mayor trampa: una grieta profunda donde han dinamitado el nacimiento del río subterráneo para ocultar el desastre ambiental. Yo los guiaré.

    El puma avanzó con pisadas fantasmas, guiando al cóndor y al zorro hasta el corazón de la cantera ilegal. Llegaron al borde de un abismo artificial donde una enorme retroexcavadora estaba estacionada sobre una cornisa inestable de piedra suelta. Justo debajo, aprisionada por toneladas de escombros y cemento fresco, la última vertiente pura del norte neuquino lloraba, brotando con dificultad.

    —Es aquí —advirtió Nahuel—. Si los hombres de verde ven esto antes del amanecer, la ley detendrá las máquinas para siempre.

    Nato, siguiendo el plan, corrió hacia el camino principal y lanzó un ladrido agudo, rítmico y desesperado. A los pocos minutos, los faros de la camioneta de los guardafaunas iluminaron la noche, subiendo por el sendero de tierra siguiendo el rastro del zorro.

    Pero el peligro no dormía. El sereno de la empresa, alertado por los ladridos, encendió los reflectores del campamento y activó el motor de la gigantesca excavadora para mover los escombros y tapar la vertiente antes de que los guardafaunas llegaran. El enorme brazo de hierro de la máquina comenzó a moverse, amenazando con sepultar el agua sagrada bajo una avalancha definitiva de rocas.

    —¡No! ¡Van a matar el agua! —chilló Nato.

    Werken intentó volar, pero su ala herida protestó con un dolor agudo; no tenía la fuerza para empujar el aire.

    —Este es mi territorio. Este es mi mapu —sentenció Nahuel.

    Con una agilidad que desafiaba sus años y sus heridas, el viejo puma saltó al vacío. Cayó directamente sobre la cabina de la excavadora en movimiento. El rugido del felino se mezcló con el del motor. El operario, aterrorizado al ver las garras del felino golpeando el parabrisas, soltó los mandos y saltó de la máquina para salvar su vida.

    Pero la excavadora, sin control y con el motor al máximo, comenzó a deslizarse por la cornisa inestable de piedra suelta. El suelo cedió.

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  4. —¡¡Nahuel, salta!! —gritó Werken, forzando su ala para acercarse al borde.

    El viejo puma miró al joven cóndor por última vez con su único ojo brillante. En su mirada no había miedo, sino la paz de quien cumple su destino sagrado. Sabía que si saltaba, la máquina caería directo sobre la vertiente, destruyéndola. Usando sus últimas fuerzas, Nahuel clavó sus garras en las palancas de la cabina, forzando un giro brusco hacia el lado opuesto, alejando el monstruo de hierro del ojo de agua.

    La tierra rugió. La enorme excavadora volcó hacia el vacío del cañadón, arrastrando al viejo guardián en un trueno de metal y rocas.

    Cuando la camioneta de los guardafaunas frenó en el lugar, los reflectores iluminaron la escena: la excavadora yacía destruida en el fondo del barranco, pero la vertiente sagrada estaba intacta, brotando libre y con fuerza, limpiando el cemento de la piedra. A un costado de la fuente, tendido sobre el coirón húmedo, el cuerpo de Nahuel descansaba en un silencio eterno.

    Los guardafaunas bajaron corriendo, con las cámaras fotográficas en mano, registrando el desastre ambiental ilegal y la vertiente protegida. La prueba era irrefutable. Las máquinas no volverían a encenderse en la Cordillera del Viento.

    Werken se acercó al cuerpo del puma y extendió su ala sana sobre el pelaje dorado de su amigo. Nato se sentó al lado, dejando caer un par de lágrimas silenciosas sobre la tierra húmeda.

    De repente, una ráfaga de viento puro, el viento noble del Domuyo, cruzó el cañadón. El agua de la vertiente brilló con una intensidad mística y el espíritu de Nahuel pareció elevarse en el aire, transformándose en una sombra dorada que corrió libre hacia las altas cumbres de la memoria patagónica.

    Werken miró al cielo, que comenzaba a despejarse, revelando las primeras estrellas. Lanzó un chillido majestuoso, un canto de victoria y de luto que Chos Malal jamás olvidaría. El puma había muerto, pero la montaña estaba viva. Werken, el mensajero, había cumplido su promesa. El norte neuquino volvía a tener un rey.

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  5. 🌫️ El Peñi y el Silencio del Kollón Có

    Estoy en esta mañana de invierno en Aluminé. El cielo está bajo, y el frío parece hablar antes que nosotros.

    El peñi está a mi lado. No hay apuro. Solo el sonido leve del viento entre los coirones.

