Alborada es un grupo peruano de música andina y contemporánea creado en 1984. Es considerado uno de los exponentes peruanos de World Music, debido a sus combinaciones de estilos contemporáneos y que sus integrantes se radicaron principalmente en Alemania. El protagonista de los instrumentos es el viento andino con quenas, toyos, zampoñas, sikus y antaras, que además son combinados con instrumentos más recientes como la guitarra eléctrica. El estilo folclórico de Alborada proviene de instrumentos de viento y percusión de zonas indígenas de América del Norte y del Sur, con hincapié en la andina y su idioma quechua, en donde acercó dichas tradiciones a los europeos y el mundo en general debido a su vivencia en Alemania, país que generó recepción y que es su lugar de residencia.
Alborada - Transfusión: Andean Music of Perú (1995)
01. La Partida
02. Llanto de una Paloma
03. Wankara
04. Tupaq Qatary
05. Puru Runas
06. Corazón de Piedra
07. Dos Aguas
08. Lágrimas en el Cielo
09. Camino de Llamas.
10. Amazonas
11. Amanecer
12. El Adiós
Duración total: 52:01 min.
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Deja de definirte. Concédete todas las posibilidades de ser, cambia de caminos cuantas veces te sea necesario. —Alejandro Jodorowsky.
ResponderEliminarMuchas gracias por la música
ResponderEliminarQuerid@ Anónim@,
ResponderEliminarGracias a vos por detenerte un instante en este rincón de sonido y alma.
La música —como la de Alborada— no solo se escucha: se entrega, se comparte, se deja fluir como río andino entre peñas y silencios.
Transfusión no es solo un álbum, es un puente.
Entre tiempos.
Entre mundos.
Entre lo que fuimos y lo que aún podemos ser.
Gracias por ser parte de este viaje.
🌄 Sigue caminando... más allá del crepúsculo.
🦅 El latido blanco del Pewen
ResponderEliminarSegunda Parte
Capítulo 8
La nieve también alimenta
Esa noche nevó con una suavidad distinta. No era la nieve impetuosa que llegaba empujada por el viento de la cordillera. Los copos descendían lentamente, casi en línea recta, como si el cielo hubiera decidido acercarse a la tierra sin hacer ruido.
Cuando desperté, el pueblo parecía envuelto en una claridad lechosa. No había sol, pero tampoco oscuridad. Era una de esas mañanas en las que el invierno parecía suspender el tiempo.
Preparé el mate y me quedé un largo rato junto a la ventana. Frente a la casa, un gorrión picoteaba la nieve con insistencia. Al principio pensé que buscaba alimento. Después comprendí que buscaba lo que la nieve ocultaba.
La vida seguía allí. Simplemente había cambiado de lugar.
Aquella imagen me acompañó durante el resto del día.
A media mañana decidí caminar hasta un puente de madera desde donde el río hacía una curva amplia antes de internarse entre los pehuenes. Era uno de mis lugares preferidos. Desde allí podía observar cómo el agua cambiaba de color según la luz del cielo.
Mientras avanzaba, vi a una mujer intentando liberar una rueda de su camioneta, hundida en la nieve. Sin pensarlo, me acerqué.
Empujamos varias veces. La rueda patinó. Volvimos a intentarlo. Después de unos minutos el vehículo logró salir.
La mujer apagó el motor y bajó sonriendo.
—Gracias. Si no aparecía usted, iba a terminar llamando a medio pueblo.
—No hice mucho.
Ella negó con la cabeza.
—Acá aprendimos que nadie hace poco cuando ayuda en el momento justo.
Aquellas palabras quedaron flotando mientras nos despedíamos.
Seguí caminando.
Pensé que, durante muchos años, yo había medido el valor de las personas por la magnitud de sus logros. Allí comenzaba a descubrir otra medida.
Tal vez la verdadera importancia de un gesto no estuviera en su tamaño, sino en el alivio que ofrecía.
Llegué al puente cerca del mediodía.
El río bajaba sereno. Las placas de hielo flotaban lentamente corriente abajo, girando sobre sí mismas como pequeñas islas transparentes.
Apoyé los brazos sobre la baranda.
Escuché.
Ya no distinguía únicamente el sonido del agua. Empezaba a reconocer diferencias: el murmullo de los remansos, el golpe de la corriente contra las piedras, el crujido del hielo al quebrarse y el viento moviendo las ramas más altas.
