Pachacamac - Mamitay (2021)

La Agrupación Pachacamac nace en mayo del año 2000 conformado por José Meza y Martín Estelo, con la finalidad de mostrar la música andina instrumental en los EE.UU.. A lo largo de este tiempo, ha llegado a presentarse en diferentes festivales, universidades, escuelas y eventos privados en diferentes estados como New Cork, New Jersey, Texas, Massachussets, Pennsylvania, Nevada y Puerto Rico. En la Actualidad cuenta con cuatro diferentes volúmenes de música instrumental el Primero “Mamitay” que cuenta con temas como Longuita Otavaleña, Mañana de Carnaval, libre al Viento y muchos más. En la mitología incaica, Pachacámac (en quechua: Pacha Kamaq) es el dios creador y animador de todo el universo. Asimismo, era él quien controlaba el equilibrio en el mundo.

 

Pachacamac - Mamitay (2021)

01. Mamitay
02. Población la Victoria
03. Susurro
04. Canguro Tullo
05. De Tus Recuerdos
06. Pampa Lirima
07. Mañana de Carnaval
08. Paco Saltarín
09. Longuita Otavaleña
10. Libre al Viento

Duración total: 36:02 min.

Comentarios

  1. Nunca olvides que a la tierra le gusta sentir tus pies desnudos, y que el viento desea jugar con tus cabellos. —Khalil Gibran.

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  2. Muchas gracias por la música

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  3. 🦅 El latido blanco del Pewen
    Primera Parte
    Capítulo 5
    El corazón dividido

    Aquella mañana el cielo amaneció despejado por primera vez en varios días. La nieve seguía cubriendo el valle, pero el sol comenzaba a arrancarle pequeños destellos que obligaban a entrecerrar los ojos. Los pehuenes proyectaban sombras largas sobre el blanco del suelo, como si quisieran recordar que toda luz necesita también un lugar donde descansar.

    Mientras preparaba el mate, alguien golpeó la puerta.

    Era Julián. Llevaba un gorro de lana cubierto de escarcha y una sonrisa que parecía desafiar al frío.

    —¿Tiene planes?

    Negué con la cabeza.

    —Entonces venga. Hay un galpón al que se le vino abajo parte del techo con la nevada. Vamos a levantarlo antes de que vuelva el mal tiempo.

    No pregunté de quién era el galpón. Tampoco quiénes iban. Me puse las botas, los guantes y lo seguí.

    En la ciudad, ayudar solía organizarse con llamadas, horarios y compromisos. Allí bastaba con que alguien necesitara una mano.

    Cuando llegamos ya había varias personas trabajando. Uno sostenía una escalera. Otro acomodaba tirantes. Dos mujeres preparaban tortas fritas y café sobre un fogón improvisado. Un muchacho apenas mayor que un adolescente limpiaba la nieve del techo con una pala de madera.

    Nadie parecía dirigir el trabajo. Sin embargo, todo avanzaba con una armonía difícil de explicar. Cada uno encontraba naturalmente aquello que hacía falta.

    Julián me alcanzó un serrucho.

    —¿Sabe usarlo?

    —Hace mucho que no.

    —Entonces hoy va a volver a aprender.

    Sonrió y siguió caminando.

    No hubo instrucciones. Ni discursos. Sólo confianza.

    Al principio mis movimientos eran torpes. Las manos se habían acostumbrado durante años a un teclado y a papeles. La madera exigía otro ritmo. Otro tipo de atención.

    Cuando una tabla quedó finalmente en su lugar sentí una satisfacción inesperada. No había hecho nada extraordinario, pero aquella pequeña tarea tenía un peso distinto. Podía verla. Podía tocarla. Podía imaginar que resistiría la próxima tormenta.

    Durante el descanso nos reunimos alrededor del fuego. El mate comenzó a circular lentamente.

    Nadie hablaba demasiado, no porque faltaran temas, sino porque nadie parecía sentir la obligación de llenar cada silencio.

    Observé los rostros iluminados por las brasas. Había arrugas profundas, manos endurecidas por el trabajo y miradas serenas. Pensé que la vida había pasado por todos ellos dejando marcas visibles. Sin embargo, ninguna de esas marcas parecía motivo de vergüenza.

    En la ciudad aprendemos a esconder el paso del tiempo. Allí descubrí personas que lo llevaban con la misma dignidad con que un árbol lleva sus anillos.

    Una mujer mayor, de cabello completamente blanco, repartía tortas fritas. Cuando llegó hasta mí me preguntó:

    —¿Ya empezó a escuchar el pueblo?

    La pregunta me tomó por sorpresa.

    —Creo que sí... aunque todavía no entiendo todo.

    Ella sonrió.

    —Nadie entiende todo. Eso nos mantiene humildes.

    Después siguió repartiendo. No añadió una palabra más. Sin embargo, aquella respuesta me acompañó el resto del día.

