El álbum “Peace on Earth” de Hiroki Okano es una obra envolvente dentro del panorama new age y ambient, en la que el compositor japonés plasma una vibración meditativa y conectada con la naturaleza y la espiritualidad. A través de sus diez piezas, el oyente es guiado por paisajes sonoros que evocan ríos, noches estrelladas y viajes interiores, en los que flautas nativas, pianos y cuerdas se entrelazan con texturas tranquilas y expansivas. Esta música transmite una sensación de calma y reflexión, invitando a la contemplación y a la escucha atenta. La intención del álbum es ofrecer un refugio sonoro que inspire paz, armonía y una conexión más profunda con el entorno y con uno mismo, consolidando la visión artística de Okano como creador de atmósferas sonoras sanadoras.
Hiroki Okano - Peace on Earth (2020)
01. Mother River
02. Starry Night
03. Inherited Prayer
04. Fertile Voyage
05. Nirvana Westerly
06. Peace On Earth
07. Dear One's Heart
08. Pure Child
09. Walk Here - Kokoperi
10. White Moon
Duración total: 53:53 min.
01. Mother River
02. Starry Night
03. Inherited Prayer
04. Fertile Voyage
05. Nirvana Westerly
06. Peace On Earth
07. Dear One's Heart
08. Pure Child
09. Walk Here - Kokoperi
10. White Moon
Duración total: 53:53 min.
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🌄 Donde la mirada se vuelve hogar
ResponderEliminarVivo en Aluminé, en la Provincia del Neuquén, allí donde la Patagonia Argentina respira en silencio entre montañas antiguas y ríos transparentes. Aquí, el viento no solo sopla: susurra. Y cuando el crepúsculo desciende sobre los bosques de pehuenes, uno siente que el mundo visible apenas es un velo delicado sobre algo más vasto y misterioso.
Hace un tiempo, una frase comenzó a resonar en mí como un eco persistente: “Propongámonos hoy mirar a los ojos a un extraño, y nos daremos cuenta de que no existen los extraños”, de David Steindl-Rast. La leí una mañana fría, mientras el vapor del mate dibujaba formas efímeras frente a la ventana. Desde entonces, cada caminata por el pueblo, cada cruce fugaz en la orilla del río Aluminé, se transformó en una invitación espiritual.
En un lugar pequeño, uno podría creer que todos se conocen. Sin embargo, el verdadero anonimato no depende del tamaño del pueblo, sino de la profundidad con que nos atrevemos a mirar. Podemos convivir años sin ver realmente al otro. Sin permitir que su humanidad toque la nuestra.
La primera vez que decidí practicar esa consigna, fue en el almacén del barrio. Delante de mí, un hombre de manos curtidas y mirada cansada esperaba su turno. Cuando nuestros ojos se encontraron, no aparté la vista de inmediato. Sostuve ese instante. Algo cambió. No hubo palabras, pero sí un reconocimiento silencioso, como si una puerta invisible se abriera. En su mirada vi esfuerzo, ternura, quizás alguna pérdida. Y también me vi a mí mismo.
Comprendí entonces que el “extraño” es una ilusión construida por el miedo o la prisa. Cuando nos detenemos y miramos con presencia, las fronteras se disuelven. Somos la misma respiración expresándose en cuerpos distintos. La misma chispa intentando recordar su origen.
Escuchando el álbum Peace on Earth de Hiroki Okano, esta vivencia cobró una nueva dimensión. Sus melodías parecen brotar desde un territorio sin mapas, como si cada nota supiera que no hay separación entre el sonido y el silencio, entre el yo y el otro. La música se convierte en puente. No impone; invita. No explica; revela.
Aquí, en la Patagonia, el paisaje enseña esa lección a diario. Las montañas no preguntan quién eres para dejarte contemplarlas. El río no discrimina las manos que se sumergen en su corriente. Todo fluye en una pertenencia esencial. Quizás por eso la frase de Steindl-Rast encuentra en este rincón del sur una resonancia especial: cuando miramos profundamente, descubrimos que el otro no es una amenaza ni un misterio indescifrable, sino un espejo.
Pero no un espejo superficial que devuelve la apariencia, sino uno más hondo, que refleja nuestras luces y nuestras sombras compartidas. En la mirada del extraño podemos reconocer nuestra vulnerabilidad, nuestra esperanza, nuestra necesidad de amor. Y también nuestra capacidad infinita de compasión.
En tiempos donde el mundo parece fragmentarse en opiniones, banderas y distancias digitales, este acto simple —mirar a los ojos— se vuelve revolucionario. Es un gesto pequeño con consecuencias inmensas. Nos recuerda que antes de cualquier identidad, somos presencia. Antes de cualquier historia, somos conciencia latiendo.
A veces imagino que cada encuentro es una cita secreta acordada por el universo. Que nada es casual. Que ese rostro que se cruza en la calle trae consigo una enseñanza silenciosa. Y que, si estamos atentos, podremos escucharla más allá de las palabras.
Al caer la tarde en Aluminé, cuando el cielo se tiñe de naranjas y violetas imposibles, siento que el crepúsculo no es un final, sino un umbral. Más allá de él, como sugiere MusiK EnigmatiK —ese viaje con el espíritu que nos transporta a lugares insospechados—, existe un territorio donde las almas se reconocen sin necesidad de presentación.
Tal vez la paz en la Tierra no comience con grandes discursos ni tratados, sino con un gesto íntimo y valiente: sostener la mirada. Permitirnos ver y ser vistos. Aceptar que el otro no es otro, sino una expresión diferente del mismo misterio que nos habita.
Hoy, mientras el viento patagónico vuelve a recorrer los árboles y la música de Okano acaricia el aire, renuevo esa propuesta. Mirar. Reconocer. Recordar.
ResponderEliminarY descubrir, una y otra vez, que nunca estuvimos realmente separados.