Comprendí que escuchar también era aprender los nombres invisibles de las cosas.
Entonces ocurrió.
No fue un recuerdo completo.
Fue apenas un olor.
Alcohol.
Desinfectante.
Sábanas limpias.
El pitido regular de un monitor.
Cerré los ojos.
Sentí nuevamente aquel pasillo blanco.
Una puerta entreabierta.
Una mano sosteniendo la mía.
Una voz apenas audible diciendo mi nombre.
Después...
Nada.
Abrí los ojos con brusquedad.
El río seguía corriendo.
Las montañas permanecían inmóviles.
Respiré profundamente.
El frío me devolvió al presente.
Me sorprendió descubrir que ya no intentaba expulsar esos recuerdos.
Simplemente los dejaba aparecer.
Como el agua que encuentra un espacio entre las piedras.
Esa tarde encontré al anciano caminando, no sentado. Avanzaba despacio por la orilla, apoyándose apenas en su bastón.
Lo alcancé.
Seguimos juntos sin decir una palabra.
Después de un largo trecho habló.
—¿Qué hace la nieve con las semillas?
Pensé unos segundos.
—Las cubre.
—¿Y las mata?
—No. Las protege.
Él asintió.
—Hay cosas que el invierno esconde para que puedan seguir viviendo.
Continuamos caminando.
No añadió ninguna explicación.
Pero algo dentro de mí comenzó a moverse.
¿Y si mi memoria había hecho exactamente eso?
¿Y si aquello que tanto me había esforzado por olvidar no había desaparecido?
¿Y si sólo había permanecido cubierto, esperando el momento en que pudiera mirarlo sin romperme?
El anciano se detuvo junto a un pequeño arbusto casi invisible bajo la nieve.
Con la punta del bastón apartó cuidadosamente una capa de hielo.
Debajo aparecieron unas hojas verdes.
Pequeñas.
Firmes.
Inesperadas.
—Mire.
Me agaché.
No podía creerlo.
En medio del invierno, la vida seguía respirando.
ResponderEliminarÉl volvió a cubrirlas con la nieve.
Lo hizo con una delicadeza casi maternal.
—Todavía no es tiempo.
Seguimos caminando.
Aquella imagen me conmovió más que cualquiera de sus palabras.
Comprendí que proteger no siempre significa mostrar.
A veces significa esperar.
Al regresar a casa encendí la salamandra.
Mientras el fuego comenzaba a crecer, abrí por primera vez una caja de cartón que había permanecido cerrada desde mi llegada a Aluminé. La había dejado en un rincón, como quien deja una puerta sin abrir.
Dentro había pocas cosas: un cuaderno viejo, una bufanda de lana azul y una fotografía boca abajo.
La sostuve entre las manos.
Durante varios minutos fui incapaz de darla vuelta.
No era miedo.
Era respeto.
Sentía que, al hacerlo, algo iba a cambiar definitivamente.
Respiré hondo.
Giré la fotografía.
En ella aparecía una mujer sonriendo junto a un lago. El viento le movía el cabello. Tenía los ojos entrecerrados por la luz del verano.
Detrás de ella había montañas.
No eran las de la Patagonia.
Pero también había agua.
Pasé lentamente el dedo sobre la imagen.
No lloré.
Tampoco sonreí.
Simplemente pronuncié su nombre en voz baja.
—Elena.
La casa permaneció en silencio.
Sólo la salamandra respondió con un pequeño crujido de la leña.
Comprendí entonces que, después de tanto tiempo, era la primera vez que volvía a decir su nombre sin sentir que el mundo se derrumbaba.
La fotografía regresó a la caja.
No porque quisiera esconderla otra vez.
Sino porque entendí que algunas semillas necesitan volver a la tierra después de recibir la primera luz.
Antes de dormir escribí en el cuaderno:
"El invierno no oculta la vida. La resguarda hasta que el corazón pueda reconocerla sin miedo."
Apagué la lámpara.
Afuera seguía nevando.
Y mientras escuchaba caer los copos sobre el techo de madera, tuve la extraña certeza de que la nieve no cubría el valle para borrar sus colores.
Lo hacía para recordar que toda primavera comienza mucho antes de que aparezcan las primeras flores.
Comienza en el silencio.
Y en la confianza de aquello que, aunque nadie lo vea, nunca ha dejado de crecer.