Rumillajta - Ayni (1988)

Rumillajta es un grupo musical boliviano que se formó en 1979, siendo uno de los precursores más importantes de la música andina. El nombre de Rumillajta significa "ciudad de piedra" en idioma quechua. Los integrantes viven en Bolivia, activamente enraizados en su cultura. Cada año organizan giras internacionales llevando su música desde los Andes hasta lejanos escenarios de todo el mundo. El grupo se ha presentado en grandes festivales de folklore y música del mundo, realizando giras en teatros de prestigio internacional. La música de Rumillajta es básicamente instrumental, sin embargo. también emplean el canto, tanto en quechua como español, en versos de profundos mensajes acerca de temas como la naturaleza, la explotación extranjera y los derechos de los indígenas.

 

Rumillajta - Ayni (1988)

01. Karallanta
02. Puerta del Sol
03. Recuerdos del Charango
04. Canto al Trabajador
05. Linda Potosina
06. Wiracocha
07. Lágrimas del Kusillo
08. Despedida
09. Cueca del Pañuelo
10. Curti Punchu

Duración total: 41:14 min.

Comentarios

  1. Tal vez amar es aprender a caminar por este mundo. —Octavio Paz

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  2. Muchas gracias por la música

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  3. ¡Totalmente de acuerdo! Este álbum de Rumillajta es una joya. Gracias, también esta música mantiene viva la riqueza cultural andina. 🌄🎶

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  4. 🦅 El latido blanco del Pewen
    Segunda Parte
    Capítulo 7
    Donde el bosque recuerda

    Dos días después de la nevada, el cielo amaneció limpio. El viento del oeste había barrido las nubes durante la noche y el valle respiraba una claridad que sólo existe después de los grandes fríos. Los pehuenes aparecían cubiertos de nieve en sus ramas más altas, mientras sus troncos oscuros parecían emerger directamente de la montaña.

    Aquella mañana no fui al río. Algo me invitó a caminar hacia el bosque. No tenía un destino preciso. Con el tiempo había descubierto que los mejores caminos eran aquellos que uno no recorría para llegar a algún lugar, sino para dejar que el lugar llegara a uno.

    El sendero ascendía lentamente entre pehuenes, ñires y algunos coihues que resistían el invierno con una dignidad silenciosa. La nieve amortiguaba todos los sonidos. Sólo se escuchaban el crujido de mis pasos y el golpeteo lejano de un carpintero negro trabajando sobre un tronco seco.

    Me detuve. Durante años había creído que el silencio era la ausencia de ruido. Ahora comenzaba a descubrir que el silencio era una forma distinta de escuchar.

    Seguí caminando hasta encontrar un claro. Desde allí podía verse gran parte del valle. El río Aluminé brillaba entre los árboles como una cinta de plata.

    Mientras contemplaba el paisaje, escuché voces. No estaban lejos. Venían del otro lado del bosque. Avancé con cuidado, procurando no interrumpir.

    Al acercarme distinguí a varias personas reunidas junto a un grupo de pehuenes. Había hombres, mujeres, niños y dos ancianos. Algunos recogían ramas caídas. Otros acomodaban bolsas de arpillera. Los niños juntaban piñones que habían permanecido protegidos bajo la nieve.

    No era una escena extraordinaria. Precisamente por eso era hermosa. Todo ocurría con una naturalidad antigua.

    Uno de los hombres me vio. Levantó la mano saludando.

    —Buen día.

    Respondí el saludo y pregunté si podía acercarme.

    —Claro. Siempre hay lugar para quien viene con respeto.

    Aquella respuesta me alivió. No quería irrumpir donde no correspondía.

    Me acerqué despacio. Una mujer acomodaba cuidadosamente los piñones dentro de un canasto. No elegía los más grandes. Tampoco los más pequeños. Simplemente observaba cada uno antes de guardarlo.

    Le pregunté si aquella recolección era para el invierno.

    Sonrió.

    —Para este invierno… y para el que vendrá.

    Miré el canasto. Pensé en la ciudad. Allí casi todo se compraba para el día siguiente. Aquí cada gesto parecía conversar con las próximas estaciones.

    Un niño, de no más de diez años, me mostró un piñón.

    —Mire.

    Lo abrió con habilidad. Dentro apareció la semilla clara, tibia por el calor de sus manos.

