"Colors of the Rainbow" es una obra cumbre de la música New Age y ambiental, donde el Alexandro Querevalú fusiona con maestría los sonidos de la naturaleza con melodías místicas y ancestrales. A través del uso predominante de flautas nativas americanas y andinas, como la quena y la zampoña, el artista logra tejer una atmósfera de profunda introspección, paz mental y sanación espiritual. Cada pieza actúa como un lienzo sónico que transporta al oyente a paisajes indómitos, evocando amaneceres y montañas sagradas. Con composiciones nostálgicas pero esperanzadoras, este trabajo discográfico destaca por su inmensa carga emocional, consolidando a Querevalú como un referente contemporáneo de la música interpretada desde el alma, ideal para la meditación y la reconexión interior.
Alexandro Querevalú - Colors of the Rainbow (2018)
01. Night in Red Mountains
02. Amanecer
03. Silvermoon Secret
04. Luciernagas
05. Clouds of Sunset
06. Colors of the Rainbow
07. Peace of Mind
08. Metasequoia
09. Ayame
10. Te Buscare
11. Invisible Touch
12. White Arrows
Duración total: 58:31 min.
.jpg)
🦅 La Ley de la Estepa
ResponderEliminarWerken planeaba a baja altura, manteniendo un ojo en Nato, que corría entre los matorrales persiguiendo una lagartija imaginaria. De repente, el zorro se detuvo en seco, olfateó el aire y divisó algo que le hizo agua la boca: un nido semioculto en el suelo con un enorme huevo de color amarillento.
—¡Premio mayor! —susurró Nato, relamiéndose—. El almuerzo está servido. Werken, ¡mira esto! ¡Soy un genio del rastreo!
El zorro se agachó, listo para dar el zarpazo y llevarse el huevo, cuando una sombra inmensa, pero que no venía del cielo, tapó la luz. Antes de que pudiera tocar el nido, un pico plano y duro como la madera le dio un golpe seco justo en la punta de la cola.
—¡¡YAAAY!! —aulló Nato, saltando dos metros en el aire y cayendo sentado, frotándose la cola—. ¡Mi retaguardia! ¡Fui atacado por una montaña con plumas!
Frente a él se alzaba una choique imponente. Su plumaje gris y marrón parecía un poncho viejo gastado por el viento, y sus patas largas y musculosas terminaban en garras capaces de quebrar una roca. Tenía los ojos entrecerrados con una mirada de absoluta desaprobación. Era Doña Manuela.
—Juventud perdida... —rezongó la choique con una voz rasposa, como el ruido de dos piedras frotándose—. En mis tiempos, los zorros tenían mejores modales y, por lo menos, sabían pedir permiso antes de ganarse una patada. A ver, bicho ruidoso, ¿qué pretendías hacer con el huevo de mi sobrina?
—¡Nada, Doña! ¡Gajes del oficio! Yo solo... estaba controlando la temperatura del nido, un servicio comunitario —tartamudeó Nato, escondiéndose detrás de una piedra mientras Werken aterrizaba pesadamente a su lado.
Al ver al enorme cóndor, Doña Manuela no se intimidó. Se acomodó las plumas del pecho con el pico y miró a Werken de arriba abajo.
—Vaya, vaya. Con que tú eres el pichón del que todos hablan en los cañadones. El hijo de El Rey —dijo Doña Manuela, suavizando un poco el tono, aunque manteniendo su postura firme—. Tienes la misma mirada seria de tu padre, muchacho. Pero te digo una cosa: los ojos en el cielo sirven de poco si no sabes dónde apoyas las patas. Y andar con malas compañías no ayuda.
—Oiga, ¡que yo soy un profesional de la estepa! —protestó Nato, asomando solo las orejas.
—Tú eres un pícaro que busca comida fácil, Nato —respondió Werken con calma, para luego dirigirse a la choique—. Saludos, protectora de la tierra. Mi nombre es Werken. Voy a la Vega del Tero. Las aves ancianas dicen que hay cambios extraños en el norte neuquino y debo llevar el mensaje.
Doña Manuela soltó un suspiro pesado que levantó polvo del suelo.
—El mensaje ya llegó a la tierra, Werken. Las vertientes de agua se están secando en Chos Malal, y los hombres andan revolviendo las piedras con máquinas ruidosas. Yo ya no tengo edad para correr carreras contra el viento, pero mis patas conocen los senderos ocultos de esta provincia mejor que nadie. Si vas a ir a esa asamblea, necesitas alguien que te diga por dónde caminar cuando la niebla tape las cumbres.
—¿Nos va a acompañar, Doña? —preguntó Nato, abriendo los ojos con terror—. Mire que hay que caminar mucho y a usted le crujen las bisagras... ¡Ay! —el zorro se interrumpió con otro quejido cuando Doña Manuela amagó con otro picotazo.
—Me crujen los huesos, pero me sobra voluntad, zorro flojo —sentenció Doña Manuela, dando un paso al frente con paso firme—. Vamos, Werken. El cielo está despejado por ahora, pero la estepa tiene memoria, y es hora de que la juventud escuche lo que la tierra tiene que decir.
