Nacido en una familia de músicos y artistas en la ciudad de Nueva York, Stephen Longfellow Fiske tenía un talento natural para el canto y la actuación, y actuó en obras escolares y musicales desde la primaria hasta la universidad. Escribía poemas y canciones mentalmente y en papel antes de convertirse en guitarrista autodidacta en la Escuela Superior de Música y Arte durante la era folk de los años 60. Es un artista cautivador al que le encanta interactuar con su público y anima a la gente a cantar con él. En 1991, Stephen Longfellow Fiske firmó con High Octave Music, que lanzó su CD y casete homónimo, 6 canciones de las cuales (retrackeadas, remezcladas, remasterizadas) derivadas del lanzamiento anterior de producción propia de Stephen, Visions.
Stephen Longfellow Fiske - Stephen Longfellow Fiske (1991)
01. Heartsong
02. Eagle Fly
03. Easy Come, Easy Go
04. The Walls Are Falling
05. No Easy Answers
06. Bridges Of Love
07. Warriors Of The Heart
08. O Earth Beautiful
09. Green City
10. Visions
11. Earth Anthem
Duración total: 46:59 min.
01. Heartsong
02. Eagle Fly
03. Easy Come, Easy Go
04. The Walls Are Falling
05. No Easy Answers
06. Bridges Of Love
07. Warriors Of The Heart
08. O Earth Beautiful
09. Green City
10. Visions
11. Earth Anthem
Duración total: 46:59 min.
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Si tomamos conciencia de todo lo bueno que tenemos, dejaremos de darlo por sentado y de acostumbrarnos a ello. —Robert A. Emmons.
ResponderEliminar🍃 El hombre que dejó de ver el manantial
ResponderEliminarCuentan que un viajero vivía junto al manantial más puro del valle. Cada mañana bebía de sus aguas, descansaba bajo la sombra de un viejo árbol y despertaba con el canto de los pájaros. Con el tiempo, dejó de mirar el agua, dejó de agradecer la sombra y ya no escuchó el canto. Todo aquello se volvió tan habitual que terminó creyendo que siempre estaría allí.
Un día, un anciano de mirada serena llegó al valle y le pidió un vaso de aquella agua.
El viajero respondió con indiferencia:
—No es más que agua.
El anciano bebió lentamente, cerró los ojos y sonrió como quien acababa de recibir un tesoro.
Intrigado, el viajero preguntó:
—¿Qué has visto que yo no veo?
El anciano señaló el manantial y dijo:
—No he visto algo nuevo. He visto lo que tú dejaste de mirar.
Aquella noche, el viajero soñó que caminaba por un desierto interminable. Su garganta ardía de sed y buscaba, sin éxito, una sola gota de agua. Al despertar, corrió hacia el manantial. Se arrodilló junto a él y, por primera vez en muchos años, contempló cómo el cielo entero se reflejaba en aquellas aguas silenciosas.
Entonces comprendió que el milagro nunca había abandonado su vida; quien se había alejado era su capacidad de asombro.
Desde ese día, antes de beber, guardaba un instante de silencio. No para agradecer únicamente el agua, sino para recordar que todo don invisible comienza a desaparecer del corazón cuando dejamos de reconocerlo.
Y entendí que el espíritu no empobrece por la falta de bendiciones, sino por la costumbre de vivir entre ellas sin nombrarlas. Porque aquello que se agradece florece en el alma, mientras que aquello que se da por sentado se vuelve invisible, aunque siga sosteniendo nuestra existencia.