Jia Peng Fang - Memories (2007)

El gran artista chino Jia Peng-Fang pasó sus difíciles y susceptibles años de adolescencia en Jiamusi, una ciudad del norte de China cerca de la frontera rusa, a 30 horas en tren desde Pekín. Primero puso sus manos sobre el erhu a la tierna edad de ocho años, justo en medio de la Gran Revolución Cultural Proletaria. Pero, a pesar de todo, su carrera musical no tuvo un buen comienzo inicial. Este álbum, acertadamente titulado "Memories", está repleto de emotivos mensajes de agradecimiento para sus fans. Contiene dos nuevas canciones escritas para esta ocasión por su gran amigo Haruki Mino. El paisaje sonoro, pintado con colores de "ternura y fuerza", seguramente crecerá más y más, trascendiendo su vigésimo aniversario.

 

Jia Peng Fang - Memories (2007)

01. In Full Bloom
02. Furusato
03. Distant Thunder
04. Dawn
05. A Road in Early Spring
06. Forever
07. San Sui
08. He nan xiao qu
09. Daybreak
10. Yueya wugeng
11. Tango of Asia
12. Homeward
13. A Stranger of Paradise
14. Nuevo Cinema Paradiso

Duración total: 63:53 min.

Comentarios

  1. Frases espirituales para devolverte la energía positiva 17:

    "El hombre no puede vivir sin placer; por tanto, cuando es deprivado del verdadero placer espiritual, es necesario que se vuelva adicto a los placeres carnales."

    Todos buscamos la felicidad y el placer, pero para trascender estos estados hay que conectar con uno mismo.

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  2. 🔮 El eco invisible de la verdadera plenitud

    Hay noches en las que el silencio parece contener una pregunta antigua, una de esas preguntas que no nacieron en la mente, sino en algún rincón olvidado del alma. Surge sin avisar, entre pensamientos cotidianos y emociones pasajeras: ¿qué es aquello que realmente buscamos?

    Durante mucho tiempo creí que la respuesta estaba en las experiencias, en los logros, en los momentos de alegría que la vida ofrece como destellos fugaces. Sin embargo, cuanto más observaba el movimiento del mundo, más evidente se volvía una paradoja inquietante: muchas personas parecen tenerlo todo y, aun así, continúan sintiendo un vacío imposible de nombrar.

    Entonces recordé una frase que resonó en mí como una campana lejana:

    "El hombre no puede vivir sin placer; por tanto, cuando es deprivado del verdadero placer espiritual, es necesario que se vuelva adicto a los placeres carnales."

    Estas palabras no hablan de condena ni de juicio. Hablan de una ausencia.

    Porque el alma, al igual que el cuerpo, necesita alimento.

    Cuando olvidamos nuestra naturaleza profunda, comenzamos a buscar sustitutos. Intentamos llenar espacios interiores con ruido, consumo, distracciones, reconocimiento o posesiones. Y aunque cada uno de esos elementos puede producir satisfacción momentánea, ninguno logra permanecer. Son como gotas de lluvia cayendo sobre una tierra sedienta que anhela un océano.

    Quizás el misterio más grande de nuestra existencia sea que aquello que buscamos desesperadamente fuera de nosotros ha estado siempre aguardándonos en nuestro interior.

    No es una afirmación sencilla de comprender.

    Vivimos orientados hacia el exterior. Aprendemos a observar el mundo, a perseguir objetivos, a acumular experiencias. Pero rara vez nos enseñan a descender hacia nosotros mismos. Pocas veces alguien nos habla del viaje interior con la misma pasión con la que se habla de los viajes por continentes lejanos.

    Sin embargo, existe un universo entero habitando detrás de nuestros pensamientos.

    Un territorio silencioso.

    Un santuario invisible.

    Un espacio donde las respuestas no llegan en forma de palabras, sino de comprensión.

    He llegado a pensar que muchas de nuestras inquietudes nacen precisamente de la desconexión con ese lugar sagrado. Cuando el espíritu pierde contacto con su fuente, comienza a experimentar una especie de nostalgia sin objeto. Una melancolía extraña que busca explicación en circunstancias externas cuando en realidad proviene de una separación interior.

    Es entonces cuando aparecen los espejismos.

    Creemos que la próxima adquisición nos hará felices.

    Creemos que la próxima relación resolverá nuestras carencias.

    Creemos que el próximo reconocimiento llenará el vacío.

    Pero cada meta alcanzada genera otra nueva. Cada satisfacción desaparece tan rápido como llegó.

    Y así seguimos caminando, persiguiendo horizontes que se alejan a medida que avanzamos.

    Lo curioso es que el alma nunca participa de esa carrera.

    Ella permanece inmóvil.

    Esperando.

    Observando.

    Como una antigua lámpara encendida en medio de una casa abandonada.

    Hay momentos extraordinarios en los que logramos percibir su presencia. A veces ocurre durante la contemplación de un amanecer. Otras veces en medio de una melodía que parece atravesar nuestras defensas emocionales. También sucede en la quietud de una oración, en la profundidad de una meditación o simplemente en esos instantes en los que dejamos de correr y comenzamos a escuchar.

    Entonces algo cambia.

    No porque el mundo exterior se transforme, sino porque nuestra percepción se vuelve más clara.

    Descubrimos que la paz no era una recompensa futura.

    Era una presencia olvidada.

    Descubrimos que la felicidad no dependía completamente de las circunstancias.

    Era una corriente silenciosa fluyendo debajo de ellas.

    Y descubrimos que el placer espiritual posee una naturaleza diferente a cualquier otro placer.

    No produce dependencia.

    No exige repetición.

    No genera ansiedad.

    Simplemente expande la conciencia.

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  3. Es como contemplar el cielo nocturno y comprender, por un instante, que formamos parte de algo inmensamente mayor que nuestras preocupaciones cotidianas.

    Más allá de las apariencias, creo que todos los seres humanos estamos buscando exactamente lo mismo: regresar a nuestra esencia.

    Algunos lo buscan a través del conocimiento.

    Otros mediante el arte.

    Muchos mediante el amor.

    Y otros a través del silencio.

    Los caminos son innumerables, pero el destino parece ser uno solo.

    Volver a casa.

    No a una casa física.

    Sino a ese espacio interior donde dejamos de sentirnos fragmentados.

    Donde la mente deja de luchar.

    Donde el corazón deja de mendigar.

    Donde el espíritu recuerda quién es.

    Tal vez por eso los grandes maestros de todas las épocas insistieron en la importancia de conocerse a uno mismo. No porque el autoconocimiento sea un ejercicio intelectual, sino porque es una puerta.

    Una puerta hacia una dimensión más profunda de la existencia.

    Una dimensión donde el placer deja de ser una búsqueda desesperada y se convierte en una consecuencia natural de estar alineados con nuestra verdadera naturaleza.

    Y cuando eso sucede, comprendemos algo que siempre estuvo frente a nosotros.

    La felicidad que perseguíamos no estaba escondida en el futuro.

    Estaba aguardando pacientemente en el centro mismo de nuestro ser, como una estrella silenciosa cuya luz jamás dejó de brillar, incluso durante las noches más oscuras del alma.

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