    —Mi abuela dice que el pehuén alimenta despacio.

    No entendí del todo la frase. Él tampoco intentó explicarla. Guardó la semilla en el bolsillo y siguió trabajando.

    Uno de los ancianos se acercó caminando lentamente. Su rostro estaba surcado por arrugas profundas. No inspiraban cansancio. Inspiraban camino.

    Miró el bosque durante un largo momento antes de hablar.

    —Este lugar nos conoce desde antes de que naciéramos.

    No respondió a ninguna pregunta. Simplemente compartía un pensamiento mientras acomodaba unas ramas secas.

    Después agregó:

    —Cuando uno entra aquí, conviene hacerlo agradeciendo.

    No porque el bosque necesite nuestras palabras.

    Porque nosotros necesitamos recordar dónde estamos.

    Aquellas frases no tenían el tono de una enseñanza. Eran tan sencillas como quien recuerda cerrar una tranquera después de pasar.

    Durante varias horas trabajé con ellos. Juntamos ramas caídas. Limpiamos un sendero cubierto por la nieve. Compartimos pan casero, mate y piñones asados junto a un pequeño fuego.

    Me llamó la atención que nadie arrancara ramas verdes. Toda la leña provenía de árboles caídos o de madera seca.

    Pregunté si era una costumbre.

    Una mujer respondió mientras acomodaba el fuego.

    —Primero miramos lo que el bosque ofrece.

    Después pensamos en lo que necesitamos.

    No al revés.

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  5. Aquella frase quedó resonando dentro de mí. ¿Cuántas veces había vivido exactamente al contrario? Primero mis deseos. Después el mundo. Quizá por eso tantas cosas terminaban rompiéndose.

    Antes de regresar al pueblo caminamos hasta un pehuén inmenso. Su tronco parecía sostener siglos enteros.

    Todos permanecieron unos instantes en silencio. Nadie abrazó el árbol. Nadie hizo un gesto solemne. Simplemente estuvieron allí. Presentes.

    Comprendí entonces algo que llevaba días intentando entender.

    El respeto no siempre necesita ceremonias. Muchas veces se expresa en la forma de caminar. En la manera de tomar sólo lo necesario. En devolver una piedra a su lugar. En cerrar una tranquera. En dejar limpio el sitio donde encendimos un fuego.

    Mientras descendía hacia el valle, el viento comenzó a soplar entre las ramas. Por primera vez no intenté interpretar aquel sonido. Lo recibí como se recibe la voz de un amigo cuya lengua todavía estamos aprendiendo.

    Al llegar al río encontré nuevamente al anciano. Parecía saber exactamente cuándo terminaría mi caminata.

    Me senté junto a él. No le conté lo ocurrido. Él tampoco preguntó.

    Después de un largo silencio dijo:

    —¿Aprendió algo hoy?

    Pensé durante varios minutos.

    Finalmente respondí:

    —Sí.

    Creo que el bosque no necesita que lo admire. Necesita que no olvide que yo también pertenezco a él.

    El anciano sonrió con una alegría apenas visible. Tomó un pequeño piñón que había caído junto al tronco. Lo sostuvo entre sus dedos.

    —Todo árbol empieza así.

    Lo observé. Era pequeño. Casi insignificante.

    —Y, sin embargo —continuó—, ya lleva dentro la forma del bosque.

    El sol comenzaba a esconderse detrás de la cordillera. Las sombras crecían lentamente sobre el agua.

    Miré el piñón una vez más. Pensé en mi propia vida. Quizá también nosotros nacemos llevando dentro algo mucho más grande de lo que alcanzamos a imaginar.

    Esa noche escribí en mi cuaderno antes de dormir:

    "La verdadera abundancia no consiste en tener mucho. Consiste en vivir de una manera que permita que el mundo siga siendo abundante para quienes vendrán después."

    Apagué la lámpara.

    Mientras el fuego consumía lentamente los últimos leños de la salamandra, comprendí que el bosque no me estaba enseñando solamente a contemplar.

    Me estaba enseñando una palabra que durante años había confundido con propiedad.

    La palabra era pertenencia.

    Y descubrí que pertenecer no significa poseer un lugar.

    Significa cuidar aquello que, por un breve instante de nuestra existencia, nos permite llamarlo hogar.

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