"Paisajes" es un fascinante viaje musical y rítmico a través del rico tapiz de paisajes de América Latina. Cada tema es una representación vívida de diversos terrenos, desde frondosos bosques hasta imponentes montañas y extensos desiertos. A través de sus evocadoras melodías y arreglos intrincados, el álbum transporta a los oyentes al corazón de las Américas. Ciro Hurtado es un guitarrista y compositor peruano, que ha venido presentándose en escena continuamente desde principios de la década de 1970. Su carrera musical comenzó durante sus años de secundaria en Lima; ahora, con ocho discos bajo el brazo, Hurtado ha desarrollado una extensa carrera en el mundo del jazz, fusionando sus sonidos nativos la instrumentalización de una guitarra más contemporánea.
Ciro Hurtado - Paisajes (2024)
01. Bienvenida a America
02. El Urcututo
03. Puna
04. Cartas del Corazon
05. Pobre Palomita
06. Beatles Bossa
07. Lluvia
08. A Lo Largo del Camino
09. Dia Brillante
10. En el Aire
Duración total: 38:53 min.
01. Bienvenida a America
02. El Urcututo
03. Puna
04. Cartas del Corazon
05. Pobre Palomita
06. Beatles Bossa
07. Lluvia
08. A Lo Largo del Camino
09. Dia Brillante
10. En el Aire
Duración total: 38:53 min.
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He llegado a destino: cada paso que doy es mi punto de llegada. —Thich Nhat Hanh.
ResponderEliminar🦅 El latido blanco del Pewen
ResponderEliminarSegunda Parte
Capítulo 6
El agua nunca se aferra
El invierno había aprendido todos los caminos del valle. Ya no llegaba de improviso. Se anunciaba en la forma en que el viento cambiaba de dirección, en el vuelo más bajo de las bandurrias y en ese silencio particular que antecedía a las grandes nevadas.
Aquella mañana fue Julián quien pasó a buscarme nuevamente. No llevaba la tranquilidad de otros días. Apoyó apenas la mano sobre la puerta.
—¿Puede venir?
No hizo falta preguntar más.
Subimos a la camioneta. Mientras avanzábamos por el camino nevado me explicó que una vieja compuerta de riego, unos kilómetros río arriba, había quedado bloqueada por troncos y hielo. Si el agua seguía acumulándose, parte del deshielo podía desbordar hacia unos corrales cercanos.
—No es una tragedia —dijo—, pero si esperamos demasiado, el agua hace su trabajo.
Sonrió apenas.
—Y el agua nunca discute con nadie.
Llegamos cuando el sol todavía no había superado la línea de los cerros. Había cuatro personas trabajando. Nadie levantaba la voz. Cada uno hacía lo que sabía hacer.
Con palancas de madera comenzaron a mover los troncos atrapados entre las piedras. Otros rompían cuidadosamente el hielo con masas de hierro, evitando dañar la compuerta.
Me uní al trabajo.
El frío atravesaba los guantes. El vapor salía de la boca con cada respiración. Empujábamos, descansábamos y volvíamos a empujar.
Después de casi una hora, uno de los troncos cedió. Al principio ocurrió apenas un pequeño movimiento. Luego el agua encontró un espacio.
En cuestión de segundos la corriente recuperó toda su fuerza. Los restos de hielo comenzaron a girar río abajo.
Nadie festejó.
Simplemente todos observaron cómo el agua volvía a correr.
Julián apoyó una mano sobre el viejo poste de la compuerta.
—¿Ve?
Asentí.
—Nunca dejó de querer avanzar. Sólo estaba esperando un lugar por donde hacerlo.
Aquella frase me quedó dando vueltas.
Mientras emprendíamos el regreso, el río parecía distinto. No porque llevara más agua, sino porque ahora veía en él algo que antes había pasado por alto.
La corriente jamás luchaba contra la roca.
La rodeaba.
Jamás se detenía lamentando el árbol caído.
Encontraba otro camino.
No era resignación.
Era fidelidad a su naturaleza.
Por la tarde salí a caminar solo. El cielo comenzaba a cubrirse nuevamente. Seguí el sendero hasta el lugar donde acostumbraba encontrar al anciano.
Como tantas otras veces, ya estaba allí.
Sentado.
Mirando el agua.
Parecía conocer el horario del río mejor que el del reloj.
Me senté a su lado.
No hablamos durante varios minutos.
Finalmente rompí el silencio.
—Hoy entendí algo.
Él esperó.
—El agua nunca pelea con los obstáculos.
Sonrió.
—¿Está seguro?
Lo miré sorprendido.
Se inclinó apenas hacia la corriente.
—Observe mejor.
Miré durante largo rato.
Entonces advertí algo que antes no había visto.
El agua sí golpeaba las piedras.
Las rozaba.
Las erosionaba lentamente.
Había fuerza en ella.
Pero no violencia.
Persistencia.
El anciano tomó una ramita seca y la dejó caer sobre la corriente. La rama intentó resistirse. Giró sobre sí misma. Quedó atrapada unos instantes entre dos piedras. Después volvió a flotar.
—¿Qué hizo para liberarse? —preguntó.
—Nada.
—Exactamente.
No tuvo que convertirse en otra cosa.
Sólo dejó de luchar contra el agua.
Guardó silencio.
El río terminó de explicar la lección.
Permanecimos allí hasta que el sol comenzó a esconderse detrás de los pehuenes. La luz dorada convirtió la nieve en un inmenso espejo.
El anciano se puso de pie.
Antes de marcharse dijo:
—Las personas creen que la fortaleza consiste en sostenerlo todo. A veces consiste en soltar el peso justo.
Vi cómo se alejaba lentamente.
No seguí sus pasos.
Me quedé observando el río.
Pensé en aquella imagen del hospital que había regresado días atrás. Durante años había intentado empujar ese recuerdo hacia el fondo de mi memoria.
Quizás por eso seguía doliendo.
Quizás los recuerdos son como el agua.
Cuando les impedimos seguir su curso, terminan desbordando por otros lugares.
ResponderEliminarAl volver a casa el cielo comenzó a descargar una nevada fina.
Entré, encendí la salamandra y abrí el cuaderno.
Durante varios minutos sostuve el lápiz sin escribir.
Después apareció una única frase.
"No toda resistencia es valentía. A veces la verdadera valentía consiste en permitir que la vida siga moviéndose dentro de nosotros."
Cerré el cuaderno.
El fuego crepitó suavemente.
Afuera, el río continuaba su viaje hacia lugares que yo todavía no conocía.
Pensé que tal vez mi propia vida estaba haciendo exactamente lo mismo.
Y por primera vez no sentí miedo de no saber cuál sería la siguiente curva del camino.