    —Peñi… —le digo— ¿el agua recuerda cuando la esconden bajo la tierra?

    Él no me mira de inmediato. Observa la neblina, como si ahí estuviera la respuesta.

    —El agua no se esconde —me dice al fin—. Solo cambia de sueño.

    Siento que esa frase no termina en el aire. Baja, se hunde, se queda vibrando bajo mis pies.

    —¿Y el Kollón Có? —pregunto—. Cuando lo cubren, cuando lo dañan… ¿también sueña?

    El peñi baja la vista hacia la tierra húmeda.

    —El Kollón Có no sueña —responde—. El Kollón Có recuerda.

    Silencio.

    Y en ese silencio me viene la imagen del agua luchando por salir, como si la tierra fuera un pecho conteniendo un latido antiguo.

    —A veces pienso —digo— que todo se puede perder… que el ruido humano tapa demasiado.

    Él suelta una leve sonrisa, sin ironía, sin prisa.

    —El ruido también se cansa —dice—. La tierra no.

    Miro el suelo. Siento que debajo hay algo más que roca: hay memoria respirando lento.

    —Entonces… —pregunto— ¿quién gana?

    El peñi levanta apenas la mirada.

    —No es una pelea —dice—. Es un equilibrio que insiste en volver.

    El viento cruza más fuerte por un instante. No parece viento: parece un paso antiguo caminando entre nosotros.

    —¿Y nosotros? —le digo— ¿qué somos en todo esto?

    El peñi guarda silencio un momento largo. Después responde:

    —Somos los que escuchamos cuando el agua todavía está hablando.

    Y entonces ya no digo nada.

    Solo escucho.

    🌫️

    Un peñi no es solo un hermano:
    es una forma de caminar sin romper el silencio de la tierra.

    Es alguien que habla bajo,
    no porque no tenga voz,
    sino porque aprendió que la montaña escucha.

    Un peñi es quien mira el agua
    y no ve recurso, sino recuerdo.
    Quien no dice “esto es mío”,
    sino “esto también me sueña”.

    Es la mano que saluda sin apuro,
    como si el tiempo fuera un invitado antiguo
    que aún no se ha ido del todo.

    Es la palabra que no se impone,
    sino que espera a que el viento la acomode.

    Y cuando calla,
    no desaparece:
    se vuelve parte del paisaje.

    Como el coirón bajo la helada,
    como el río bajo la piedra,
    como la memoria que no necesita ser nombrada
    para seguir existiendo.

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  6. 🌫️ Donde el agua todavía recuerda

    Esta mañana el invierno amaneció gris en Aluminé. No hubo apuro en la luz. Parecía que el día no quería imponerse sobre la noche, sino conversar con ella unos minutos más. Desde la ventana vi cómo la neblina abrazaba los cerros y cómo el silencio se acomodaba entre los pehuenes, esos antiguos abuelos que han visto pasar generaciones enteras sin moverse un solo paso.

    Hay mañanas en las que la Patagonia no habla con palabras. Habla con ausencias.

    Y quizás por eso pensé que el mayor error del ser humano es creer que el silencio significa vacío. La cosmovisión mapuche enseña otra cosa: todo posee newen, toda presencia tiene espíritu, incluso aquello que parece callado. El agua tiene memoria. La piedra tiene paciencia. El viento lleva mensajes. Los árboles escuchan. Y uno también es escuchado, aunque no pronuncie una sola palabra.

    Mientras recordaba la historia de Werken, Nato y el viejo Nahuel caminando en la oscuridad hacia la vertiente escondida, comprendí que el verdadero viaje nunca fue hacia una cantera. Fue hacia un lugar mucho más difícil de encontrar: el origen.

    Porque toda vertiente nace donde nadie la ve.

    También el coraje.

    También la esperanza.

    También la verdad.

    Vivimos en un tiempo donde pareciera que todo debe mostrarse, fotografiarse y demostrarse. Sin embargo, lo más importante siempre ocurre bajo la superficie. El agua primero atraviesa la montaña antes de convertirse en río. La semilla primero desaparece bajo la tierra antes de transformarse en bosque. Incluso el cóndor aprende a volar mucho antes de abandonar el nido.

    Quizás el espíritu también tenga esa forma de crecer.

    Los antiguos mapuches comprendían que cuando un nacimiento de agua era dañado no solo se secaba un arroyo. Se hería un equilibrio invisible entre el Wenu Mapu, el mundo de arriba, el Nag Mapu, donde caminamos, y el Minche Mapu, el mundo profundo donde descansan las fuerzas ocultas de la vida. No era solamente una pérdida ecológica. Era una fractura espiritual.

