Thomas Roth - Maskenball (2026)

"Maskenball" es un álbum del multi-instrumentista alemán Thomas Roth. El proyecto toma su título de la canción principal, que fue anticipada con un single y videoclip y que fusiona el sonido tradicional de la nyckelharpa con una producción contemporánea evocadora y rítmica. El disco recorre nueve temas como Le Grand Louis, Jerusalem, Tanz y Welsh Air, explorando un amplio espectro estilístico que va del folk medieval a arreglos más modernos, sin perder la riqueza expresiva del instrumento principal. "Maskenball" destaca por su mezcla de tradición y contemporaneidad: Roth no solo reivindica la nyckelharpa como vehículo de música viva, sino que la sitúa en diálogo con otras influencias y colaboradores, ofreciendo un viaje sonoro variado y lleno de matices emocionales.

 

Thomas Roth - Maskenball (2026)

01. Le Grand Louis
02. Maskenball
03. Jerusalem
04. Tanz
05. Welsh Air
06. Der Mann aus Halle
07. Swedish Pictures
08. Seasick Sailor
09. Ingredients

Duración total: 44:25 min.

Comentarios

  1. 🌊 Máscaras al sol: la felicidad como legado invisible

    Amanece lento en Aguas Verdes. El mar respira con una cadencia que no pide permiso, y el viento trae sal, pinos y una nostalgia suave, como si el verano supiera que es intenso precisamente porque no dura. Camino descalzo por la arena todavía fresca, y pienso que este lugar es una especie de santuario sin paredes. Aquí, donde nadie exige nada, las preguntas más hondas aparecen solas.

    Bajo el sol oblicuo de la mañana, la frase de Thich Nhat Hanh se desliza como una ola mansa: “La herencia más preciosa que los padres pueden dejar a sus hijos es su propia felicidad.” No habla de bienes, ni de nombres, ni de historias que pesan como cofres cerrados. Habla de algo invisible, casi impronunciable. De un estado del alma que no se enseña, pero se contagia.

    En Aguas Verdes nadie parece estar apurado. Las casas bajas miran al mar como si meditaran. Pienso en las máscaras que usamos durante el año —en la ciudad, en el trabajo, incluso en la familia— y en cómo el verano las afloja. Tal vez por eso este texto encuentra su lugar natural en Maskenball. Un baile de máscaras no es solo ocultamiento: también es revelación. Porque uno elige qué máscara ponerse, y en esa elección se filtra la verdad.

    ¿Qué máscara lleva un padre o una madre cuando cree estar “haciendo lo correcto”? ¿La del sacrificio permanente? ¿La del deber sin gozo? A veces pensamos que amar es aguantar, y que educar es renunciar. Pero el zen de Thich Nhat Hanh susurra otra cosa: la felicidad no es un premio tardío, es una práctica presente. Y cuando alguien vive en paz consigo mismo, ese estado se vuelve herencia silenciosa.

    Miro a una familia pasar. Un niño corre hacia el agua, se detiene, vuelve riendo. Sus padres no lo apuran, no lo llaman con miedo. Solo están ahí, disponibles, enteros. No sé nada de sus vidas, pero algo se transmite sin palabras: una confianza básica en estar vivos. Eso, pienso, es un legado más fuerte que cualquier advertencia.

    El mar argentino no es tropical, pero tiene una profundidad honesta. No seduce con turquesas irreales; enseña con grises, verdes oscuros, espumas irregulares. Así también la felicidad auténtica: no es euforia constante, sino coherencia. Es la tranquilidad de no estar peleado con lo que uno es. Y cuando un hijo ve eso —cuando lo respira en la forma de caminar, de escuchar, de pedir perdón— aprende sin que nadie le explique.

    En Maskenball hay una tensión constante entre lo que se muestra y lo que se oculta. Escuchándolo acá, con el rumor del Atlántico de fondo, siento que la música también pregunta: ¿quién sos cuando nadie te mira? ¿Qué queda cuando te sacás el traje, el rol, el mandato? Tal vez la felicidad de la que habla Thich Nhat Hanh no sea una emoción, sino una transparencia. Vivir sin demasiadas capas innecesarias.

    Recuerdo a mis propios padres, con sus luces y sus sombras. No heredé fortunas ni certezas absolutas. Pero heredé gestos. La forma de sentarse a mirar el horizonte. El silencio compartido sin incomodidad. El permiso implícito para buscar mi propio ritmo. Ahora entiendo: esas pequeñas escenas eran semillas de felicidad, plantadas sin discurso.

    En Aguas Verdes, lejos del ruido, la pregunta vuelve con más nitidez: ¿qué estoy legando yo, incluso sin hijos? Porque todos dejamos algo. En los vínculos, en la música que compartimos, en la manera de estar presentes. Nuestra paz —o nuestra guerra interna— se filtra como humedad en las paredes ajenas.

    Quizás por eso esta reflexión pertenece a MusiK EnigmatiK: porque la música, como la felicidad auténtica, no se posee. Se habita. Se atraviesa. Y en ese tránsito, algo de nosotros queda vibrando en otros.

    El sol ya está alto. La arena quema un poco. Me pongo las zapatillas, como quien vuelve a colocarse una máscara necesaria. Pero algo quedó acomodado adentro. Si la herencia más preciosa es la felicidad, entonces el verdadero trabajo no es enseñar, sino vivir. Vivir con presencia. Con honestidad. Con una alegría humilde, capaz de bailar incluso en un baile de máscaras.

    Y tal vez, solo tal vez, eso alcance.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario