Paul Schwartz - Café Del Mar: Aria (1999)

“Aria” es una cuidada combinación de música chill-out con reinterpretaciones de arias pertenecientes a diversas óperas. El concepto Café del Mar nació a partir del famoso “bar de la puesta del sol” en la isla mediterránea de Ibiza, donde la música relajante acompañaba el paisaje. Café del Mar Aria es producido por Paul Schwartz, quien, junto a la voz de Rebecca Luker, ha creado algo verdaderamente especial al incorporar elementos de música electrónica y jazz detrás de algunos de los mayores éxitos operísticos. Así, los ritmos del mundo dialogan con algunas de las melodías más célebres jamás escritas. Aunque Malcolm MacLaren inició esta línea en los años ochenta, aquí se ofrece una propuesta más suave, refinada y envolvente de la ópera como un punto de partida ideal para el placer auditivo.

 

Paul Schwartz - Cafe Del Mar, Aria (1999)

01. Willow
02. Un Bel Di
03. Secret Tear
04. Dido
05. Pace Pace
06. Pamina Blue
07. Habanera
08. Home

Duración total: 51:27 min.

Comentarios

  1. Cuando abandonamos nuestros ideales, nuestros principios y nuestros valores, y dejamos de confiar en que la gente es buena y que el mundo en el que vivimos puede cambiar perdemos la la fe y esperanza. Nos estamos rindiendo.

    Y no debe ser asi, ya que cada uno de nosotros es capaz de aportar un poco de sentido común y de cambiar las situaciones más difíciles.

    Cuando perdemos la esperanza, dejamos de perseverar y nos abandonamos a cualquier resultado, nos estamos rindiendo.

    Muchas son las situaciones que cada día nos ponen a prueba, y frente a ellas, la decisión de reaccionar de diferente manera.

    El presente y el futuro de la humanidad depende de las pequeñas o grandes decisiones personales, ya que la fuente de todo comienza allí, en la conciencia y el corazón de cada uno de nosotros.

    A no rendirse.
    Nuestra vida es muy bella para dejarla en manos de cualquiera.

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  2. “La mañana en que el viento me habló”

    Despierto antes de que el sol termine de asomarse detrás de los cerros azulados. En Aluminé, la primavera no llega de golpe; se desliza suavemente, como si el tiempo mismo aprendiera a caminar con respeto sobre esta tierra de lagos fríos, de montes pacientes y de historias que respiran en cada rincón. Hoy, la luz temprana cae oblicua sobre los coihues, que parecieran inclinarse para recibirla, y un olor a hierba tibia anuncia que el día tendrá ese brillo particular que sólo se ve aquí, en estos mediados de noviembre donde todo renace sin pedir permiso.

    Camino hacia el río y escucho cómo la corriente murmura algo antiguo, algo que no logro descifrar del todo. Quizás es mi propio espíritu buscando palabras. En esta soledad acompañada, uno entiende cuán frágiles y a la vez cuán valiosos son los pensamientos que sostienen nuestra vida diaria. Hay días en que uno siente que el mundo se vuelve pesado, que las noticias, los gestos ajenos o las propias dudas parecen comerse la fe desde adentro. Pero entonces aparezco yo, un habitante más de este valle, tratando de recordar que rendirse es olvidar que alguna vez fuimos capaces de creer en lo imposible.

    En Aluminé aprendí que nada crece sin persistencia. Que un brote se abre paso aunque la nieve haya sido dura. Que el agua fría no deja de correr, aun cuando encuentra piedras, porque entiende que la manera de avanzar no siempre es enfrentarlo todo de frente: a veces es rodear, a veces es esperar, y a veces es simplemente confiar.

    Me detengo frente al reflejo del sol temblando en el río. Me pregunto cuántas veces he sentido que el cansancio venía a instalarse en mis pasos, cuántas veces pensé en renunciar a mis propios principios por comodidad, por miedo o por sentir que el mundo ya no escuchaba. Pero entonces vuelvo a este instante. A esta mañana que huele a renacimiento. Y la respuesta aparece clara como el agua: cuando dejamos de creer que la gente es buena y que el mundo puede cambiar, no estamos describiendo la realidad… estamos renunciando a nuestra capacidad de transformarla.

    Aquí, donde la cultura mapuche guarda su sabiduría como fuego lento, aprendí que el küme mongen —el buen vivir— no es una idea abstracta. Es una práctica. Es elegir a diario. Es recordar que mi intención, por pequeña que sea, influye en algo más grande que yo. Que el presente y el futuro se escriben en cada gesto, en cada palabra que damos o negamos, en cada elección de escuchar en vez de juzgar.

    Y mientras los rayos del sol siguen despertando al paisaje, comprendo que la esperanza no es un brillo ingenuo ni una promesa vacía. La esperanza es una disciplina del alma. Se entrena cada vez que decidimos no entregarnos al desánimo. Nace de la conciencia, del corazón, y de esa certeza íntima de que incluso en los días más difíciles podemos actuar de forma distinta, ofrecer un poco de sentido común, un poco de calma, un poco de luz.

    La vida —lo aprendí caminando estos senderos— es demasiado bella para dejarla en manos de cualquiera, incluso de nuestras propias sombras internas. No nacimos para rendirnos. Nacimos para buscar. Para probar. Para equivocarnos con dignidad y levantarnos con curiosidad. Para dejar una huella que no siempre será grande, pero sí será auténtica.

    Mientras regreso a casa, el viento me habla una vez más. No con palabras, sino con esa caricia que invita a abrir el pecho. Lo entiendo, al fin. Me dice que siga. Que siga creyendo. Que siga eligiendo. Que cada mañana, incluso aquellas que parecen sin color, lleva escondida la posibilidad de volver a empezar.

    Y entonces sonrío. Porque descubro que la fe y la esperanza no se pierden: sólo se olvidan. Y cada amanecer —como este de primavera— está ahí para recordárnoslas.

    A no rendirse.
    La vida sigue siendo luminosa.
    Sigue siendo nuestra.

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