Karelius Ihlang - The Weight of Silence (2025)

El álbum "The Weight of Silence" de Karelius Ihlang es una obra introspectiva y cinematográfica lanzada en noviembre de 2025 por este músico noruego, conocido también por su trabajo como baterista en proyectos como Eldamar y Paracrona. El disco reúne diez piezas instrumentales, mayormente composiciones originales al piano que exploran emocionalmente temas como la quietud, la melancolía, la reflexión y la serenidad interior. A diferencia de sus trabajos metálicos, aquí Ihlang se sumerge en un sonido minimalista y ambiental donde el silencio tiene tanto peso como las notas mismas, creando paisajes sonoros delicados y emotivos. La música invita a la contemplación, reflejando una evolución artística marcada por la introspección y la honestidad emocional.

 

Karelius Ihlang - The Weight of Silence (2025)

01. Troubled Flow
02. The Weight of Silence
03. Shadows in the Rain
04. Whispers in the Wind
05. Tides of Tranquility
06. A Hopeful Dream
07. The Space Between Us
08. Loneliness
09. A Promise Once Made
10. As The Years Go By

Duración total: 26:33 min.

Comentarios

  1. 🌅 El peso invisible de la marea

    Veraneo en Aguas Verdes, en el Partido de la Costa, desde hace más años de los que puedo contar sin que la memoria se vuelva bruma. No es un balneario ruidoso ni deslumbrante. Aquí el lujo es el viento limpio, las calles de arena, los pinos inclinados como si escucharan un secreto antiguo que llega desde el Atlántico.

    Cada verano regreso con la sensación de que algo en mí necesita este paisaje para recordar quién es.

    Escucho The Weight of Silence de Karelius Ihlang mientras camino al atardecer. La música parece hecha de aire y profundidad, como si cada nota supiera algo que yo todavía estoy aprendiendo. Entonces resuena la frase de Pessoa: “Sigue tu destino, riega tus plantas, ama tus rosas. El resto es la sombra de árboles ajenos”.

    Aquí, donde las sombras de los tamariscos se alargan sobre la arena cuando el sol cae, la metáfora se vuelve visible. Las sombras parecen enormes, casi majestuosas. Pero basta que la luz cambie para que desaparezcan. No tienen raíz. No tienen savia. Dependen de algo más para existir.

    Pienso en las veces que he vivido persiguiendo sombras. Expectativas ajenas. Éxitos que brillaban porque otros los miraban. Caminos que parecían seguros sólo porque muchos los transitaban. Pero el mar de Aguas Verdes no entiende de comparaciones. Avanza y retrocede sin competir con ninguna otra costa.

    “Sigue tu destino”. Tal vez no sea una orden épica, sino un susurro. Un llamado íntimo que apenas se oye cuando el ruido del mundo se aquieta. El destino no siempre es grandioso; a veces es una fidelidad pequeña y constante, como volver cada enero a este mismo lugar, a la misma casa sencilla, al mismo ritual de abrir las ventanas para que entre el olor a sal.

    “Riega tus plantas”. En el jardín modesto donde me hospedo hay un rosal que resiste el viento marino. Cada mañana le doy agua sin saber cuántas flores dará. Ese gesto mínimo me recuerda que la vida responde al cuidado, no a la ansiedad. No puedo forzar la floración ni exigirle que compita con otros jardines. Sólo puedo acompañar su proceso.

    La música de Ihlang sostiene un silencio que no es vacío, sino densidad. Un silencio que pesa porque contiene lo no dicho, lo que aún no se revela. Frente al océano, comprendo que ese peso es necesario. Como la marea que se retira para volver con más fuerza, el alma necesita espacios donde no haya aplausos ni testigos.

    “El resto es la sombra de árboles ajenos”. En la playa, cuando el sol finalmente se hunde, todas las sombras desaparecen al mismo tiempo. Nadie puede apropiarse de la noche. En esa oscuridad compartida, cada uno queda a solas con su respiración y con el rumor constante del mar.

    Quizás la espiritualidad no sea elevarse, sino enraizarse. Aceptar la propia medida. Amar las propias rosas, aunque sean pocas. Regar lo que nos fue confiado, aunque no sea espectacular. Seguir el destino que late en silencio, aunque no tenga espectadores.

    Aguas Verdes me enseña eso cada verano: que la profundidad no hace ruido. Que el silencio también tiene peso, pero es un peso que sostiene, no que aplasta. Y que cuando uno deja de perseguir sombras ajenas, descubre que la luz siempre estuvo esperando, paciente, detrás del horizonte.

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