    Al caer la tarde el techo estaba terminado. Todos comenzaron a guardar las herramientas.

    No hubo aplausos. Ni fotografías. Ni alguien diciendo que había sido un éxito.

    Simplemente cada uno volvió a su casa, como si ayudar fuera tan natural como encender la salamandra antes del anochecer.

    Mientras regresábamos caminando, Julián señaló las montañas.

    —¿Ve aquellos cerros?

    Asentí.

    —Cuando uno vive acá aprende una cosa.

    Esperé.

    —Nadie atraviesa un invierno completamente solo.

    Miré alrededor. El humo salía de distintas chimeneas. Las luces comenzaban a encenderse detrás de las ventanas.

    Pensé en mi antigua vida. Había vivido rodeado de personas y, sin embargo, muchas veces me había sentido aislado.

    Allí, donde apenas conocía a los vecinos desde hacía unas semanas, comenzaba a experimentar algo diferente.

    No era amistad todavía.

    Era pertenencia.

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  4. Esa noche decidí caminar hasta el río.

    El cielo estaba completamente despejado. Miles de estrellas parecían apoyarse sobre las montañas. Nunca había visto una oscuridad tan luminosa.

    El agua reflejaba fragmentos del firmamento como si llevara el cielo consigo.

    Encontré al anciano sentado en el mismo tronco de siempre.

    No me sorprendió verlo. Tampoco pregunté de dónde venía.

    Me senté a su lado.

    Compartimos varios minutos mirando la corriente.

    Finalmente habló.

    —¿Trabajó hoy?

    —Sí.

    —¿Cómo se siente?

    Pensé un instante.

    —Cansado... pero distinto.

    Asintió.

    —Hay cansancios que vacían. Y hay otros que hacen lugar.

    Las palabras quedaron flotando entre nosotros.

    Después señaló el río.

    —Mire esa piedra.

    Seguí la dirección de su mano.

    Una roca grande dividía la corriente en dos brazos. El agua parecía partirse para volver a encontrarse unos metros más abajo.

    —¿Cuál de las dos aguas llega primero? —preguntó.

    Sonreí.

    —Las dos llegan juntas.

    El anciano observó el río durante unos segundos.

    —Eso parece sencillo cuando lo vemos en el agua.

    Hizo una pausa.

    —Pero al corazón humano le cuesta aceptar que algo pueda dividirse sin dejar de pertenecer a una misma corriente.

    Miré la piedra.

    El agua no luchaba contra ella. No intentaba destruirla. No se detenía. Simplemente encontraba otra manera de continuar.

    —Durante mucho tiempo pensé que tenía que elegir —dije sin saber por qué.

    El anciano no me miró.

    —¿Entre qué cosas?

    La pregunta quedó suspendida.

    Sentí que podía responder. Podía hablar del pasado. De la ausencia. De aquella puerta de hospital que todavía aparecía en mis sueños.

    Pero las palabras no llegaron.

    Todavía no.

    —Entre seguir adelante o quedarme detenido —dije finalmente.

    El anciano asintió.

    —A veces creemos que recordar es quedarse atrás.

    Tomó una pequeña rama y la dejó caer al agua. La corriente la llevó lentamente.

    —Pero un río no deja de avanzar porque lleva consigo todo lo que encontró en el camino.

    Observé la rama alejarse.

    —Entonces, ¿uno no tiene que soltar todo?

    Negó con la cabeza.

    —Quizás no. Quizás sólo tiene que aprender a llevarlo de otra manera.

    El silencio volvió.

    Pero ya no era el mismo silencio de antes. Ahora parecía contener algo que todavía no podía nombrar.

    Pensé en aquello que había perdido. En aquello que había intentado olvidar. En todas las veces que había confundido sanar con borrar.

    Tal vez mi sufrimiento no nacía solamente de la ausencia. Tal vez nacía de haber expulsado una parte de mi propia historia porque dolía demasiado mirarla.

    El río seguía corriendo frente a nosotros.

    Dos brazos.

    Una corriente.

    Dos momentos de una misma vida.

    Mientras regresaba a casa, esa imagen caminó conmigo.

    No como una respuesta.

    Más bien como una puerta entreabierta.

    Antes de dormir abrí el cuaderno.

    Escribí con calma:

    "El corazón no sana cuando consigue olvidar lo que perdió. Sana cuando aprende a darle un lugar dentro de todo lo que todavía permanece."

    Cerré el cuaderno.

    Apagué la lámpara.

    El silencio de Aluminé ya no me parecía extraño. Comenzaba a reconocerlo como se reconoce la voz de un viejo amigo.

    Y, por primera vez desde que había llegado al valle, tuve la sensación de que el pueblo no solo me estaba enseñando a vivir de otro modo.

    También me estaba enseñando a recordar quién había sido antes de aprender a tener miedo.

    Y quizá, más importante aún, quién podía llegar a ser después de haberlo perdido todo.

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