“Yin Yang”, lanzado en diciembre de 2025 por Salvador Candel, es un viaje sonoro que abraza la dualidad esencial del existir. En sus 12 pistas, el compositor veterano del género new age explora contrastes sutiles entre luz y sombra, calma y movimiento, creando paisajes musicales que invitan a la introspección y al equilibrio interior. Con texturas etéreas y melodías que fluyen como corrientes opuestas pero complementarias, el álbum refleja la filosofía del equilibrio entre fuerzas opuestas, un concepto que trasciende lo musical para convertirse en experiencia espiritual. Cada composición parece respirar, invitando al oyente a encontrar armonía en el vaivén emocional de la vida. "Yin Yang" es música para acompañar el silencio y descubrir nuevos matices en cada escucha.
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🌗 Un pedazo de cielo entre las dunas
ResponderEliminarVeranear en Aguas Verdes es aprender a escuchar. No solo el rumor del mar, que aquí llega sin alardes, sino el murmullo más sutil que nace cuando el tiempo afloja sus nudos. Entre las dunas y los pinos, en este rincón del Partido de la Costa, el cielo parece descender un poco más bajo, como si quisiera ser alcanzado. Quizás por eso vuelve a mí, con insistencia serena, la frase de Marcel Proust: “Procura tener siempre un pedazo de cielo sobre tu vida.”
No habla de mirar hacia arriba, sino de permitir que algo alto nos habite.
En Aguas Verdes, el cielo no es una idea abstracta. Es una presencia. Cambia de color con una lentitud que educa la paciencia: del celeste pálido de la mañana al blanco enceguecedor del mediodía, hasta el violeta introspectivo del atardecer. Cada variación es una lección silenciosa. El cielo enseña que nada permanece fijo y, aun así, todo encuentra su equilibrio.
Como el Ying y el Yang.
Escucho el álbum de Salvador Candel mientras camino descalzo por la orilla. La música no invade: acompaña. Hay sonidos que parecen venir de adentro de la arena y otros que se elevan, casi imperceptibles, hacia ese pedazo de cielo que Proust nos invita a cuidar. Ying Yang no se presenta como un combate de opuestos, sino como un diálogo antiguo. Luz y sombra se turnan la palabra. Ninguna quiere vencer; ambas quieren comprenderse.
Tal vez la espiritualidad no sea otra cosa que eso: aprender a sostener tensiones sin romperlas.
En verano, uno cree venir a descansar, pero en realidad viene a recordar. El cuerpo recuerda ritmos más lentos, el alma recuerda preguntas que la rutina suele tapar con ruido. En Aguas Verdes, donde no hay grandes carteles ni multitudes ensordecedoras, el silencio tiene textura. Es un silencio habitado. Y en ese espacio, la música enigmática de Candel actúa como un puente: entre lo que soy y lo que podría ser si me permitiera un poco más de cielo.
Un pedazo de cielo no es una promesa de felicidad constante. Es un permiso. Permiso para respirar cuando todo aprieta. Permiso para no entenderlo todo. Permiso para aceptar que la sombra también es parte del dibujo. El Ying Yang lo sabe desde siempre: sin noche no hay día, sin profundidad no hay altura.
Mientras el sol cae y el viento del mar empieza a refrescar, pienso que el cielo no está solo arriba. A veces se esconde en un gesto mínimo: una melodía que nos desarma, una caminata sin destino, una tarde que no exige nada. Tener un pedazo de cielo sobre la vida es, quizá, aprender a reconocer esos instantes y no dejarlos pasar como si fueran insignificantes.
En MusiK EnigmatiK celebramos lo que no se deja atrapar del todo. Este álbum no busca respuestas rápidas; propone estados. Y Aguas Verdes, con su humildad geográfica y su grandeza sensorial, se vuelve el escenario perfecto para esa escucha interior. Aquí, el mar no ruge: respira. Y al acompasar nuestra respiración con la suya, algo se ordena sin esfuerzo.
La espiritualidad enigmática no grita verdades. Susurra intuiciones. Nos recuerda que la vida no es solo una línea recta hacia adelante, sino un movimiento circular, como las mareas, como el símbolo ancestral del Ying Yang. A veces avanzamos; otras, retrocedemos. Ambas direcciones son necesarias para dibujar sentido.
Procura tener siempre un pedazo de cielo sobre tu vida, dice Proust. Yo agregaría: aunque esté nublado. Aunque no lo veas. Aunque dudes de su existencia. El cielo no se pierde; se cubre. Y basta un pequeño gesto —una canción, una mirada al horizonte, una pausa consciente— para que vuelva a asomarse.
Desde Aguas Verdes, con los pies en la arena y el oído atento, entiendo que ese pedazo de cielo no es un lujo espiritual, sino una necesidad vital. Es el espacio donde lo humano y lo infinito se tocan sin explicaciones. Donde la música deja de ser sonido y se vuelve señal. Donde el verano no es una estación, sino un estado del alma.
Y en ese cruce silencioso, entre cielo y tierra, entre Ying y Yang, seguimos escuchando.