"Still Morning Light, The Album" es un lanzamiento musical evocador del pianista y compositor Wayne Gratz,. El álbum presenta una colección de composiciones mayoritariamente instrumentales que exploran paisajes sonoros tranquilos y reflexivos, característicos del estilo contemplativo del artista. A través de piezas como Still Morning Light, Sands of April y From Gray to Orange, Gratz construye un viaje íntimo que mezcla piano, texturas ambientales y melodías serenas que invitan a la introspección y al descanso emocional. Su enfoque está en capturar la sensación de la luz matinal y la calma que trae un nuevo comienzo, consolidando este trabajo como una obra envolvente para quienes buscan música que acompañe momentos de quietud y renovación.
Wayne Gratz - Still Morning Light, The Album (2026)
01. Still Morning Light
02. Sands of April
03. Homestead Wildlife
04. From Gray to Orange
05. Grand View
06. The Disappearing Island
07. My Go To Place
08. Hymn 10 9 10
09. Heron on the Mooring
10. Falling Into Autumn
11. Walking off a Dream
12. One Star Until Sunrise
13. The Whimsical Butterflies
14. Red on Right Returning
Duración total: 59:10 min.
01. Still Morning Light
02. Sands of April
03. Homestead Wildlife
04. From Gray to Orange
05. Grand View
06. The Disappearing Island
07. My Go To Place
08. Hymn 10 9 10
09. Heron on the Mooring
10. Falling Into Autumn
11. Walking off a Dream
12. One Star Until Sunrise
13. The Whimsical Butterflies
14. Red on Right Returning
Duración total: 59:10 min.
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🌊 La orilla que me habita
ResponderEliminarEs mi última semana en Aguas Verdes, en el Partido de la Costa, Provincia de Buenos Aires. Camino cada amanecer como si el mar fuera un libro abierto y cada ola, una sílaba antigua que insiste en pronunciar mi nombre. Aquí el viento no empuja: susurra. Y en ese susurro vuelve a mí la frase de John Donne: “Ninguna persona es una isla. Toda persona es una pieza del continente, una parte del todo”. La repito mientras mis pasos dibujan círculos efímeros en la arena húmeda. ¿Cómo podría ser isla si el mar me respira por dentro?
He venido a despedirme del verano, pero el verano no se deja poseer; apenas se revela. Cada tarde el cielo se inclina hacia el naranja y pienso que la luz no cae: se entrega. En las dunas, el pasto cruje como una oración breve. El bosque cercano guarda sombras que no asustan, sino que abrazan. Me siento fragmento y continente a la vez, una frontera que aprende a no dividir.
En estas mañanas he escuchado, como una plegaria de teclas, el álbum Still Morning Light, The Album de Wayne Gratz. Su piano entra en mí con la delicadeza de una marea que sabe cuándo retirarse. Hay notas que parecen tocar la superficie del agua y otras que se hunden, buscando una raíz común. La música no me aísla; me enlaza. Descubro que cada acorde es una orilla que conversa con otra orilla invisible. Y en ese diálogo silencioso, comprendo que pertenezco.
Donne hablaba de campanas que doblan por todos. Aquí las campanas son gaviotas, son caracoles que guardan el eco de un océano que no cabe en ninguna mano. Cuando una ola se rompe, no muere: se multiplica en espuma. Así también nosotros: creemos que el límite es la piel, pero somos un entramado de miradas, memorias y latidos compartidos. Si uno cae, el continente se resiente. Si uno ama, el continente se expande.
En mi última semana, la playa está más vacía. La soledad podría engañarme, hacerme creer isla. Sin embargo, cada huella que encuentro —una pisada pequeña, la marca zigzagueante de un ave— me recuerda que alguien estuvo aquí antes, que alguien vendrá después. La arena es un manuscrito colectivo. Yo escribo una línea y el mar la corrige con ternura. Nada permanece, salvo la certeza de que todo está unido.
Pienso en el continente no como una masa de tierra, sino como una red de significados. El mate compartido bajo el toldo, la charla con el vecino de cabaña, el saludo al pescador que vuelve al alba. Gestos mínimos que sostienen el mundo. No somos islas porque el amor —a veces tímido, a veces ardiente— nos atraviesa como una corriente subterránea. No lo vemos, pero nos mueve.
Cuando regrese a la ciudad, llevaré conmigo esta luz de la mañana que no enceguece, sino que revela. La música de Gratz seguirá recordándome que cada inicio es un puente. Y la frase de Donne será faro: si ninguna persona es isla, entonces cada despedida es también un encuentro en otra escala del mapa.
Aguas Verdes me enseñó que el mar no separa continentes: los comunica en secreto. Que el horizonte no es una línea final, sino una promesa de continuidad. Y que en la última semana —cuando todo parece terminar— comienza la comprensión más honda: soy parte del todo. Una pieza mínima, sí, pero imprescindible en el dibujo inmenso de la costa y del alma.