Nightnoise - Shadow of Time (1993)

“Shadow of Time” de Nightnoise es una obra envolvente que refleja la fusión distintiva de estilos que caracterizó al grupo: tradición celta, influencias de música de cámara y un toque etéreo propio del new age. Grabado por el cuarteto en el que la flauta, el violín, la guitarra y los teclados se entrelazan con delicadeza, el disco despliega melodías que transitan entre momentos introspectivos y atmósferas luminosas, mostrando la cohesión y sensibilidad de los músicos. El sonido es más orgánico y arraigado en la tradición que en trabajos anteriores, con menos énfasis en los sintetizadores y una presencia más marcada de la esencia irlandesa. Este equilibrio entre lo ancestral y lo moderno hace que el álbum se sienta a la vez íntimo y expansivo, un viaje que invita a la conexión emocional profunda.

Nightnoise - Shadow of Time (1993)

01. One Little Nephew
02. The March Air
03. Shadow Of Time
04. Silky Flanks
05. Water Falls
06. Fionghuala (Mouth Music)
07. Night In That Land
08. This Just In
09. For You
10. Sauvie Island
11. The Rose Of Iralee
12. Three Little Nieces

Duración total: 45:32 min.

Comentarios

  1. 🌌 Fragmento de infinito bajo el cielo de Aluminé

    Esta noche, en Aluminé, el silencio respira. La brisa que baja desde la cordillera acaricia los coihues y se desliza como un susurro antiguo entre las casas dormidas. Miro hacia arriba y el cielo patagónico se abre inmenso, tachonado de estrellas que parecen latir con una paciencia milenaria. En noches así, mediados de febrero cuando el verano empieza a volverse memoria, comprendo con una claridad serena la frase de Ralph Waldo Emerson: “El ser humano es un pedazo del universo hecho vida”.

    No es una metáfora bonita. Es una verdad que se siente en la piel.

    Aquí, donde el río Aluminé canta incluso en la oscuridad y los volcanes dibujan siluetas sagradas contra el horizonte, uno percibe que no está separado de nada. Somos polvo de estrellas que aprendió a contemplarse. Somos agua antigua que tomó forma humana para escuchar su propio murmullo. Cada latido es un eco del pulso cósmico; cada pensamiento, una chispa que alguna vez fue fuego primordial.

    Mientras las constelaciones giran silenciosas sobre mi techo, siento que mi historia personal —mis dudas, mis búsquedas, mis anhelos— es apenas una hebra en el tejido infinito del universo. Y, sin embargo, esa hebra es necesaria. El cosmos no estaría completo sin este instante exacto en que respiro, sin esta conciencia que se sabe diminuta y a la vez ilimitada.

    Vivir en la Patagonia es aprender humildad. Las montañas no se inmutan ante nuestras urgencias; el viento no se detiene por nuestras certezas. Aquí uno descubre que la grandeza no está en dominar la naturaleza, sino en reconocerse parte de ella. Cuando Emerson habla de ese “pedazo del universo”, imagino una astilla luminosa desprendida del todo, no para alejarse, sino para experimentar la aventura de sentirse individual.

    Tal vez el misterio de la existencia consista en recordar lo que nunca dejamos de ser. Bajo esta noche estrellada, percibo que cada estrella es un espejo distante. Me observo en ellas y ellas parecen observarme. ¿Quién contempla a quién? ¿Es mi mirada la que viaja años luz o es la luz antigua la que viaja hasta mi interior?

    Hay algo profundamente sanador en saberse fragmento. Nos libera del peso de creernos el centro y, al mismo tiempo, nos rescata del miedo a ser insignificantes. Si soy universo hecho vida, entonces cada gesto importa. Cada palabra puede ser semilla. Cada silencio puede ser portal.

    En el blog MusiK EnigmatiK, donde el espíritu viaja más allá del crepúsculo, esta noche se convierte en melodía invisible. No necesito instrumentos: el crujido de las ramas, el murmullo del río y el latido en mi pecho componen una sinfonía secreta. Es la música del origen recordándose a sí misma.

    Quizás la verdadera espiritualidad no consista en elevarse lejos de la Tierra, sino en enraizarse profundamente en ella. Sentir el suelo frío bajo los pies y, al mismo tiempo, saberse tejido de estrellas. Ser puente entre lo visible y lo insondable.

    Cierro los ojos. El universo no está allá arriba: respira aquí, en este cuerpo que tiembla levemente bajo la inmensidad. Y en esta noche clara de Aluminé, comprendo que no estoy mirando el cielo. Estoy regresando a casa.

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