    Tal vez por eso Nahuel conocía el camino.

    Los guardianes nunca aparecen por casualidad. Aparecen cuando alguien está dispuesto a escuchar.

    Me gusta pensar que todos recibimos alguna vez la visita de un Nahuel. No siempre tiene forma de puma. A veces llega como una conversación inesperada, como un libro, como una enfermedad, como un fracaso o como un amanecer gris como este. Llega para mostrarnos una grieta que habíamos decidido ignorar.

    Porque todos llevamos una cantera dentro.

    Todos hemos permitido que alguna máquina del apuro, del orgullo o del miedo cubra con escombros la pequeña vertiente donde alguna vez brotó nuestra esencia.

    Y, sin embargo, el agua nunca deja de intentar salir.

    Eso me parece profundamente sagrado.

    La naturaleza jamás lucha contra sí misma. Insiste.

    El agua insiste.

    El viento insiste.

    Los pehuenes insisten.

    Incluso después del incendio, vuelven a levantar sus ramas hacia el cielo.

    Quizás esa sea la enseñanza más silenciosa de esta tierra: resistir no siempre significa enfrentar. A veces significa permanecer fiel al propio origen.

    Werken podía mirar desde el cielo.

    Nato podía descubrir senderos invisibles sobre la tierra.

    Nahuel conocía los secretos de la montaña.

    Ninguno podía cumplir la misión solo.

    Qué extraña costumbre tenemos los humanos de creer que la salvación llegará por medio de un héroe solitario. La naturaleza jamás funciona así. Todo existe en relación. Todo necesita del otro. El cóndor necesita las corrientes del viento. El viento necesita la montaña. La montaña necesita el agua. El agua necesita el bosque. Y el bosque necesita de quienes estén dispuestos a defenderlo.

    Tal vez eso sea el verdadero küme mogen: la buena manera de vivir. No vivir por encima de la naturaleza, sino dentro de ella.

    Mientras escribo estas líneas, la mañana sigue siendo gris. El sol todavía no logra atravesar las nubes. Sin embargo, sé que está ahí.

    Y pienso que la fe quizás no consista en esperar que desaparezcan las nubes, sino en recordar que la luz nunca deja de existir detrás de ellas.

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  7. Lo mismo ocurre con el espíritu.

    Hay días en los que parece oculto.

    Hay días en los que apenas gotea, como aquella vertiente aprisionada bajo la roca.

    Pero sigue vivo.

    Esperando que alguien retire los escombros.

    Quizás nuestra verdadera misión en esta vida no sea conquistar montañas, sino liberar las aguas que otros, o nosotros mismos, hemos enterrado.

    Porque cuando una vertiente vuelve a respirar, no solo renace un río.

    También renace quien tuvo el valor de buscarla.

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  8. 🐆 Cuando un guardián regresa al viento

    Esta noche de principios de julio, el frío de Aluminé se acomoda lentamente sobre los techos, sobre los corrales y sobre los viejos pehuenes que conocen inviernos mucho más antiguos que cualquiera de nuestros recuerdos. Afuera, el cielo está limpio. Las estrellas parecen tan cercanas que uno siente que podría tocarlas si caminara lo suficiente hacia las cumbres.

    Adentro, el fuego de la estufa hogar respira con ese lenguaje antiguo que no necesita palabras. Cada leño que se consume libera un aroma que siempre me devuelve al mismo lugar: la Patagonia profunda, esa que no figura en los mapas, sino en la memoria del alma.

    Kayquén duerme a mis pies. De vez en cuando levanta apenas una oreja cuando algún tronco cruje dentro del fuego. Después vuelve a cerrar los ojos con esa confianza absoluta que solo poseen los animales. Ellos nunca dudan de la noche. Nunca le temen al silencio. Saben que ambos también forman parte de la vida.

    Mientras observo las brasas, vuelvo a pensar en Nahuel.

    Y comprendo que hay muertes que no pertenecen a la muerte.

    En la cosmovisión mapuche nunca me ha conmovido tanto la idea de un final como la de un regreso. Todo vuelve. Todo cambia de forma. El newen, esa fuerza vital que sostiene cuanto existe, no desaparece: circula. Como el agua que desaparece bajo la tierra para brotar muchos kilómetros más allá. Como el humo de esta estufa que asciende hacia el cielo y mañana regresará convertido en lluvia o en nieve sobre algún rincón de la cordillera.

    Quizás nosotros también somos así.

    Quizás nadie se marcha del todo.

    El relato de Nahuel no habla solamente de un puma que entrega su vida para salvar una vertiente. Habla de una verdad mucho más incómoda y, al mismo tiempo, mucho más hermosa: hay momentos en que el espíritu comprende que conservar la vida es menos importante que conservar el sentido de la vida.

