"Times and Dreams", del compositor y pianista Gary Schmidt, se erige como una obra introspectiva que celebra una década de trayectoria artística con una propuesta centrada en el bienestar emocional. A través de un estilo que el autor denomina "música para el recentramiento", el álbum ofrece un refugio donde el piano minimalista se entrelaza armoniosamente con las texturas profundas del violonchelo. La narrativa musical explora la experiencia humana universal, transitando desde piezas originales de carácter hipnótico inspiradas en la poesía sufí hasta arreglos de fuentes clásicas que aportan una elegancia atemporal. Con una atmósfera sosegada y contemplativa, Schmidt logra transformar el sonido en un bálsamo meditativo que invita a la calma y a la regeneración espiritual.
Gary Schmidt - Times And Dreams (2026)
01. Times And Dreams
02. Rumis Truth
03. In Paradisum after Faure
04. Dance In The Shadows
05. Amber Horizons
06. De La Croissy after Couperin
07. Peace Prayer
Duración total: 19:45 min.
01. Times And Dreams
02. Rumis Truth
03. In Paradisum after Faure
04. Dance In The Shadows
05. Amber Horizons
06. De La Croissy after Couperin
07. Peace Prayer
Duración total: 19:45 min.
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🌀 “Aluminé y los Susurros de los Antepasados”
ResponderEliminarDesde Aluminé, con sus lagos que reflejan el cielo como espejos de cristal, sostenía entre mis manos un pequeño talismán tibetano que alguien me obsequió con una sonrisa que parecía guardar secretos del tiempo. “Échate a volar, y te crecerán alas”, resonaba en mi mente, mientras mis pasos se acercaban al bosque donde se dice que los antiguos espíritus conversan en el murmullo del viento.
No fue un viaje ordinario. Caminé por senderos que parecían dibujados por la memoria de la tierra, y sentí cómo el aire comenzaba a vibrar con un latido que no era mío. Era un portal invisible, un umbral hacia la caverna que Lobsang Rampa describía como morada de las sombras iluminadas: la Caverna de los Antepasados. Cada piedra, cada grieta parecía susurrar historias de aquellos que aprendieron a escuchar la voz de su propia alma antes de abandonar el cuerpo.
Al ingresar, el aroma a incienso tibetano me envolvió, mezclado con la fragancia húmeda de la tierra patagónica. Allí estaba el monje, sentado sobre un tapiz gastado por siglos de meditación, con sus manos cruzadas y los ojos cerrados, pero abiertos al infinito. No necesitó palabras; su presencia era un lenguaje silencioso que hablaba de humildad, paciencia y reverencia. En su geografía interior habitaban las montañas del Tíbet y los valles del sur argentino, y yo me sentí suspendido entre ambos mundos.
“Para ver más allá del crepúsculo”, parecía decir, “debes dejar que tus raíces se mezclen con el viento y tus pensamientos se disuelvan como nubes en la aurora”. Cada tradición que él mantenía viva —desde el canto de mantras hasta la danza con la luz de las velas— era un hilo que conectaba lo tangible con lo intangible. Me enseñó que los ritos no son solo gestos, sino mapas del alma que nos permiten viajar sin movernos, explorar sin buscar.
Tomé el talismán entre mis manos y, al cerrar los ojos, sentí cómo la caverna se expandía más allá de la roca y la sombra. Era un eco del universo dentro de mí, un diálogo silencioso con los ancestros que me invitaban a comprender que el tiempo no es lineal, sino un tejido donde pasado, presente y futuro se entrelazan en un único instante.
Recordé la frase de Bach, y comprendí su verdad profunda: no se trata de volar con alas físicas, sino con el espíritu. Cada pensamiento elevado, cada gesto de amor, cada instante de entrega consciente, eran alas invisibles que me permitían atravesar cualquier portal, cualquier geografía, cualquier tradición sin perderme en la ilusión de la distancia.
Al salir de la caverna, el atardecer pintaba el lago de Aluminé con tonos que ninguna paleta humana podría reproducir. Sentí que el monje me seguía en silencio, que sus enseñanzas flotaban como bruma sobre el agua, recordándome que todo viaje espiritual es, en realidad, un regreso a casa: al corazón que sabe escuchar, al alma que sabe reconocer su propia luz.
