Wychazel and Noel Bannister - Mulled Wine & Mistletoe (2021)

Sabemos que hay muchos fanáticos de Wychazel que leeen este blog, así que cuando Chris Green, alias Wychazel, y Noel Bannister tienen listo un nuevo álbum de temporara, nos alegra ser portadores de buenas noticias. Mulled Wine & Mistletoe está disponible en esta temporada navideña. "Mulled Wine & Mistletoe" es una colección de música navideña tradicional temprana, algunas que datan de la época Tudor, arregladas para instrumentos de muestra de la época más algunos toques modernos. Los instrumentos incluyen flautas dulces, crumhorns, fidule y viola, arpa, dulcémele, tambores de marco, panderetas, coros y efectos atmosféricos. Por estar diseñado como un álbum de reproducción continua, no todas las pistas están divididas por pausas silenciosas.

 

Wychazel and Noel Bannister - Mulled Wine & Mistletoe (2021)

01. Gaudete
02. Quam Pastores Laudavere
03. The King
04. Besancon
05. Arbeaus Orchesographie
06. Away in a Manger
07. Coventry Carol
08. Deck the Halls
09. Silent Night
10. Sans Day Carol
11. Sussex Carol
12. King Jesus Has a Garden
13. Emmanuel
14. Wexford Carol
15. The Seven Rejoices of Mary
16. Boar's Head Carol
17. I Saw Three Ships

Duración total: 46:45 min.

Comentarios

  1. El que da es el corazón; las manos solo entregan.

    —Proverbio de la tribu Ibo

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  2. 💧 Lo que no se ve, pero se entrega

    Amanece gris en Aluminé, como si el cielo hubiera decidido quedarse un poco más en silencio.

    La lluvia cae sin prisa, persistente, casi meditativa… y hay algo en su ritmo que me invita a no apurar nada. El mate acompaña, tibio, mientras el vapor se eleva como un suspiro que no necesita explicación. Afuera, todo parece suspendido en una calma que no es ausencia, sino presencia profunda.

    Y en medio de este clima que lo envuelve todo, aparece una certeza sencilla, casi como un murmullo: “El que da es el corazón; las manos solo entregan.”

    La frase se queda conmigo.

    Porque tiene esa cualidad de las verdades que no necesitan adornos. No habla de lo visible, sino de lo esencial. Y en esta mañana donde todo parece más lento, más introspectivo, cobra un sentido distinto.

    Pienso en dar.

    No en el acto superficial de ofrecer algo, sino en ese gesto invisible que nace antes. En la intención. En el impulso. En eso que no se ve, pero que define completamente lo que llega al otro.

    Porque las manos pueden repetir movimientos…
    pero el corazón nunca miente.

    Y entonces, casi sin darme cuenta, conecto con la música.

    Con esos sonidos que alguna vez compartí, que siguen viajando por ahí, encontrando oídos, tocando almas que quizás nunca conoceré. Recuerdo proyectos como aquel de Wychazel, donde lo antiguo y lo nuevo se entrelazan en una danza atemporal. Ese álbum de temporada… lleno de instrumentos que parecen venir de otra época, pero que resuenan en el presente como si el tiempo no existiera.

    Flautas que susurran.
    Cuerdas que acarician.
    Coros que parecen emerger desde algún rincón olvidado de la memoria colectiva.

    Y lo más curioso…

    No hay pausas.

    La música fluye, continua, como esta lluvia. Como si no quisiera fragmentarse, como si entendiera que lo verdaderamente importante no está en cada pieza aislada, sino en el todo que se despliega sin interrupciones.

    Ahí también hay un acto de dar.

    Pero no desde la técnica… desde el alma.

    Porque quien crea así no está simplemente produciendo sonidos. Está ofreciendo un estado. Una experiencia. Un refugio invisible donde otros pueden entrar sin pedir permiso.

    Y eso… eso no lo hacen las manos.

    Lo hace el corazón.

    Me quedo pensando en cuántas veces creemos estar dando, cuando en realidad solo estamos cumpliendo. Cuántas veces ofrecemos palabras vacías, gestos automáticos, presencias distraídas. Y cuántas otras —las menos, quizás— logramos entregar algo verdadero, algo que lleva nuestra esencia, aunque no sepamos nombrarlo.

    La lluvia sigue.

    Y en su insistencia hay una lección: no se detiene a ver quién la recibe. No selecciona. No calcula. Simplemente cae, porque esa es su naturaleza.

    Dar sin medida.
    Sin expectativa.
    Sin ruido.

    Tal vez ahí esté el secreto.

    En permitir que lo que somos fluya sin interferencias. En confiar en que lo que nace desde un lugar genuino encuentra su destino, aunque no lo veamos. Aunque no sepamos el impacto. Aunque nunca recibamos respuesta.

    Como esas melodías que alguien escucha en soledad.
    Como ese comentario que alguien deja años después.
    Como este instante… que parece pequeño, pero está lleno.

    El mate ya se enfrió un poco. Afuera, el gris sigue abrazando todo. Pero adentro, algo se ilumina suave.

    No hace falta más.

    Porque entiendo —aunque sea por un momento— que no se trata de cuánto damos, sino desde dónde.

    Y que cuando el corazón está presente, incluso el gesto más simple se vuelve infinito.

    Como la lluvia.

    Como la música.

    Como este silencio que, sin decir nada, lo entrega todo.

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