Medwyn Goodall - Emergence (1987)

El álbum “Emergence” de Medwyn Goodall es la obra que marcó el inicio de la prolífica carrera del compositor inglés, adelantando muchos de los elementos que luego definirían su sonido dentro del género new age/ambient. Desde sus suaves paisajes sonoros hasta sus melodías envolventes, el disco transmite una sensación de calma y contemplación, evocando paisajes naturales y atmósferas serenas que invitan a la introspección y la relajación. Las composiciones, construidas con texturas delicadas y armonías fluidas, reflejan la capacidad de Goodall para crear ambientes musicales que tranquilizan y elevan el ánimo. “Emergence” se percibe como una puerta de entrada a un viaje introspectivo, ideal para quienes buscan música instrumental que inspire tranquilidad y conexión con la naturaleza.

Medwyn Goodall - Emergence (1987)

01. Misty Morning Water
02. Sea Of Clouds
03. Driftwood
04. Sail Away
05. Man On A Mountain
06. Lonely Caverns
07. Tideline
08. Lovers Lullaby

Duración total: 40:44 min.

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  1. 🌧️ Bajo la lluvia, el llamado a ser más

    Amanece en Aluminé con esa lluvia mansa que parece caer desde adentro del cielo. No es tormenta ni diluvio, sino un susurro persistente que envuelve los cerros y desdibuja el contorno de los pinares. A finales de febrero, cuando el verano empieza a despedirse en la Patagonia, el aire trae una nostalgia anticipada, como si la tierra misma estuviera reflexionando sobre lo que fue y lo que aún puede ser.

    Mientras observo el humo tibio del mate elevarse en espirales inciertas, vuelve a mí la frase de Thomas Merton: “La mayor tentación del ser humano es conformarse con menos de lo que se es capaz”. Y siento que no habla de ambición mundana, ni de éxitos medibles, sino de algo más hondo y más inquietante: la tentación de no desplegar el alma completa.

    Aquí, donde el río Aluminé murmura historias antiguas y los cóndores trazan círculos invisibles sobre las cumbres, la naturaleza no se conforma. El bosque no decide crecer solo hasta la mitad de su altura posible. El agua no fluye a medias. El viento no sopla con vergüenza. Todo en esta geografía extrema parece recordarme que la vida está hecha para expandirse, no para reducirse por miedo.

    ¿Y cuántas veces, sin embargo, elegimos el repliegue? Nos acomodamos en versiones pequeñas de nosotros mismos para evitar el vértigo de nuestra propia grandeza. Decimos “es suficiente” cuando en realidad queremos decir “tengo miedo”. Miedo a fracasar, a destacar, a romper moldes heredados, a caminar senderos que no tienen huellas previas.

    La lluvia golpea el techo con suavidad, como si marcara el ritmo de un pensamiento más vasto. Pienso que conformarse con menos no siempre se ve como derrota. A veces se disfraza de prudencia, de humildad mal entendida, de resignación elegante. Nos convencemos de que no estamos hechos para tanto, de que soñar más alto es arrogante, de que aspirar a lo pleno es ingenuo.

    Pero el espíritu —ese viajero incansable que inspira cada entrada de MusiK EnigmatiK— no conoce esa tibieza. El espíritu es desmesurado por naturaleza. Quiere atravesar el crepúsculo, internarse en los bosques de lo desconocido, escuchar la música que vibra más allá de lo evidente. Cuando lo silenciamos, algo en nosotros se marchita lentamente, como un jardín que recibe menos agua de la que necesita.

    Tal vez la mayor renuncia no sea a los logros externos, sino a la intensidad interior. Conformarse con menos es apagar preguntas profundas para mantener una paz superficial. Es dejar de explorar la propia sombra por temor a lo que pueda revelarnos. Es elegir una vida correcta en lugar de una vida verdadera.

    En esta mañana gris, rodeado de montañas que emergen y desaparecen entre la bruma, comprendo que la capacidad de cada ser humano no es solo talento o habilidad. Es amplitud de conciencia. Es compasión que puede crecer hasta abarcar lo impensado. Es creatividad que puede transformar el dolor en canto. Es coraje para sostener la propia luz sin pedir permiso.

    La Patagonia me ha enseñado que lo inmenso no necesita estridencia. Las cumbres no gritan su altura; simplemente están. Quizás desplegar lo que somos no implique ruido ni espectáculo, sino coherencia. Ser más no es hacer más, sino ser más plenamente aquello que ya intuimos en silencio.

    La tentación de conformarnos seguirá susurrando, especialmente en días como hoy, cuando la lluvia invita al recogimiento y la comodidad del hogar parece suficiente. Pero hay un fuego sutil que arde incluso bajo el agua. Un llamado a no achicarnos. A no negociar nuestra profundidad.

    Que esta llovizna de febrero no sea solo agua que cae, sino bautismo renovado. Que cada gota recuerde que fuimos hechos para expandirnos más allá del miedo. Que no nos conformemos con menos de lo que somos capaces de amar, de crear, de perdonar, de soñar.

    Porque más allá del crepúsculo —allí donde la música del espíritu se vuelve inaudible para los distraídos— nos espera la versión más vasta de nosotros mismos. Y la vida, como este paisaje húmedo y palpitante, nos invita a habitarla sin reducción, sin excusas, sin medida.

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