🦅 Ecos del viento que ora sin palabras: la Ley de la Estepa y el susurro del espíritu
ResponderEliminarCebando unos mates en esta madrugada invernal de finales de junio en Aluminé, Neuquén, la Patagonia respira con ese pulso antiguo que no se apura ni se explica. Afuera, el mundo parece suspendido en una espera blanca: la nevada anunciada aún no cae, pero ya existe en el aire como una promesa invisible, como si la tierra estuviera conteniendo el aliento antes de decir algo importante.
En este silencio que no es vacío sino presencia, vuelvo una y otra vez a una idea que no es mía, pero que me habita como el viento en los cañadones: la oración no es pedir, no es ordenar al misterio que cumpla deseos. La oración, en cambio, es afinación. Es sintonía. Es aprender a vibrar con la vida del mundo.
Y pienso entonces en cómo esta idea se vuelve mapuche en su profundidad: no como traducción literal, sino como cosmovisión viva. No se trata de hablarle al cielo como quien envía un recado, sino de escuchar el equilibrio invisible que sostiene todo. El Az Mapu, esa forma de orden del mundo, no como ley rígida sino como tejido vivo, donde cada ser —humano, animal, viento, piedra— tiene su lugar y su responsabilidad en el pulso del conjunto.
En ese tejido aparece la Ley de la Estepa, no escrita en ningún papel, pero reconocible en el modo en que el viento enseña, en cómo la tierra responde, en cómo los animales leen lo que el humano olvida.
Recuerdo la escena: Werken, el mensajero de alas firmes, planeando bajo el cielo abierto de la estepa. Nato, el zorro inquieto, corriendo tras lo que parece juego pero es hambre disfrazada de destino. Y la choique, Doña Manuela, guardiana de lo que no se dice en voz alta, pero se sabe con el cuerpo.
El nido, el huevo, la tentación. La vida reducida a un instante de impulso. Y luego, la interrupción sagrada: no del cielo, sino de la tierra misma que se defiende.
Porque en la estepa no todo castigo viene de arriba. Hay una inteligencia horizontal, una sabiduría que camina, que corre, que patea si es necesario para restaurar el equilibrio. Doña Manuela no es solo una choique: es memoria que camina. Es el recordatorio de que cada acto deja huella, y que la naturaleza no es escenario, sino presencia viva que responde.
—“La juventud perdida…” —dice ella, y en su voz no hay nostalgia, sino advertencia.
Y pienso que esa frase podría aplicarse también a nosotros, cuando olvidamos que vivir no es dominar, sino participar.
Werken escucha. Nato se excusa. Pero la estepa ya ha hablado.
Y es allí donde la oración cambia de forma.
Orar no es pedir que el huevo no sea encontrado, ni que el zorro no tenga hambre. Orar es entrar en el ritmo donde el hambre, el miedo, el cuidado y la vigilancia no son enemigos, sino fuerzas en equilibrio. Es comprender que el mundo no nos pertenece, sino que nos atraviesa.
El mate se enfría entre mis manos, pero no lo noto de inmediato. Porque hay algo más caliente que la bebida: la sensación de estar dentro de una conversación más antigua que las palabras.
La Patagonia invernal tiene esa cualidad de iniciación. El frío no es solo temperatura: es límite, es borde, es maestro. En estas tierras de Neuquén, donde los caminos se abren y se cierran con la nieve, todo movimiento parece tener un sentido más profundo. Nada es casual. Incluso la quietud es un lenguaje.
La Ley de la Estepa no es una norma moral. No dice “esto está bien” o “esto está mal”. Dice algo más inquietante: todo lo que haces vuelve a la tierra que te sostiene.
Nato aprende esto en el golpe del pico. Werken lo aprende en el aire que lo obliga a observar antes de actuar. Y Doña Manuela lo sabe porque ya lo ha vivido tantas veces que su cuerpo se volvió archivo del viento.
Y entonces, en este amanecer que todavía no se decide a ser día, entiendo que la oración —esa que no pide sino que escucha— es exactamente esto: un modo de afinarse con lo invisible.
Es dejar de hablarle al mundo como si fuera otro, y comenzar a reconocer que uno es parte de su respiración.
El cielo patagónico, antes de la nevada, tiene un brillo extraño. No es luz plena, sino una especie de claridad contenida, como si el universo estuviera revisando sus propios pensamientos.
ResponderEliminarWerken sigue su camino hacia la Vega del Tero. Nato, aunque herido en su orgullo, sigue aprendiendo a su manera. Y Doña Manuela, con sus pasos pesados pero firmes, marca senderos que no aparecen en los mapas.
Tal vez la espiritualidad no sea otra cosa que eso: caminar sin romper el hilo invisible que une cada cosa con su consecuencia, cada gesto con su eco.
Y en ese caminar, la oración no sube ni baja.
Se extiende.
Como la estepa.
Como el viento.
Como la nieve que aún no cae, pero ya está escribiendo su silencio sobre el mundo.
Y en ese silencio, aquí, cebando este último mate, entiendo que no estoy esperando la nevada.
La estoy escuchando venir.