Fluyendo libremente y siempre cambiando como un camino a través de un bosque encantado, el álbum "Sanctuary of Light" nos lleva a un santuario interior de belleza luminosa y resplandor divino. Cuando la musa llama a cualquier persona interesada en las artes, no siempre es escuchada al instante, pero tal vez permanece en la mente de la persona, a veces durante años. Como un recuerdo persistente de algo agradable, espera pacientemente a que las estrellas se alineen y la casualidad para entrar en escena y es cuando la musa es abrazada por la persona. Para algunos, ocurre temprano en la vida, pero para otros, puede no ocurrir hasta un período mucho más tarde en la vida. Este fue el caso de Peter Sterling.
Peter Sterling - Sanctuary of Light (2020)
01. The Light Within
02. Devine Reflection
03. Light in Your Eyes
04. This Path I Walk
05. Forevermore
06. Pool of Love
07. Seventh Heaven
08. Shores of Eternity
Duración total: 45:37 min.
01. The Light Within
02. Devine Reflection
03. Light in Your Eyes
04. This Path I Walk
05. Forevermore
06. Pool of Love
07. Seventh Heaven
08. Shores of Eternity
Duración total: 45:37 min.

El mundo está lleno de cosas mágicas, que esperan pacientemente que nuestros sentidos despierten. —W.B. Yeats
ResponderEliminarTodos somos un microcosmos que forma parte de ese macrocosmos que es el Universo. Todos podemos acceder a esa parte mágica que hay dentro de nosotros mismos.
ResponderEliminarRobert Fisher
Gracias por la cita Jorge! Saludos
ResponderEliminar✨ Cuando el Universo Despertó entre los Pehuenes
ResponderEliminarHay madrugadas en Aluminé en las que el mundo parece recordar su origen.
No sucede todos los días. O quizás sí, pero somos nosotros quienes caminamos dormidos. Esa mañana, mientras una niebla tenue descendía desde la cordillera y el río Aluminé avanzaba con la serenidad de quien conoce el camino desde el principio de los tiempos, tuve la certeza de que la Patagonia nunca deja de hablar. Somos nosotros quienes olvidamos escuchar.
Me detuve junto a un antiguo pehuén.
Su corteza, marcada por siglos de nieve, viento y sol, parecía guardar una conversación silenciosa con la montaña. Comprendí entonces por qué este árbol ha sido tan valioso para el pueblo mapuche. No solo por el piñón que alimentó generaciones enteras, sino porque representa una permanencia que trasciende la vida de un solo ser humano. Mientras nosotros contamos los años, él parece contar estaciones, lunas y memorias.
El bosque permanecía inmóvil, pero nada estaba quieto.
El viento desplazaba las nubes sobre los volcanes, las aguas transparentes del lago reflejaban un cielo que cambiaba a cada instante y un chucao rompía el silencio con un canto breve, como si anunciara que toda la naturaleza participaba de una conversación invisible.
Pensé entonces en la antigua mirada mapuche, que entiende que el ser humano no ocupa el centro de la existencia. Somos parte de una red donde la tierra, el agua, los árboles, los animales y las personas participan de un mismo equilibrio. Nada existe completamente separado. Todo vive en relación.
Mientras contemplaba el paisaje, recordé una frase que desde hace tiempo habita en mi interior:
"El mundo está lleno de cosas mágicas, que esperan pacientemente que nuestros sentidos despierten. Todos somos un microcosmos que forma parte de ese macrocosmos que es el Universo. Todos podemos acceder a esa parte mágica que hay dentro de nosotros mismos."
De pronto comprendí que la magia no consistía en romper las leyes de la naturaleza, sino en descubrir que nunca estuvimos fuera de ellas.
El río no necesitaba demostrar su sabiduría. Bastaba observar cómo encontraba su camino entre las piedras. El viento no buscaba imponerse; simplemente atravesaba el valle llevando consigo el aroma húmedo del bosque. La montaña no pronunciaba discursos. Permanecía allí, enseñando que la verdadera grandeza puede expresarse en silencio.
Entonces ocurrió algo difícil de explicar.
No vi luces extraordinarias ni escuché voces misteriosas. Lo extraordinario fue sentir que mis sentidos comenzaban a despertar. Cada gota de rocío parecía contener un pequeño universo. Cada hoja reflejaba una geometría perfecta. Cada respiración me recordaba que el mismo aire que llenaba mis pulmones había recorrido antes los bosques, los lagos y las cumbres nevadas.
Comprendí que el microcosmos del que formo parte no termina en mi cuerpo. También habita en mis pensamientos, en mis decisiones y en la forma en que camino sobre esta tierra. Y ese pequeño universo encuentra sentido únicamente cuando reconoce que pertenece a otro infinitamente mayor.
Quizás esa sea una de las enseñanzas más profundas que Aluminé me ha regalado.
La magia no espera en lugares secretos ni en tiempos extraordinarios. Espera en la capacidad de mirar sin prisa, de escuchar sin imponer respuestas y de reconocer que el misterio permanece vivo incluso cuando creemos comprenderlo todo.
Desde entonces camino de otra manera.
Cuando el viento desciende de la cordillera, siento que también atraviesa mi interior. Cuando el río continúa su viaje hacia otros paisajes, recuerdo que toda existencia está hecha de movimiento. Cuando el pehuén deja caer sus piñones sobre la tierra, comprendo que la abundancia comienza compartiendo aquello que somos.
Y cada vez que el amanecer ilumina lentamente los cerros de Aluminé, vuelvo a descubrir que el Universo nunca ha dejado de hablar.
Solo esperaba, con infinita paciencia, que mis sentidos despertaran para reconocer que la parte más misteriosa del cosmos no estaba escondida entre las estrellas, sino latiendo silenciosamente dentro de mí, como una chispa de la misma vida que anima a la montaña, al río, al bosque y al cielo infinito de la Patagonia.
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