Markama (al pueblo, en lengua quechua) nace en Mendoza, Argentina, durante los primeros meses de 1975. Convocados fundamentalmente por la preocupación de dar forma a un nuevo proyecto musical que atendiera a las raíces populares latinoamericanas, impulsaron el despliegue instrumental como el modo expresivo que los identifica. Así fue. Markama se constituyó desde entonces como un grupo de singulares características. Quien trate de ubicar o catalogar a Markama dentro de una corriente determinada, solo podrá obtener una respuesta concreta: su afiliación en especial a la música que atraviesa la extensa Cordillera de Los Andes, y por extensión el resto del continente. Markama pertenece a una generación no atada a reglas convencionales del arte.
Markama - Markama (1979)
01. Hoy Estoy Aquí
02. Para Entender a Mi Pueblo
03. Danza de las Estrellas
04. Soplen Sikuris
05. Cueca Larga
06. El Arriero
07. Carnaval Viticheño
08. Tierra Mapuche
09. Ojos de Almendra
10. Casa de la Virreina
11. Contra el Viento
12. Azul Tiahuanaco
Duración total: 38:04 min.
01. Hoy Estoy Aquí
02. Para Entender a Mi Pueblo
03. Danza de las Estrellas
04. Soplen Sikuris
05. Cueca Larga
06. El Arriero
07. Carnaval Viticheño
08. Tierra Mapuche
09. Ojos de Almendra
10. Casa de la Virreina
11. Contra el Viento
12. Azul Tiahuanaco
Duración total: 38:04 min.
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No existen llaves para la felicidad. La puerta siempre está abierta. —Teresa de Calcuta.
ResponderEliminar🦅 El latido blanco del Pewen
ResponderEliminarPrimera Parte
Capítulo 4
Las huellas que desaparecen
A la mañana siguiente el pueblo despertó cubierto por una nevada más intensa que las anteriores. Los techos parecían más bajos, las montañas más cercanas y el mundo entero había perdido sus contornos bajo aquella inmensa claridad.
Me quedé unos minutos observando desde la ventana. La nieve tenía una extraña forma de igualarlo todo. Las piedras dejaban de ser ásperas, los caminos dejaban de ser duros y hasta los alambrados parecían menos rígidos. Pensé que la naturaleza conocía un modo de suavizar las diferencias sin hacerlas desaparecer.
Salí temprano. Cada paso producía un crujido seco. No había casi nadie en las calles. Sólo un hombre retirando nieve con una pala y una niña intentando alcanzar con la lengua los copos que seguían cayendo. Sonreí. Hacía décadas que no veía a alguien recibir la nieve con esa confianza. Los adultos solemos mirar el invierno preguntándonos cuánto durará. Los niños simplemente juegan mientras cae.
El río seguía allí. Siempre allí. La corriente había abierto pequeños corredores entre las placas de hielo que brillaban como vidrio bajo la luz del amanecer.
Busqué con la mirada el tronco donde acostumbraba sentarse el anciano. Estaba vacío. No sentí decepción. Comenzaba a comprender que algunas personas aparecen cuando la vida las necesita y desaparecen cuando necesitamos aprender a caminar solos.
Seguí bordeando la orilla.
Después de unos cientos de metros descubrí algo curioso. Las únicas huellas visibles sobre la nieve eran las mías. Me detuve y miré hacia atrás. El sendero por el que había llegado dibujaba una línea perfecta hasta perderse entre los árboles.
Pensé en todas las personas que habían pasado por mi vida. Algunas permanecían en mi memoria con absoluta nitidez. Otras apenas conservaban un nombre. Y muchas, aunque en su momento parecieron importantes, habían desaparecido como si el viento hubiera cubierto sus pasos.
Sin embargo...
¿Desaparecían realmente?
Me agaché y tomé un poco de nieve entre las manos. Debajo seguía estando la tierra. Invisible. Esperando.
Entonces comprendí que olvidar no siempre significa perder. Hay recuerdos que dejan de verse para comenzar a sostenernos desde abajo.
Continué caminando.
El sendero se internaba en un pequeño bosque de ñires y lengas desnudas. Las ramas, cubiertas de hielo, tintineaban unas contra otras cuando el viento las rozaba. Era un sonido tan delicado que parecía venir de muy lejos.
Cerré los ojos.
Respiré profundamente.
Y, sin buscarlo, apareció una imagen.
Un hospital.
Un pasillo blanco.
El olor penetrante de los desinfectantes.
Una puerta cerrándose lentamente.
Abrí los ojos de inmediato.
El bosque seguía allí, pero mi respiración había cambiado. Sentí un peso antiguo apoyarse otra vez sobre el pecho. No quise seguir ese recuerdo. Todavía no.
La montaña parecía entender mi decisión. El viento volvió a ocupar todo el espacio.
Seguí caminando hasta que el bosque terminó. Frente a mí se abría una pequeña explanada desde donde podían verse los pehuenes más antiguos del valle. Sus troncos oscuros emergían de la nieve como columnas levantadas mucho antes de que existieran los caminos.
Me acerqué a uno de ellos.
Apoyé la espalda contra la corteza.
El árbol permanecía completamente inmóvil.
No transmitía fuerza.
Transmitía permanencia.
Pensé que había sobrevivido a tormentas infinitamente mayores que mis preocupaciones. Había visto nacer generaciones enteras. Había soportado inviernos más duros que aquel. Y, sin embargo, seguía ofreciendo sombra, semillas y refugio.
Sentí vergüenza de la cantidad de veces que había llamado "para siempre" a dolores que apenas ocupaban un instante dentro del tiempo de la tierra.
Permanecí allí largo rato.
No rezaba.
No meditaba.
Simplemente compartía el silencio con un árbol.
Y descubrí que, a veces, la compañía más profunda no necesita palabras.
Cuando emprendí el regreso, comenzó nuevamente a nevar.
Los copos caían despacio, casi verticales.
Miré mis propias huellas.
Una tras otra iban desapareciendo.
ResponderEliminarNo de golpe.
Con infinita delicadeza.
La nieve no luchaba contra ellas.
Simplemente seguía cayendo.
Comprendí entonces que el tiempo actúa de la misma manera. No borra nuestra historia. La cubre con nuevas estaciones hasta que deja de dolernos tocarla.
Al llegar a la casa encendí la salamandra. El fuego tardó unos minutos en despertar. Mientras esperaba, abrí el cuaderno y escribí solamente una línea:
"Quizá sanar no sea olvidar el camino, sino dejar de sufrir cada vez que volvemos a recorrerlo."
Cerré el cuaderno.
El viento golpeó suavemente una de las ventanas.
Por primera vez desde mi llegada tuve la certeza de que el invierno no había venido a encerrarme. Había venido a mostrarme aquello que durante demasiados años había permanecido oculto bajo el ruido de mi propia vida.
Y comprendí que toda nevada guarda un secreto.
No cubre el mundo para ocultarlo.
Lo cubre para que podamos descubrir qué permanece cuando todo lo demás desaparece.