"Dreaming of Blue Hills" es un cautivador álbum de música instrumental centrado en piano y texturas suaves lanzado por el compositor y pianista estadounidense Greg Maroney, conocido por su prolífica obra de música contemplativa y new age que fusiona influencias clásicas, jazz y melodías evocativas. La producción musical de Maroney se siente como un viaje sonoro por paisajes tranquilos, donde cada acorde y silencio parecen respirar con el oyente. La composición es a la vez accesible y emocional, ofreciendo texturas que pueden acompañar tanto la concentración como la contemplación profunda. "Dreaming of Blue Hills" es, en suma, una obra que celebra la belleza de lo minimalista, consolidando a Maroney como un maestro de las piezas breves que conectan con la serenidad interior.
Greg Maroney - Dreaming of Blue Hills (2026)
01. Dreaming of Blue Hills
02. Homeward
03. Walk for Peace
04. Paths of Long Ago
05. Still Yours
06. In the Distance
07. Let it Unfold
08. Before You Say a Word
09. The Choice
10. A Place I Once Knew
11. Where the Light Takes You
12. Two Hands
Duración total: 30:27 min.
01. Dreaming of Blue Hills
02. Homeward
03. Walk for Peace
04. Paths of Long Ago
05. Still Yours
06. In the Distance
07. Let it Unfold
08. Before You Say a Word
09. The Choice
10. A Place I Once Knew
11. Where the Light Takes You
12. Two Hands
Duración total: 30:27 min.
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🌊 Donde el daño se vuelve absurdo
ResponderEliminarA mediados de enero, Aguas Verdes respira de una manera particular. No es el ruido pleno de los balnearios más concurridos ni tampoco el silencio absoluto: es un pulso intermedio, casi tímido, donde el mar parece hablar en voz baja y la arena todavía guarda memoria del frío nocturno. Veranear acá no es escapar del mundo; es mirarlo desde un costado, como quien se sienta en la orilla y deja que las olas le mojen apenas los pies.
Traje conmigo una frase de Bukowski que me ronda desde hace tiempo: “Imagino el día en que prácticamente todos los seres humanos, por sentido común, rechacen deliberadamente hacer daño.” La leí de nuevo mientras sonaba Dreaming of Blue Hills de Greg Maroney, y algo encajó. No como una respuesta, sino como un estado. Como si esa música no buscara convencer a nadie, sino recordar algo que ya estaba ahí.
El mar frente a Aguas Verdes no grita épicas ni promete redenciones. Avanza y retrocede, insiste y se retira. En ese gesto repetido hay una enseñanza silenciosa: no todo movimiento necesita violencia para existir. La ola no daña porque sí; rompe cuando ya no puede sostener su forma. Y aun así, deja espuma, no cicatrices.
Pensaba en lo extraño que resulta que necesitemos imaginar un futuro donde el daño sea rechazado por simple sentido común. Como si la bondad tuviera que justificarse, como si no lastimar fuese una decisión heroica y no una consecuencia natural de comprendernos parte de algo más grande. Quizás el problema no sea la falta de moral, sino el exceso de ruido. Demasiadas voces empujándonos a competir, a marcar territorio, a confundir fuerza con dureza.
En enero, el tiempo se afloja. Los días se estiran como si no tuvieran apuro. Uno camina por la playa y descubre huellas que el agua borra en minutos. Nadie se enoja por eso. Nadie reclama permanencia. ¿Por qué, entonces, en otros ámbitos defendemos tanto la marca, el golpe, la herida que deje constancia de que estuvimos ahí?
La música de Maroney es como este paisaje: colinas azules que no existen en lo visible, pero sí en lo interno. No hay urgencia en sus notas. No empujan, no exigen. Acompañan. Y en ese acompañar aparece una idea inquietante: tal vez la paz no sea una conquista futura, sino un recuerdo olvidado. Algo que supimos antes de aprender a herir.
Bukowski no era precisamente un ingenuo. Por eso su frase pesa. No habla de amor universal ni de iluminación repentina, sino de sentido común. Como si, en algún punto, hacer daño se volviera tan absurdo como discutirle al mar que suba o que baje. Como si la humanidad, cansada de sangrar, simplemente soltara el arma por aburrimiento, por hartazgo, por comprensión.
En Aguas Verdes, al caer la tarde, el viento suele levantarse. Trae olor a sal y a pino. Uno se abriga sin dramatizar. Nadie maldice al clima. Se acepta. Tal vez esa sea la clave espiritual más sencilla y más difícil: aceptar sin necesidad de dominar. Dejar de confundir control con cuidado.
Imagino ese día del que habla Bukowski no como una gran fecha histórica, sino como millones de micro-decisiones. Alguien que no responde con crueldad. Alguien que se calla cuando podría humillar. Alguien que escucha música en lugar de gritar. No santos, no héroes: personas comunes que, por pura lógica emocional, entienden que dañar desgasta más al que daña que al dañado.
Mientras cae la noche y el cielo se vuelve de un azul profundo, casi el mismo de las colinas soñadas del álbum, aparece una certeza suave: el daño no es inevitable. Es aprendido, ensayado, sostenido por costumbre. Y toda costumbre puede desaprenderse cuando deja de tener sentido.
Quizás este lugar, este enero, esta música, no cambien el mundo. Pero afinan algo adentro. Y a veces, eso alcanza. Porque cuando lo interno se aquieta, el daño pierde atractivo. Se vuelve tosco, innecesario, fuera de ritmo.
El mar sigue ahí, paciente. La música también. Esperando que, algún día, por simple y bendito sentido común, decidamos escucharlos.