“A Coalescence of Dreams” es un álbum instrumental de Timothy Wenzel lanzado en 2012, y se sitúa dentro del género new age, combinando elementos de música celta, paisajes sonoros y atmósferas contemplativas. Está compuesto por doce piezas que se despliegan como un viaje interior lleno de piano lírico, sintetizadores etéreos, flauta y guitarras suaves, evocando emociones variadas y estados de ánimo oníricos. El concepto del álbum gira en torno a la idea de que los sueños, tanto nocturnos como diurnos, pueden entrelazarse y reflejarse en la vida real, un tema que Wenzel explora musicalmente con delicadeza y fluidez. Las melodías son relajantes, profundas y ricas en textura, haciendo de este trabajo una experiencia ideal para la escucha introspectiva y serena.
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🌊 Danzar bajo la lluvia de Aguas Verdes
ResponderEliminarLa última semana siempre tiene algo de revelación. Aquí, en Aguas Verdes, el viento sopla distinto cuando uno sabe que el tiempo comienza a plegarse. Las sombrillas se inclinan como si escucharan un secreto antiguo del mar, y la arena —siempre movediza— me recuerda que nada permanece salvo el instante que decidimos habitar.
He pasado días enteros caminando por estas playas del Partido de La Costa, donde la cultura es sencilla y hospitalaria: mates compartidos frente al océano, ferias artesanales que brotan al atardecer, conversaciones sin apuro mientras el cielo se incendia en naranjas imposibles. Aquí nadie corre; el tiempo se desgrana como un rosario de olas. Y sin embargo, incluso en este aparente remanso, la tormenta llega. A veces en forma de nubarrón real sobre el Atlántico; otras, como una inquietud interior que no sabe nombrarse.
Mientras escucho A Coalescence of Dreams de Timothy Wenzel, siento que cada nota es una gota suspendida en el aire antes de caer. El piano se desliza como lluvia fina sobre los médanos, los sintetizadores dibujan horizontes que parecen no terminar nunca. La música no me invita a escapar de la tormenta, sino a permanecer en ella con los ojos abiertos. Como si cada acorde susurrara la frase de Vivian Greene: la vida no consiste en esperar que pase la tormenta, sino en aprender a bailar bajo la lluvia.
Y aquí, en mi última semana, comprendo que el mar siempre ha sido mi maestro. Cuando la sudestada arrecia y el cielo se vuelve plomo, las olas no se detienen a lamentarse. Se elevan. Se curvan. Estallan. Danzan con una furia que es también celebración. ¿No será eso lo que nos pide la existencia? No evitar el temblor, sino integrarlo. No silenciar el trueno, sino encontrar su ritmo.
Aguas Verdes tiene algo de misterio humilde. No es estridente ni busca imponerse. Se deja descubrir en la repetición: la misma panadería que hornea medialunas al alba, el mismo pescador que revisa sus redes con paciencia infinita, el mismo perro que corre detrás de las gaviotas como si fuera la primera vez. Esa repetición es un mantra costero. Me enseña que bailar bajo la lluvia no es un acto heroico, sino cotidiano. Es preparar el mate aunque el día amanezca gris. Es salir a caminar aunque el viento despeine los pensamientos.
En las noches, cuando el murmullo del océano entra por la ventana y se mezcla con las melodías del álbum, siento que los sueños se coagulan —como sugiere el título— en una sola corriente de sentido. Pasado y futuro se abrazan en este presente húmedo y salado. Entiendo entonces que la tormenta no es enemiga; es portal. Cada despedida encierra una iniciación. Cada nube anuncia una revelación.
Mañana o pasado volveré a la ciudad, al ruido, a las agendas que exigen certezas. Pero algo de esta danza quedará latiendo en mí. Aprendí que no necesito cielos despejados para sentir plenitud. Que la belleza no depende de la calma, sino de la disposición interior a mojarse.
Si alguna vez regresan las nubes —y regresarán— cerraré los ojos y escucharé nuevamente estas notas etéreas. Recordaré la arena fría bajo mis pies y el viento del Atlántico rozando mi rostro. Y entonces, aun en medio del aguacero más denso, sabré que estoy exactamente donde debo estar: danzando.