"Solitary Treasures" es un álbum de la vocalista y productora estadounidense Darlene Koldenhoven, lanzado en 2011 bajo su sello independiente TimeArt Recordings. Producido, arreglado e interpretado en gran parte por la propia Koldenhoven, este disco combina elementos de música clásica, crossover, pop adulto contemporáneo, new age y world music, mostrando su extraordinaria voz de múltiples octavas y su versatilidad artística. El repertorio incluye 12 temas que van desde la emblemática aria operística “Nessun Dorma” hasta versiones únicas de “Kiss from a Rose” y “The Prayer”, así como piezas originales y arreglos de melodías tradicionales. "Solitary Treasures" fue nominado a Mejor Álbum Vocal en 2012 y ofrece una experiencia auditiva profunda y emocional.
Darlene Koldenhoven - Solitary Treasures (2011)
01. Nessun Dorma [From Tarandot]
02. Lo Specchio
03. Clair de lune for Bella's Lullaby
04. Bella's Lullaby
05. Kiss from a Rose
06. All I Am
07. Ay Carino
08. A Celtic American Treasury Down by the GardensShenandoahThe Water Is W
09. Lucid See
10. The Last Words You Said
11. Remember Me
12. The Prayer
Duración total: 45:28 min.
01. Nessun Dorma [From Tarandot]
02. Lo Specchio
03. Clair de lune for Bella's Lullaby
04. Bella's Lullaby
05. Kiss from a Rose
06. All I Am
07. Ay Carino
08. A Celtic American Treasury Down by the GardensShenandoahThe Water Is W
09. Lucid See
10. The Last Words You Said
11. Remember Me
12. The Prayer
Duración total: 45:28 min.
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🌊 Tesoros en la Orilla del Silencio
ResponderEliminarA mediados de enero, cuando el sol cae vertical sobre las dunas de Aguas Verdes y el viento marino dibuja surcos invisibles en la arena, descubro que el verdadero descanso no está en la sombra de una carpa ni en el murmullo intermitente del oleaje, sino en un espacio más hondo y callado. Veranear aquí tiene algo de rito antiguo: el mar parece repetir una enseñanza que siempre estuvo ahí, esperando ser escuchada.
Mientras camino al atardecer, con los pies hundiéndose levemente en la arena tibia, recuerdo la frase de Thomas Jefferson: “Estoy convencido de que todo ser humano puede encontrar gozo en hacer el bien a los demás”. La repito como un mantra suave, casi al compás de las olas. Y entonces comprendo que el gozo del que habla no es euforia, ni aplauso, ni reconocimiento. Es una vibración interior, similar a la nota sostenida de una voz que no busca imponerse, sino abrazar.
En estas noches costeras, cuando el cielo se vuelve violeta y las primeras estrellas titilan sobre el Atlántico, suelo escuchar Solitary Treasures de Darlene Koldenhoven. Hay algo profundamente místico en esa voz que parece provenir de un lugar más allá de las palabras. Cada interpretación es como una plegaria sin templo, una catedral invisible levantada en el aire salino. La música se funde con el rumor del mar y me recuerda que los verdaderos tesoros suelen hallarse en soledad, pero nunca en aislamiento.
Porque hacer el bien es, en cierto modo, un acto solitario. Nadie puede hacerlo por nosotros. Es una decisión íntima, casi secreta. Sin embargo, sus efectos se expanden como círculos en el agua. Una sonrisa ofrecida al desconocido que vende churros en la playa. Un gesto amable hacia quien camina cargando silencios. Una escucha atenta, sin interrumpir. Pequeñas acciones que, como granos de arena, parecen insignificantes, pero juntas sostienen la costa entera de nuestra humanidad.
El mar de Aguas Verdes no es ostentoso. No tiene la estridencia de otros balnearios. Es más bien sobrio, contemplativo. Y en esa serenidad encuentro una enseñanza: el bien no necesita espectáculo. Así como la música de Koldenhoven no compite con el ruido del mundo, sino que lo trasciende con suavidad, el bien verdadero no grita su presencia. Simplemente es.
A veces me siento en la orilla cuando la playa ya se ha vaciado y la noche trae un recogimiento especial. Allí, mirando la línea infinita donde el cielo besa al agua, me pregunto cuántas veces hemos confundido felicidad con posesión, cuando tal vez la alegría más pura surge al dar. Dar tiempo. Dar comprensión. Dar una palabra luminosa en medio de la confusión.
El gozo del que habla Jefferson no es ingenuo. Requiere valentía. Porque hacer el bien implica, muchas veces, renunciar al ego que reclama protagonismo. Es un acto de humildad, como la marea que retrocede para volver a avanzar. Y en ese movimiento rítmico, constante, descubro que cada ser humano lleva dentro una reserva inagotable de bondad, esperando ser activada.
En “Solitary Treasures”, la voz asciende como si buscara el cielo, pero también desciende a registros graves que parecen tocar la tierra. Esa dualidad me recuerda que somos puente: entre lo divino y lo cotidiano, entre lo invisible y lo tangible. El bien que hacemos no siempre cambia el mundo de forma visible, pero transforma nuestro interior. Y ese cambio, silencioso y profundo, ya es milagro.
Quizás por eso veraneo aquí. No solo para descansar el cuerpo, sino para recordar el alma. Para volver a esa certeza sencilla y luminosa: hacer el bien es una forma de música. Una melodía que no siempre se oye, pero que se siente. Una armonía que nos afina con algo más grande que nosotros mismos.
Cuando regrese a Aluminé, el rumor del mar seguirá resonando en mí como un eco sagrado. Y cada vez que dude, volveré mentalmente a esta orilla de enero, a esta voz que se eleva en la noche, a esta convicción serena: el verdadero tesoro no es lo que guardamos, sino lo que entregamos.
Porque en dar, misteriosamente, encontramos. Y en ese hallazgo silencioso, florece el gozo.