El álbum "Magische Klangwelten" de Oliver Scheffner es un lanzamiento reciente del artista alemán especializado en música de relajación y ambient, conocido por crear paisajes sonoros que invitan a la contemplación y el descanso. Con nueve pistas como 1000 Miles y Window to Heaven, el disco explora texturas envolventes y melodías suaves que parecen abrir puertas hacia dimensiones interiores tranquilas y etéreas. Cada composición se despliega con ritmos lentos y armonías cálidas, diseñadas para inducir un estado meditativo, perfecto tanto para relajación profunda como para acompañar momentos de introspección. “Magische Klangwelten” es, en esencia, un viaje musical que trasciende lo cotidiano y transporta al oyente a paisajes sonoros llenos de calma y misterio.
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🌊 Poseer el Todo en el Arte de Soltar
ResponderEliminarLlego a Aguas Verdes cuando el verano apenas despierta, como si aún bostezara entre los pinos y la sal. No hay multitudes, no hay apuro. El mar respira despacio y la arena conserva huellas que el viento todavía no se ha decidido a borrar. En este comienzo de temporada todo parece provisional, incluso yo. Y tal vez por eso la frase de Jodorowsky aparece con la fuerza de una marea interna: “Aquel que no se aferra a nada, lo posee todo.”
Camino descalzo al amanecer. El agua está fría, casi iniciática. No invita a quedarse, sino a entrar y salir, como si enseñara el ritmo exacto de la vida: acercarse, sentir, soltar. Me doy cuenta de cuántas cosas traigo conmigo sin necesitarlas: pensamientos repetidos, expectativas heredadas, nombres que ya no pronuncio pero aún pesan. El mar no carga nada. Todo lo recibe y todo lo devuelve transformado. Quizás ahí comienza la enseñanza.
Aguas Verdes no intenta deslumbrar. No grita. Es un susurro constante. Casas bajas, calles tranquilas, bicicletas que pasan sin destino urgente. Aquí, el tiempo no se acumula; se diluye. Y en esa dilución empiezo a comprender que aferrarse es una forma sutil de miedo. Aferrarse a lo que fue, a lo que creemos ser, a lo que pensamos que nos pertenece. Pero nada pertenece realmente. Ni siquiera este cuerpo que se cansa al caminar sobre la arena húmeda.
Me siento frente al mar, mate en mano, y observo. Las olas no repiten su forma, aunque parezcan las mismas. Cada una nace, se levanta y muere sin nostalgia. No guarda memoria de la anterior ni ansiedad por la siguiente. Posee todo porque no conserva nada. ¿Y si la plenitud no estuviera en acumular experiencias, sino en atravesarlas sin retenerlas? ¿Y si el verdadero verano fuera un estado del alma, no una estación?
El sol sube lentamente y con él aparecen más cuerpos, más voces. La playa se puebla, pero el silencio interior puede permanecer si no me aferro a él. Comprendo que incluso la calma, cuando se desea demasiado, se vuelve una prisión. La frase vuelve a resonar: no aferrarse a nada. Ni siquiera a la idea de iluminación, ni al deseo de comprenderlo todo. Poseerlo todo no significa dominar, sino estar disponible.
En Aguas Verdes, el viento cambia sin pedir permiso. A veces trae olor a algas, a veces a pino caliente. Así son los pensamientos cuando se los deja pasar. Cuando no se los encierra en conclusiones. Empiezo a sentir que la identidad es también una playa: algo que el mar redefine cada día. No soy el mismo que llegó ni seré el mismo que se vaya. Y está bien. Soltar esa necesidad de permanencia alivia.
Al atardecer, el cielo se vuelve un espejo naranja y violeta. Hay una belleza que no se puede fotografiar sin traicionarla. Algunos instantes solo existen si no se los captura. Entiendo entonces que poseerlo todo es estar presente sin querer apropiarse del momento. Es mirar sabiendo que se irá. Es amar sin garantías. Es vivir sin contratos con el futuro.
La noche cae y las estrellas aparecen con una claridad que en la ciudad se olvida. No prometen nada. No explican nada. Simplemente están. Y en esa presencia silenciosa hay una enseñanza final: cuando dejo de aferrarme a definiciones, a roles, a historias que me cuento para sentirme seguro, algo se expande. No es vacío. Es espacio. Espacio para que todo sea.
Así, en este comienzo de verano en Aguas Verdes, comprendo que no vine a buscar respuestas, sino a desaprender la necesidad de tenerlas. El mar no me dio nada concreto, y sin embargo me lo dio todo. Porque al soltar, por fin, no me falta nada.