Y comprendí, finalmente, que los antepasados no habitan solo en cavernas o libros sagrados. Viven en cada gesto de asombro, en cada mirada que se atreve a atravesar el velo de lo cotidiano. Viven en nosotros, y nos llaman a volar, no para escapar, sino para descubrir que siempre tuvimos alas.
🕯️ “El Talismán y la Voz en la Caverna”
ResponderEliminarDesde Aluminé partí sin saber exactamente qué buscaba, pero con la certeza de que algo me estaba llamando. El talismán tibetano descansaba en mi pecho, latiendo como si tuviera vida propia. “Échate a volar, y te crecerán alas”, repetía en silencio, como un mantra heredado de otro tiempo.
Cuando el portal se abrió —sin ruido, sin aviso— supe que ya no estaba caminando en el mismo mundo.
La caverna respiraba.
Y allí estaba él.
—Te has demorado —dijo Lobsang Rampa sin abrir los ojos.
—No sabía el camino —respondí, sintiendo que mis palabras eran torpes frente a su calma.
—El camino nunca se sabe. Se recuerda.
El silencio que siguió no fue vacío, sino lleno de significados que apenas podía rozar. Me senté frente a él, imitando su postura, intentando aquietar el torbellino de pensamientos.
—Este lugar… —murmuré— ¿es real?
—¿Lo es Aluminé? —replicó suavemente— ¿Lo es tu cuerpo? La realidad es solo el acuerdo que haces con lo que percibes.
Sentí un leve vértigo, como si mis certezas se disolvieran en el aire frío de la caverna.
—Entonces… ¿la Caverna de los Antepasados vive dentro de mí?
—No dentro —corrigió—. A través de ti.
El talismán comenzó a calentarse. Lo tomé entre mis manos.
—Me lo dieron sin explicación… como si supieran que iba a llegar aquí.
—Nada llega sin ser llamado —dijo—. Tú lo pediste mucho antes de saberlo.
—¿Y ahora qué hago con esto?
Rampa sonrió levemente.
—Escucha.
—¿A quién?
—A aquello que no hace ruido.
Cerré los ojos. Al principio solo encontré oscuridad, pero luego… un murmullo. Voces antiguas, como ecos de vidas que no recordaba haber vivido.
—Son los antepasados —susurré.
—Son tus posibilidades —respondió él.
Abrí los ojos, confundido.
—No lo entiendo.
—Porque quieres entender con la mente —dijo—. Pero este viaje no es mental. Es vibracional.
El incienso dibujaba formas en el aire, como símbolos que desaparecían antes de ser comprendidos.
—Tengo miedo de perderme —admití.
—Solo se pierde quien se aferra a un lugar —respondió—. Tú estás aprendiendo a volar.
La frase de Richard Bach volvió a mí como un relámpago interior.
—¿Y si no tengo alas?
Rampa abrió los ojos por primera vez. No eran ojos comunes: eran profundidad, eran cielo, eran abismo.
—Entonces caerás… hasta darte cuenta de que nunca hubo suelo.
Sentí que algo en mí se quebraba… o quizás se abría.
—¿Este es el propósito? —pregunté— ¿Despertar?
—No —dijo con serenidad—. Recordar que nunca estuviste dormido.
El tiempo dejó de existir. No sé cuánto permanecimos en silencio, pero ya no me incomodaba. Era un silencio vivo, como si el universo respirara a través de nosotros.
—Cuando regreses —continuó—, no intentes explicar esto.
—¿Por qué?
—Porque lo convertirás en algo pequeño.
—¿Entonces qué hago?
—Vívelo. Escríbelo. Vibra en ello.
Miré el talismán una vez más.
—¿Volveré a este lugar?
Rampa cerró los ojos nuevamente.
—Nunca te irás.
Cuando salí de la caverna, el crepúsculo cubría Aluminé con una luz suave, casi irreal. Pero algo había cambiado: ya no buscaba respuestas afuera.
El viento rozó mi rostro como una caricia ancestral.
Y entonces lo entendí.
No había atravesado un portal.
El portal me había atravesado a mí.
Y en ese instante, sin esfuerzo, sin miedo…
sentí que algo invisible se desplegaba dentro de mí.
Alas.