Medwyn Goodall - Medicine Woman VII Seven (2022)

Una de las series instrumentales new age más exitosas continúa con "Seven", el séptimo álbum de la serie Medicine Woman. Sin embargo, el siete es un número de gran poder, un número mágico, un número de la suerte, un número de poderes psíquicos y místicos, de secreto y de búsqueda de la verdad interior. Un álbum inquietantemente místico y hermoso interpretado en guitarra española, flautas, voces de Enya, flautas de pan y marimba. Medwyn se ha convertido en una leyenda en el mundo de la música new age e instrumental. Con varios premios entre sus créditos, se ha ganado una reputación internacional por ser prolífico, producir en una variedad de estilos, pero sobre todo componer y grabar música bastante impresionante que es melódica, emocional y altamente expresiva.

Medwyn Goodall - Medicine Woman Seven (2022)

01. Dawn of the Golden Age
02. Whispers from Heaven
03. The Seven Sisters
04. Shadowlands
05. Painted Faces
06. The Road Well Travelled
07. The Universe Is with You

Duración total: 50:28 min.

Comentarios

  1. Haz que tu vida se deslice ligeramente sobre los hilos del tiempo, como una gota de rocío sobre el dorso de una hoja.

    —Rabindranath Tagore

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  2. 🍃 Sobre el hilo invisible del tiempo

    El amanecer en Aluminé apenas se insinúa, como si tuviera miedo de interrumpir el silencio profundo que dejó la noche. El otoño se hace presente en cada detalle: en el crujido leve de las hojas, en el aire frío que roza la piel, en el vapor del mate que asciende lento, como una plegaria sin palabras.

    Todo parece moverse… pero sin prisa.

    Y en ese ritmo casi imperceptible, algo en mí comienza a aflojar.

    Pienso en esa imagen tan simple y tan inmensa a la vez: la vida deslizándose como una gota de rocío sobre una hoja. Sin peso. Sin lucha. Apenas sostenida por un equilibrio misterioso entre lo que es y lo que deja de ser en cada instante.

    ¿Será posible vivir así?

    Durante tanto tiempo creí que había que afirmarse, sujetarse fuerte a las cosas, a los momentos, a las personas… como si el sentido estuviera en retener. Pero este amanecer patagónico, con su calma casi sagrada, parece decir lo contrario: nada está hecho para ser atrapado.

    Todo es tránsito.

    El mate pasa, el calor se disuelve, la música se transforma en eco, la noche en luz, el pensamiento en silencio.

    Y, sin embargo, hay algo que permanece.

    Quizás no como forma, sino como esencia.

    La música que suena —suave, envolvente, casi etérea— parece venir de un lugar que no pertenece del todo a este mundo. Guitarras que respiran, flautas que parecen recordar, voces que no cantan palabras sino estados. Hay algo místico en ese sonido, algo que no busca ser entendido sino sentido.

    Como si cada nota fuera un hilo invisible que conecta lo que soy con lo que alguna vez fui… o tal vez con lo que siempre he sido.

    El número siete aparece en mi mente como un símbolo, no como una cifra. Siete como portal, como misterio, como ciclo que se cierra y se abre al mismo tiempo. Siete como ese punto donde lo visible y lo invisible se rozan.

    Y en este instante… siento que estoy ahí.

    No hay urgencia.

    No hay necesidad de llegar.

    Solo este deslizarse.

    Como la gota.

    Como el tiempo.

    Como la respiración.

    Las costumbres de esta tierra tienen algo de eso. El mate compartido —aunque hoy sea en soledad—, el respeto por los silencios, la forma en que el día no irrumpe sino que se revela poco a poco. Todo parece enseñarme, sin decirlo, que vivir no es avanzar… sino acompañar.

    Acompañar el pulso de lo que ocurre.

    Acompañar el propio latido sin forzarlo.

    Acompañar incluso lo que no entendemos.

    Porque hay una sabiduría en lo leve.

    Una fuerza en lo que no se impone.

    Una profundidad en lo que apenas roza.

    La gota no se aferra a la hoja… y sin embargo, por un instante perfecto, pertenece.

    Quizás eso sea la vida.

    Un instante de pertenencia fugaz, pero total.

    Un contacto breve con algo infinito.

    Un suspiro en el que todo encaja sin esfuerzo.

    Me doy cuenta de que no necesito sostener el tiempo. No necesito apresarlo ni medirlo. Tal vez lo único que puedo hacer —y lo único que realmente importa— es deslizarme con él.

    Confiar.

    Soltar.

    Estar.

    El amanecer ya no es una promesa: es presencia.

    La luz comienza a dibujar contornos donde antes solo había sombras. Y en ese pasaje sutil, algo en mí también se ilumina… no como una revelación, sino como un reconocimiento.

    Siempre fue así.

    Siempre estuvo ahí.

    Pero hacía falta este instante, este silencio, esta música… para recordarlo.

    La vida no pesa cuando dejamos de cargarla.

    Se vuelve ligera.

    Se vuelve… casi imperceptible.

    Como una gota de rocío sobre el dorso de una hoja.

    Y en ese deslizamiento silencioso, en ese equilibrio frágil y perfecto…

    descubro que no hay nada que sostener.

    Solo hay que aprender a no caer antes de tiempo.

    O tal vez… a confiar en la caída también.

    El mate se enfría.

    La música se disuelve.

    El día comienza.

    Y yo… simplemente sigo deslizándome.

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  3. 🌲 El Pehuén que Soñaba con el Cielo

    Cuentan los antiguos que, entre las montañas azules de Aluminé, donde el río canta sus historias y el viento lleva mensajes de los antepasados, crecía un pequeño pehuén junto a un sendero olvidado.

    Durante sus primeros años, el árbol miraba a los gigantes del bosque y pensaba:

    —Algún día tocaré las nubes, pero todavía soy pequeño. Tal vez el destino de este brote sea permanecer oculto entre las sombras.

    Una noche, mientras la luna iluminaba las raíces profundas de la tierra, un anciano pewenche se acercó al pequeño árbol y apoyó su mano sobre su tronco.

    —¿Por qué miras tan lejos buscando lo que todavía no eres? —preguntó.

    El pehuén respondió con el silencio de sus hojas.

    Entonces el anciano sonrió y dijo:

    —Los sueños no son caminos que esperan ser encontrados. Son semillas que despiertan cuando el espíritu recuerda quién es. La esperanza no vive en quien duerme esperando que la vida cambie; vive en quien despierta cada mañana y camina hacia aquello que su corazón reconoce.

    El pequeño pehuén preguntó con el movimiento de sus ramas:

    —¿Pero cómo sabré que mi sueño es verdadero?

    El anciano tomó un piñón entre sus manos y lo colocó sobre la tierra.

    —Mira esta semilla. Nadie puede ver el árbol escondido dentro de ella, pero la semilla sí lo sabe. No necesita que el bosque le prometa grandeza. Lleva en su interior una memoria antigua que la llama a crecer.

    Pasaron muchas lunas. El pequeño pehuén enfrentó nevadas, vientos intensos y largas sequías. Pero cada dificultad no apagó su sueño; lo transformó en raíz, paciencia y fortaleza.

    Con el tiempo se convirtió en un árbol majestuoso, y los viajeros que pasaban bajo sus ramas sentían una extraña paz, como si aquel pehuén les recordara algo que habían olvidado.

    Decían los mayores del valle:

    —El que solo mira con los ojos ve un árbol. El que mira con el espíritu ve un sueño que aprendió a caminar.

    Desde entonces, cuando alguien llegaba a Aluminé con el corazón lleno de dudas, se sentaba junto al pehuén y escuchaba el murmullo del viento entre sus ramas.

    Y el árbol parecía decir:

    "No esperes que el amanecer venga a buscarte. Despierta dentro de ti la luz que ya conoce el camino."

    Porque la esperanza verdadera no es una espera silenciosa; es el sueño del espíritu despierto, la fuerza invisible que transforma una pequeña semilla en un guardián de las montañas.

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