"Por los Senderos del Indio" es el segundo álbum de estudio del conjunto folclórico Arak Pacha. Fue publicado inicialmente por el sello Alerce en 1987 en formato cassette. Tanto desde el punto de vista musical como discursivo, es uno de los trabajos más logrados del grupo Arak Pacha. Incluye clásicos como “Pachacamac – Socoroma”, “Paloma”, “Julián” y otros. Dice en el interior del álbum: "Por los senderos del indio empezamos a caminar un día, buscando nuestras raíces, y nos encontramos con abuelos negros, padres pampinos, familias Aymarás y toda la herencia del Imperio del Tahuentisuyo. De ahí nace nuestro canto, desde la tierra, desde el Norte, desde Arica, donde nace Arak Pacha que significa "con la fuerza del Sol".
Arak Pacha - Por los Senderos del Indio (1994)
01. Pachacamac - Socoroma
02. Paloma
03. Lluvia Sobre Timanchaca
04. El Pastor
05. Dolores
06. El Chasqui
07. Julián
08. Cantatierra
09. Volver
10. Totoral - A Rosa Guisa
11. Me Voy Me Voy
Duración total: 38:45 min.
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Cuando el ojo está limpio, el resultado es la visión. Cuando el corazón está limpio, el resultado es el amor. —Anthony de Mello.
ResponderEliminarMuchas gracias por la música
ResponderEliminar¡Gracias a vos por estar del otro lado! 🌌
ResponderEliminarLa música es un puente invisible que une almas en silencio…
Que esta melodía siga acompañándote más allá del crepúsculo.
🌀 Siempre adelante, viajero/a del espíritu…
🦅 El latido blanco del Pewen
ResponderEliminarSegunda Parte
Capítulo 9
El sendero de los que regresan
El invierno conoce una virtud que rara vez se menciona. Obliga a las personas a encontrarse. No porque todos deseen hacerlo, sino porque la nieve recuerda que nadie atraviesa solo una montaña.
Aquella mañana el cielo amaneció despejado y el aire tenía ese frío seco que hacía brillar cada rama como si estuviera cubierta de cristal.
Mientras cebaba el primer mate, alguien golpeó la puerta. Era Julián. Llevaba una expresión distinta. No era preocupación. Era atención.
—¿Puede acompañarnos?
—Claro.
—Anoche no volvieron unas chivas de un puesto más arriba del valle. Con esta nieve es mejor salir temprano.
Quince minutos después caminábamos cuatro personas siguiendo un sendero apenas visible. El sol comenzaba a iluminar las laderas, pero el bosque conservaba una penumbra azulada.
Cada tanto aparecían huellas. Julián se agachaba. Las observaba unos segundos. Seguía caminando.
Yo no distinguía casi nada. Para mí la nieve era una superficie blanca. Para ellos era un libro abierto.
Después de una hora encontramos las primeras señales. Pequeñas marcas junto a unos arbustos. Ramitas quebradas. Un poco de pelo atrapado en una corteza.
—Pasaron por acá —dijo uno de los hombres.
Seguimos ascendiendo. El bosque se volvió más espeso. Los pehuenes parecían custodiar el camino con la paciencia de quienes han visto pasar siglos de inviernos.
No hablábamos demasiado. El esfuerzo pedía respiración. No palabras.
En un claro descubrimos finalmente a los animales. Estaban agrupados bajo unas grandes rocas que las protegían del viento. No parecían asustados. Simplemente habían esperado.
Uno de los hombres soltó una risa tranquila.
—Ellas sabían dónde quedarse.
Nos acercamos despacio para no sobresaltarlas. Mientras ayudábamos a reunirlas, observé cómo cada persona se movía sin gritos, sin golpes, sin desesperación.
Los animales respondían a esa calma.
Pensé en cuántas veces había intentado resolver mis propios problemas aumentando la fuerza, cuando tal vez lo que faltaba era serenidad.
El regreso fue lento. Las chivas avanzaban sin prisa. Nadie parecía impacientarse.
El camino de vuelta siempre era más largo cuando uno acompañaba a quien caminaba más despacio. Y, sin embargo, nadie hablaba de perder tiempo.
Al llegar al valle nos esperaba una mujer de edad avanzada. Al ver aparecer el pequeño rebaño sonrió con alivio. No abrazó a nadie. No hizo grandes demostraciones. Simplemente acarició el lomo de la primera chiva que pasó junto a ella. Después nos miró.
—Gracias por traerlas.
Aquella frase tenía un peso difícil de explicar. No agradecía solamente el trabajo. Agradecía que alguien hubiera salido.
Comprendí entonces que ayudar nunca consiste únicamente en resolver un problema. Consiste en decirle a otro, con los hechos, que su preocupación también importa.
Por la tarde decidí caminar solo hasta el río. Necesitaba ordenar todo lo vivido durante la mañana. El agua bajaba más rápida que otros días. El deshielo comenzaba lentamente en las partes más bajas del valle.
Me senté sobre una piedra.
Pensé en Elena. Ya no con el sobresalto de los días anteriores. Su nombre había dejado de ser una herida abierta. Era más bien una puerta. Todavía cerrada. Pero ya no clausurada.
Saqué la fotografía de mi bolsillo. La observé con calma. Recordé el día en que fue tomada. Habíamos viajado sin rumbo fijo. Ella insistía en detenerse cada vez que veía un lago, un árbol extraño o una nube con forma de montaña. Yo siempre quería llegar. Ella siempre quería mirar.
Sonreí. No porque el recuerdo dejara de doler. Sino porque, por primera vez, el dolor venía acompañado de gratitud.
El viento pasó entre los pehuenes.
Levanté la vista. El anciano estaba del otro lado del río. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. No hizo señas. No cruzó. Simplemente permaneció de pie, observando la corriente.
Pensé en llamarlo. No lo hice. Comprendí que había encuentros que no necesitaban acortarse. El río también forma parte de las conversaciones.
Después de unos minutos levantó su bastón a modo de saludo. Respondí del mismo modo, alzando la mano. Fue suficiente.
ResponderEliminarCada uno siguió su camino.
Aquella noche el cielo se llenó de estrellas.
Salí unos minutos antes de dormir. El frío era intenso. Respiré profundamente. Miré hacia arriba.
Recordé algo que Elena solía decir cuando acampábamos.
"Las estrellas no sirven para contestar preguntas. Sirven para que recordemos lo pequeñas que son nuestras certezas."
No recordaba haber pensado en esa frase durante años. Sin embargo, volvió con una claridad absoluta. Me sorprendió descubrir que la memoria también tiene estaciones.
Hay recuerdos que florecen sólo cuando el corazón deja de defenderse de ellos.
Entré nuevamente en la casa. Abrí el cuaderno. Escribí despacio.
"Hoy comprendí que regresar no siempre significa volver a un lugar. A veces significa volver a la parte de nosotros que quedó esperando el día en que pudiéramos mirarla con ternura."
Cerré el cuaderno.
Antes de apagar la lámpara miré una vez más la fotografía. Ya no la guardé en la caja. La dejé sobre la mesa de luz. No como una despedida. Tampoco como un intento de aferrarme.
La dejé allí porque empezaba a sentir que Elena no necesitaba permanecer escondida para seguir acompañándome.
Y mientras el viento recorría el valle con la misma paciencia de siempre, comprendí que algunas ausencias dejan de ser un vacío.
Con el tiempo, si el corazón aprende a escucharlas, se convierten en una forma distinta de presencia.