El álbum “Imagining” de Alan Matthews es una obra de piano introspectiva y evocadora, lanzada en 2025 y compuesta por trece piezas originales que suman 53 minutos de música. Esta colección de composiciones en solitario explora texturas etéreas y emociones profundas, invitando al oyente a un recorrido sonoro que se siente a la vez meditativo y lleno de imaginación. Con títulos como “Through Child’s Eyes” y “Open Ocean”, el álbum evoca imágenes de luz, sueños y maravillas cotidianas, logrando un equilibrio entre ternura, nostalgia y serenidad. Los críticos han destacado su capacidad para transmitir calma y belleza, consolidando a Matthews como un intérprete del piano que sabe combinar sensibilidad emocional con maestría técnica.
Alan Matthews - Imagining (2025)
01. Imagining
02. Through Child's Eyes
03. Angels Fly Away
04. Now Is Forever
05. If Wishing Made It So
06. Divine Light
07. One Way Life
08. Standing Still
09. Dodging Clouds
10. Hiding in the Sun
11. Open Ocean
12.-In a Million Years
13. Just a Dream
Duración total: 53:00 min.
01. Imagining
02. Through Child's Eyes
03. Angels Fly Away
04. Now Is Forever
05. If Wishing Made It So
06. Divine Light
07. One Way Life
08. Standing Still
09. Dodging Clouds
10. Hiding in the Sun
11. Open Ocean
12.-In a Million Years
13. Just a Dream
Duración total: 53:00 min.
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🔥 La astilla y el mar que no olvida
ResponderEliminarHay un instante, cuando el verano comienza a despedirse de Aguas Verdes, en que el viento ya no suena igual. Sopla con una nostalgia apenas perceptible, como si el océano supiera que esta es mi última semana aquí, en el Partido de la Costa, bajo este cielo inmenso de la Provincia de Buenos Aires.
Camino cada tarde por la orilla, dejando que el agua fría me muerda los tobillos, mientras el sol cae como una moneda encendida en el horizonte. Pienso en la frase de Pascal Quignard: “Cada uno aporta su astilla a la hoguera que ilumina al mundo”.
Y me pregunto: ¿cuál ha sido mi astilla este verano?
No hablo de hazañas ni de grandes gestas. Hablo de lo minúsculo. De esa conversación inesperada con un desconocido frente al almacén. Del mate compartido mirando las dunas. Del silencio respetuoso ante la marea alta. Cada gesto —tan leve como una brizna— parece insignificante. Pero cuando el crepitar de todas las astillas se reúne, la noche ya no es tan oscura.
El mar aquí no es turquesa ni complaciente. Es gris, profundo, a veces indómito. Tiene algo de espejo antiguo. Me devuelve preguntas más que respuestas. Mientras escucho en mis auriculares las atmósferas delicadas de Imagining de Alan Matthews, siento que cada nota es también una astilla sonora. No pretende deslumbrar; apenas susurra. Y sin embargo, ilumina.
Hay fuegos que no arden hacia afuera sino hacia adentro.
En esta última semana, el tiempo se vuelve más consciente. Cada amanecer es un recordatorio de lo irrepetible. El sol emerge como si nunca antes lo hubiera hecho, y yo lo observo como si jamás lo hubiera visto. Comprendo entonces que mi astilla no tiene que ser grande; solo tiene que ser verdadera.
Quizás mi contribución sea la atención.
La presencia.
La gratitud.
En las noches, cuando el viento golpea suavemente las persianas de la cabaña, pienso en todas las personas dispersas por el mundo, cada una sosteniendo su pequeña chispa. Algunas arden en ciudades vertiginosas; otras, en pueblos donde el tiempo parece dormir. Todas necesarias. Todas invisiblemente conectadas.
La hoguera del mundo no es un incendio devastador; es un fuego ritual. Un fuego que reúne. Un fuego que convoca historias, pérdidas, búsquedas. Cada verano que termina es una astilla más que deposito en ese fuego. No para que me recuerde, sino para que algo —aunque sea imperceptible— sea un poco más claro.
En Aguas Verdes, el misterio no está en lo extraordinario sino en lo elemental: la espuma que dibuja símbolos efímeros en la arena, la huella que el viento borra sin culpa, el rumor constante que parece repetir un mantra antiguo.
Imaginar —como sugiere el álbum— no es escapar de la realidad. Es mirarla con otros ojos. Es comprender que el mundo no necesita héroes permanentes, sino pequeñas fidelidades cotidianas. Una palabra amable. Una obra honesta. Una melodía compartida en un blog como MusiK EnigmatiK, donde lo invisible encuentra eco.
Tal vez la iluminación del mundo no sea un resplandor cegador, sino una suma de tibiezas. Como estas tardes en que el sol no quema, pero abraza.
Y cuando me vaya, cuando cierre la puerta por última vez y el camino me aleje de la costa, algo quedará encendido aquí. No en la arena —que todo lo transforma— sino en esa dimensión secreta donde los veranos se vuelven memoria y la memoria se vuelve llama.
Cada uno aporta su astilla.
Yo dejo la mía entre las olas y el viento.
Que arda.
Que ilumine.
Aunque nadie sepa que fue mía.