Gran sonido instrumental que captura el alma de esta tierra. Los talentosos pianistas tocan música del Altiplano y los llanos con maestría. Sukay fue un grupo de música andina creado en 1975 por Quentin Howard Navía y Edmond Badoux y con la colaboración de Gonzalo Vargas y Javier Canelas. La mayor parte del tiempo han residido en EE. UU. por donde han hecho giras con el objeto de difundir la música andina por este país. En un principio realizaron un exhaustivo estudio de la música popular de los pueblos andinos, recorriendo así países como Perú, Bolivia, Ecuador y Norte de Argentina. Hasta que en 1978 graban en Canadá su primer LP: "Music of the Andes" donde recogen composiciones diversas de aquellos países. En 1999 graban el último disco del grupo "Andean Pan Pipes".
Sukay - Andean Pan Pipes (2008)
01. Intro-Recuerdos De Callawaya
02. Kolokolito
03. San Juanito
04. Condor Solitario
05. Recuerdos De Callawaya
06. La Partida
07. La Pastora
08. Nevando Esta
09. Surazo
10. Tarajchi
11. Luna De Cristal
12. Mama Criso
13. San Luis
14. Aleluya
Duración total: 44:29 min.
01. Intro-Recuerdos De Callawaya
02. Kolokolito
03. San Juanito
04. Condor Solitario
05. Recuerdos De Callawaya
06. La Partida
07. La Pastora
08. Nevando Esta
09. Surazo
10. Tarajchi
11. Luna De Cristal
12. Mama Criso
13. San Luis
14. Aleluya
Duración total: 44:29 min.
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Desde que no espero nada, a cada instante ocurre lo que no esperaba. —Claude Poy.
ResponderEliminarMuchas gracias por la música
ResponderEliminarMuchas gracias a vos por agradecer
ResponderEliminar🦅 El latido blanco del Pewen
ResponderEliminarPrimera Parte
Capítulo 3
El lenguaje del pehuén
La nieve llegó durante la madrugada. No hizo ruido.
Cuando abrí la puerta de la casa, el mundo parecía haber cambiado de idioma. Las cercas, los techos, las ramas, las piedras y los viejos postes del alambrado descansaban bajo una misma claridad. Era como si la nieve hubiera borrado, por unas horas, las diferencias entre las cosas.
Recordé las palabras del anciano.
"Mañana nevará."
No había mirado el pronóstico. Había mirado el valle.
Esa idea volvió conmigo mientras caminaba hacia el pueblo. Las huellas eran las únicas líneas que interrumpían aquella inmensa página blanca. Pensé que cada persona escribía su historia sobre la nieve sabiendo que el viento terminaría por borrarla. Y, sin embargo, todos seguíamos caminando.
La panadería ya estaba abierta. Al entrar, el calor del horno empañó mis anteojos. Durante unos segundos sólo percibí aromas: pan recién hecho, tortas fritas, leña de ñire ardiendo lentamente.
—¡Buen día! —saludó la panadera.
Era Marta, una mujer de manos fuertes y sonrisa tranquila. Conocía el nombre de todos los vecinos y parecía recordar también las historias de cada familia.
Mientras envolvía una hogaza todavía tibia, me preguntó cómo me estaba tratando el invierno.
—Todavía estoy aprendiendo.
Se rió.
—El invierno siempre enseña. Lo importante es no apurarlo.
Aquella frase podría haber sonado solemne en otro lugar. En ella era simplemente una observación nacida de muchos inviernos vividos.
Al salir, vi a un hombre cargando bolsas de alimento en la caja de una camioneta.
Era Julián, el almacenero.
Me ofreció acercarme hasta una comunidad ubicada algunos kilómetros fuera del pueblo.
—Voy a llevar unos pedidos. Si quiere conocer un poco más la zona, suba.
Acepté.
La camioneta avanzó despacio por un camino donde la nieve todavía conservaba las marcas de las cadenas de otros vehículos. A ambos lados aparecían pehuenes centenarios.
Nunca había visto árboles semejantes.
No eran altos por vanidad.
Eran altos por paciencia.
Cada uno parecía sostener décadas de viento, de nevadas y de veranos secos sin perder su equilibrio.
Julián notó que los observaba.
—Cuando uno llega por primera vez cree que todos son iguales. Después empieza a reconocerlos. Como a las personas.
Seguimos en silencio.
Pensé que también había mirado así a mucha gente durante mi vida: sin detenerme el tiempo suficiente para distinguirla.
Después de casi una hora llegamos a un conjunto de casas dispersas entre los árboles.
No había grandes cercos ni jardines perfectamente trazados. Todo parecía acomodarse al relieve del terreno, como si las construcciones hubieran pedido permiso antes de instalarse allí.
Mientras Julián descargaba las bolsas, una mujer salió a recibirnos y nos invitó a pasar.
Dentro de la vivienda, el fuego iluminaba las paredes de madera. Había niños dibujando sobre una mesa y una olla humeaba lentamente.
Nadie parecía tener prisa.
Las conversaciones ocurrían dejando espacio para los silencios. Me sorprendió que nadie interrumpiera a nadie. Cada palabra encontraba su momento.
Mientras compartíamos mate, la dueña de casa habló de la última nevada, del estado del camino y de los animales que habían bajado buscando refugio.
En ningún momento escuché que hablara de la tierra como si fuera una propiedad.
Siempre decía:
—Allá, donde estamos.
O:
—El lugar nos dio buen pasto este verano.
Aquella manera de nombrar el paisaje me llamó la atención.
No sonaba a posesión.
Sonaba a pertenencia.
Antes de irnos, uno de los niños me tomó de la mano.
—¿Quiere ver algo?
Lo seguí hasta un claro.
Allí se levantaba un pehuén enorme. Su tronco era tan ancho que cuatro personas apenas podrían abrazarlo.
El niño apoyó la palma sobre la corteza.
Yo hice lo mismo.
Estaba fría, rugosa, llena de grietas profundas.
—Mi abuelo dice que este árbol ya era viejo cuando nació el abuelo de su abuelo.
Sonreí.
Miré hacia arriba.
Las ramas desaparecían entre la nieve.
Sentí una humildad inesperada.
Toda mi vida me había parecido larga.
ResponderEliminarAquel árbol acababa de mostrarme otra escala del tiempo.
No dijo nada más.
Ni el niño.
Ni yo.
No hacía falta.
Al regresar al pueblo, el camino parecía distinto.
No porque hubiera cambiado.
Había cambiado mi forma de recorrerlo.
Comprendí que los pehuenes no impresionaban únicamente por su tamaño.
Lo hacían porque jamás tenían apuro.
Crecían durante siglos.
Resistían tormentas.
Soportaban incendios, sequías y nevadas.
Y aun así, cada primavera volvían a ofrecer nuevas ramas al cielo.
Esa noche encendí la salamandra.
Mientras el fuego crecía, apoyé un cuaderno sobre la mesa.
Escribí una sola frase:
"Tal vez la paciencia no sea esperar. Tal vez sea aprender a crecer al ritmo de la vida."
Cerré el cuaderno.
Por primera vez desde mi llegada no sentí necesidad de escribir más.
Algunas verdades, comprendí, empiezan siendo demasiado pequeñas para convertirse enseguida en palabras. Necesitan permanecer un tiempo viviendo en silencio, igual que las semillas bajo la nieve.
Y quizá por eso, antes de dormir, miré una vez más por la ventana.
Los pehuenes seguían allí.
Inmóviles.
No esperando la primavera.
Confiando en ella.