Ciro Hurtado - Altiplano (2019)

En el álbum "Altiplano", el aclamado guitarrista Ciro Hurtado rinde un profundo y emotivo tributo a sus raíces peruanas, tejiendo un puente sonoro entre la tradición y la modernidad. Mediante un enfoque sutilmente minimalista, el compositor reinventa el folclor de los Andes al fusionar la riqueza de los estilos montañosos con delicados matices contemporáneos y sutiles guiños occidentales. La instrumentación, enriquecida por vientos andinos como quenas y zampoñas, dialoga perfectamente con su brillante técnica en las cuerdas. El resultado es una obra técnicamente impecable y bellamente producida que evoca los majestuosos paisajes andinos, consolidando una propuesta acústica exquisita, sofisticada y profundamente conectada con su herencia cultural.

Ciro Hurtado - Altiplano (2019)

01. Macchu Picchu
02. Altiplano
03. Rumba Andina
04. Ciudad Del Lago
05. El Ayaymama
06. Andean Heart
07. Recuerdos
08. Entre Las Estrellas
09. Triste
10. The House Of The Rising Sun

Duración total: 45:48 min.

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  1. 🌞 El eco del Yewün más allá del crepúsculo

    Esta mañana fría de junio, en Aluminé, cuando el otoño parece haber llegado a esa frontera invisible donde ya comienza a conversar con el invierno, salí a caminar bajo un cielo limpio. El sol brillaba con esa luz baja y dorada que solo existe en la Patagonia cuando el año empieza a recogerse sobre sí mismo. La helada aún descansaba sobre los pastos, y el aliento se volvía visible como si el espíritu quisiera recordar que también tiene forma.

    Mientras avanzaba en silencio, escuchando apenas el murmullo distante del viento entre los coihues, sentí la compañía de un antiguo kimche mapuche. No estaba allí de manera física. Era una presencia nacida del recuerdo, de la imaginación y quizás de algo más profundo que ambas cosas. En estos territorios uno aprende que no toda compañía necesita un cuerpo.

    —Kimche —le pregunté en mi interior—, ¿qué significa realmente compartir el Newen?

    Él guardó silencio durante un momento. Como hacen los sabios, dejó que primero hablara el paisaje.

    El río continuó su camino sin retener una sola gota. Los árboles entregaban sus últimas hojas al suelo. Incluso el sol, pensé, se derramaba sobre la tierra sin pedir nada a cambio.

    Entonces respondió:

    —Mira alrededor. Nada de lo que sostiene la vida se guarda para sí mismo.

    Sus palabras quedaron suspendidas en el aire frío.

    Recordé una enseñanza que había escuchado tiempo atrás:

    "Solo tienes lo que compartes en el Yewün. Entregando tu Newen es como alcanzas el Küme Mogen."

    Y comprendí que aquellas palabras contenían un misterio mucho más profundo de lo que parece a primera vista.

    Vivimos creyendo que poseemos aquello que acumulamos. Guardamos objetos, conocimientos, afectos, experiencias y hasta sueños, pensando que así estarán seguros. Sin embargo, la naturaleza enseña otra ley.

    El agua que se estanca termina perdiendo su transparencia.

    El árbol que se negara a entregar sus frutos rompería el equilibrio de su propio ciclo.

    La nube que no quisiera liberar la lluvia dejaría de ser nube.

    El kimche sonrió levemente.

    —El Yewün no es una obligación —dijo—. Es la forma en que la vida recuerda quién es.

    Seguí caminando mientras esas palabras encontraban lugar dentro de mí.

    Quizás por eso ciertas músicas nos conmueven tanto. No porque sean perfectas, sino porque son actos de entrega. Pensé entonces en el álbum Altiplano de Ciro Hurtado. Escuchándolo, uno tiene la sensación de atravesar senderos invisibles entre montañas antiguas. Las quenas y zampoñas parecen transportar voces que vienen desde muy lejos, mientras las cuerdas construyen puentes entre tiempos distintos.

    No es solo música.

    Es memoria compartida.

    Es herencia convertida en presente.

    Es Newen entregado al mundo.

    Tal vez allí reside la belleza de toda obra auténtica. El artista ofrece algo que podría haber guardado para sí mismo: una emoción, un recuerdo, una visión del mundo. Y en ese acto de dar, paradójicamente, la obra se vuelve inmortal.

    El kimche pareció escuchar también aquellas melodías invisibles que recorrían mis pensamientos.

    —Los antiguos sabían que la fuerza no aumenta reteniéndola —me dijo—. Aumenta cuando circula.

    Miré las montañas que rodean Aluminé.

    Parecían inmóviles.

    Pero solo lo parecían.

    Por dentro, los bosques crecían.

    Los arroyos corrían.

    Las raíces intercambiaban nutrientes bajo la tierra.

    Las aves migraban siguiendo rutas ancestrales.

    Todo estaba en movimiento.

    Todo estaba compartiendo algo.

    Comprendí entonces que el Küme Mogen, el buen vivir, no consiste en alcanzar una meta lejana ni en conquistar una versión idealizada de nosotros mismos. Más bien parece una manera de participar conscientemente en esa corriente invisible de reciprocidad que atraviesa todas las cosas.

    Dar atención.

    Dar tiempo.

    Dar escucha.

    Dar gratitud.

    Dar presencia.

    Dar belleza.

    Dar esperanza.

    No porque alguien lo exija, sino porque esa es la naturaleza profunda del espíritu cuando recuerda su origen.

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  2. El sol continuaba elevándose lentamente. La escarcha comenzaba a desaparecer sobre los campos. Durante unos segundos, miles de pequeños cristales reflejaron la luz como si la tierra estuviera cubierta de estrellas.

    —¿Y qué ocurre cuando damos demasiado? —pregunté.

    El anciano observó el horizonte.

    —El bosque nunca entrega más de lo que puede regenerar. El Yewün también incluye recibir.

    Aquella respuesta me sorprendió.

    A veces creemos que la reciprocidad consiste únicamente en ofrecer. Pero el equilibrio también requiere aceptar. Recibir ayuda. Recibir afecto. Recibir enseñanza. Recibir consuelo.

    Porque quien rechaza constantemente recibir interrumpe la misma corriente que pretende alimentar.

    El río da porque también recibe.

    La tierra entrega porque también recibe.

    El ser humano florece cuando aprende ambas direcciones del intercambio.

    Llegamos entonces a un claro desde donde podía verse el paisaje extendiéndose hacia los confines de la cordillera. El aire era puro y transparente. Sentí que el otoño entero respiraba a través de los colores apagados de los árboles.

    Entonces el kimche pronunció sus últimas palabras.

    —Más allá del crepúsculo no encontrarás respuestas nuevas. Encontrarás preguntas más profundas.

    Y desapareció.

    O tal vez fui yo quien regresó.

    Mientras emprendía el camino de vuelta comprendí que quizás el verdadero viaje espiritual no consiste en escapar hacia mundos extraordinarios, sino en aprender a reconocer el misterio que habita silenciosamente en cada gesto cotidiano.

    Compartir una palabra.

    Escuchar una historia.

    Ofrecer una sonrisa.

    Crear una canción.

    Encender una esperanza.

    Porque al final, aquello que entregamos con amor no se pierde.

    Se transforma.

    Viaja.

    Regresa.

    Y continúa su camino mucho más allá de nosotros, mucho más allá de las montañas, mucho más allá del crepúsculo.

    Quizás por eso el espíritu sonríe cuando comparte.

    Porque sabe algo que la mente suele olvidar:

    que solo conservamos verdaderamente aquello que hemos sido capaces de entregar.

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