    Vivimos en una época donde casi todo se mide por la utilidad. ¿Qué gano? ¿Qué pierdo? ¿Qué beneficio obtengo?

    La naturaleza nunca hace esas preguntas.

    Un bosque entrega sombra incluso a quien viene con un hacha.

    Un río calma la sed tanto del justo como del indiferente.

    El viento no selecciona qué rostro acariciar.

    La montaña permanece.

    Y quizás por eso los antiguos llamaban guardianes a quienes entendían que cuidar la tierra no era un acto de heroísmo, sino de pertenencia.

    Nahuel no defendía una vertiente porque fuera dueño de ella.

    La defendía porque sabía que él también nacía de esa agua.

    Qué diferente sería nuestra manera de habitar el mundo si recordáramos que nadie puede destruir un río sin romper algo dentro de sí mismo.

    Los mapuches hablan del Az Mapu, el orden que sostiene la vida. No es una ley escrita en un papel. Es un equilibrio invisible que invita a cada ser a ocupar su lugar sin pretender dominar el lugar del otro.

    Cuando ese equilibrio se rompe, no solo enferma la naturaleza.

    También enferma el corazón humano.

    Quizás por eso hay tanta sed en un tiempo rodeado de agua.

    Mientras el fuego sigue crepitando, observo a Kayquén dormir profundamente. Ella ignora las palabras que escribo. Sin embargo, presiento que comprende algo más importante.

    Los animales nunca necesitan demostrar quiénes son.

    Simplemente son.

    Tal vez esa sea una de las últimas sabidurías que todavía conservan.

    Nosotros, en cambio, vivimos intentando construir una identidad que muchas veces nos aleja de nuestra esencia. Acumulamos títulos, opiniones, reconocimientos... y olvidamos escuchar aquello que el viento viene diciendo desde antes de que existieran las ciudades.

    El viento nunca habla fuerte.

    Somos nosotros quienes hacemos demasiado ruido.

    Pienso entonces en Werken elevando su canto hacia el cielo después de despedir a Nahuel.

    No creo que ese grito haya sido de tristeza.

    Tampoco de victoria.

    Creo que fue un acto de reconocimiento.

    Porque solo quien ha visto partir a un verdadero guardián comprende que existen despedidas que también son nacimientos.

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  9. En el mundo mapuche se dice que los ancestros permanecen en la tierra, en los ríos, en los árboles, en las montañas. No como fantasmas que asustan, sino como presencias que orientan.

    Me gusta creer que eso sigue ocurriendo.

    Que hay lugares donde uno siente una paz inexplicable porque alguien, hace mucho tiempo, eligió proteger esa tierra antes que poseerla.

    Tal vez por eso algunos paisajes nos conmueven sin razón aparente.

    No vemos solamente piedras.

    Percibimos memoria.

    No escuchamos solamente agua.

    Escuchamos fidelidad.

    No contemplamos únicamente montañas.

    Sentimos que alguien continúa velando desde ellas.

    Esta noche, mientras el frío aprieta los vidrios y el fuego mantiene vivo este pequeño refugio, entiendo que todos recibimos alguna vez la posibilidad de convertirnos en guardianes de algo.

    No siempre será un bosque.

    No siempre será una vertiente.

    A veces será una palabra.

    Una amistad.

    Una promesa.

    Una familia.

    Una verdad.

    O incluso ese rincón silencioso del alma donde todavía brota el agua limpia que el mundo no ha conseguido enturbiar.

    Quizás esa sea la tarea más sagrada que podemos abrazar: custodiar aquello que nos fue confiado sin pretender adueñarnos de ello.

    Porque todo lo que intentamos poseer termina escapándose.

    En cambio, aquello que protegemos con amor permanece, aun cuando nosotros ya no estemos.

    Las brasas comienzan a apagarse lentamente. Afuera, las estrellas siguen encendidas sobre la inmensidad de la Patagonia. Kayquén abre apenas los ojos, me mira un instante y vuelve a dormirse, como si supiera que esta noche no hace falta decir nada más.

    Y entonces comprendo que el espíritu nunca asciende únicamente cuando abandona un cuerpo.

    También asciende cada vez que una vida, por pequeña que parezca, elige ser fiel a aquello para lo que fue creada.

    Quizás por eso el viento del Domuyo sigue recorriendo las montañas.

    No busca a los muertos.

    Busca a quienes todavía están dispuestos a escuchar que un verdadero guardián jamás desaparece.

    Simplemente... regresa al viento.

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