“Narada World: A Global Vision” es una ambiciosa recopilación de varios artistas publicada por el sello Narada en 1997, que reúne 29 pistas repartidas en dos discos con más de dos horas de música. Este álbum celebra la visión global de Narada al ofrecer una mezcla ecléctica de estilos musicalmente diversos que van desde ritmos celtas y latinos hasta fusiones africanas, asiáticas y sonidos indígenas contemporáneos. La selección no se ciñe estrictamente a un solo género, más bien explora un puente sonoro entre lo tradicional y lo moderno, creando una experiencia accesible para el oyente curioso. Con interpretaciones de artistas como Orion, Bernardo Rubaja y Riley Lee, este doble CD funciona tanto como introducción al mundo como homenaje a la riqueza multicultural de Narada.
Various Artists - Narada World, A Global Vision CD2 (1997)
01. Orion - Douce Mousitomanie
02. Oscar Lopez - Lucia
03. Bernardo Rubaja - New Land
04. Connie Dover - Ubi Caritas
05. Jesse Cook - Gravity
06. Ayub Ogada - Kothbiro
07. Rumillajta - Mujeres y Ninos
08. Tomas San Miguel - Kantico en Flor de Piedra
09. Nando Lauria - Doce Morena
10. R. Carlos Nakai - Introduction Precious Waters
11. Michael Pluznick - Giant Step
12. John Whelan - Dancing to a Lot of Time
13. Vas - Astrae
14. Riley Lee - Inochi No Sharin (Wheel of Life)
Duración total: 65:13 min.
01. Orion - Douce Mousitomanie
02. Oscar Lopez - Lucia
03. Bernardo Rubaja - New Land
04. Connie Dover - Ubi Caritas
05. Jesse Cook - Gravity
06. Ayub Ogada - Kothbiro
07. Rumillajta - Mujeres y Ninos
08. Tomas San Miguel - Kantico en Flor de Piedra
09. Nando Lauria - Doce Morena
10. R. Carlos Nakai - Introduction Precious Waters
11. Michael Pluznick - Giant Step
12. John Whelan - Dancing to a Lot of Time
13. Vas - Astrae
14. Riley Lee - Inochi No Sharin (Wheel of Life)
Duración total: 65:13 min.
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🌄 “Donde el Viento Agradece”
ResponderEliminar"La gratitud convierte lo que tenemos en suficiente." — Melody Beattie
Vivo en Aluminé, en el corazón azul y verde de la Provincia del Neuquén, donde la Patagonia no es paisaje sino presencia. Aquí el viento no sopla: conversa. El río no corre: recuerda. Y las montañas no se elevan: custodian. Hay días en que el cielo parece tan amplio que uno entiende por qué el alma necesita horizontes.
Despierto antes que el sol. Es costumbre en estos lugares donde el fuego a leña aún es altar doméstico y el mate compartido es un sacramento cotidiano. Mientras la pava susurra sobre la cocina económica, observo cómo el amanecer enciende de oro las cumbres lejanas. Agradezco. No como un gesto aprendido, sino como quien respira.
En Aluminé, agradecer no es una práctica intelectual: es una forma de estar en el mundo.
La frase de Melody Beattie me acompaña como un eco antiguo. Aquí, donde las estaciones son intensas y el invierno exige temple, uno comprende que la suficiencia no proviene de acumular, sino de habitar plenamente. Cuando la nieve aísla caminos y el silencio cubre los bosques de pehuenes, la gratitud se vuelve hoguera interior.
El pehuén —árbol sagrado para el pueblo mapuche— me enseñó algo que ningún libro podría: permanecer. Sus raíces profundas abrazan la tierra volcánica mientras su copa se abre al cielo incierto. Así intento vivir. Con raíces firmes en la tradición y la mirada abierta al misterio.
A veces cabalgo hacia los lagos cercanos. El agua refleja nubes que parecen viajar hacia dimensiones invisibles. Hay un instante, justo cuando el sol comienza a descender, en que todo se vuelve umbral. El crepúsculo patagónico no es final: es tránsito. Es el punto exacto donde la materia empieza a volverse símbolo.
En esos momentos suelo escuchar el álbum Narada World, A Global Vision. Sus sonidos viajan desde culturas lejanas, pero aquí, entre montañas y araucarias, parecen regresar a su origen. Los tambores dialogan con el viento andino; las cuerdas orientales se funden con el murmullo del río Aluminé. La música no acompaña el paisaje: lo revela.
Comprendo entonces que la gratitud es una frecuencia. Cuando agradecemos, sintonizamos con algo más vasto que nuestras preocupaciones. Es como si el universo, al sentirse reconocido, respondiera afinando nuestra percepción.
En las reuniones con vecinos, alrededor del asado o durante las fiestas populares, hay una sabiduría sencilla que no necesita discursos. Compartimos historias de temporales y cosechas, de animales extraviados que regresan, de caminos que se abren. Nadie habla de “espiritualidad” y, sin embargo, todo es profundamente espiritual.
He aprendido que agradecer también es aceptar. Aceptar el viento fuerte que derriba cercos, la distancia que a veces pesa, la soledad que desnuda. Porque incluso en lo áspero hay enseñanza. La Patagonia no adorna la verdad: la expone.
Cuando cae la noche y el cielo se cubre de estrellas —tan nítidas que parecen agujeros en el telón del universo— siento que vivo en un santuario sin paredes. El silencio nocturno es tan profundo que uno puede escuchar sus propios pensamientos diluirse.
Entonces entiendo que vivir agradecido no es repetir “gracias” como fórmula mágica. Es reconocer que cada instante, incluso el más simple, contiene una revelación. Es mirar el humo del fogón elevarse y ver en él la danza invisible de todo lo que fue y todo lo que será.
Quizás por eso este viaje con el espíritu —como propone MusiK EnigmatiK— no necesita aviones ni mapas. Basta cerrar los ojos mientras la música del mundo suena y dejar que el corazón viaje más allá del crepúsculo.
Aquí, en Aluminé, he descubierto que la verdadera abundancia es el asombro. Que la gratitud no añade nada a la vida, sino que la ilumina desde dentro. Y que cuando agradecemos, el viento mismo parece inclinarse levemente, como si también él estuviera diciendo gracias.
ResponderEliminarPorque en este rincón del sur del mundo, donde el frío pule el carácter y el paisaje ensancha el alma, vivir agradecido no es una elección estética: es una forma de sobrevivir con belleza.
Y mientras el fuego crepita y el álbum continúa girando, comprendo que cada nota, cada ráfaga, cada estrella, susurra la misma verdad eterna:
Lo suficiente siempre estuvo aquí.