Altiplano de Chile ha sido, sin duda, uno de los grupos de música andina más importantes que ha surgido en Sudamérica. De hecho, Mauricio Vicencio Alquinta es un músico andino muy talentoso, fue el fundador de Altiplano junto a su amiga Tanny Cruz. La música interpretada por Altiplano es realmente diferente a otros géneros de música andina, la guitarra tocada excepcionalmente, los instrumentos de viento como zampoñas, mogseos, quenas unidos a otros instrumentos de cuerda como el charango, cuatro, tiple, bajo y los sonidos ambientales muestran la integridad de Altiplano y la creatividad de Mauricio Vicencio. Aquí se ensambla una serie de ideas de la mitología griega con pasajes de una aventura por el Tiahuanaco y una exploración hacia las entrañas de la Atlántida.
Altiplano - Dialogo Con Atlantes (1996)
01. Tiawanaku, El Retorno De Los Dioses
02. Dialogo Con Atlantes
03. Armonias Amauticas
04. Cordon De Plata
05. Codiges Del Senor De Sipan
06. Mitoe
07. Ayawaska
08. Valle Del Alto
09. Pasos De Poder
10. La Montana
Duración total: 68:42 min.
01. Tiawanaku, El Retorno De Los Dioses
02. Dialogo Con Atlantes
03. Armonias Amauticas
04. Cordon De Plata
05. Codiges Del Senor De Sipan
06. Mitoe
07. Ayawaska
08. Valle Del Alto
09. Pasos De Poder
10. La Montana
Duración total: 68:42 min.
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Conocer nuestras propias sombras nos ayuda a tratar con el lado oscuro de los demás. —Carl G. Jung.
ResponderEliminarMuchas gracias por la música
ResponderEliminarMuchas gracias a vos por escribir
ResponderEliminar🦅 El latido blanco del Pewen
ResponderEliminarPrimera Parte
Capítulo 2
El hombre junto al agua
No volví a verlo durante tres días.
Cada mañana recorría el mismo sendero bordeando el río, convencido de que el azar repetiría aquel encuentro. Descubrí entonces que la esperanza también tiene sus costumbres: camina unos pasos delante de nosotros y nos obliga a seguir avanzando.
El invierno se había instalado por completo en Aluminé. Las noches descendían temprano y el humo de las chimeneas comenzaba a elevarse mucho antes del atardecer. Los vecinos apilaban leña con la tranquilidad de quien conoce el ritmo de las estaciones. Nadie parecía luchar contra el frío. Aprendían a convivir con él.
Yo todavía no.
Había traído demasiadas costumbres de la ciudad. Miraba el reloj con frecuencia, calculaba horarios y pensaba en el día siguiente mientras todavía no terminaba el presente.
Hasta que una mañana olvidé el reloj sobre la mesa de la cocina.
Lo advertí recién al llegar al río.
Sonreí.
No regresé a buscarlo.
Fue la primera vez, en muchos años, que no supe qué hora era. Y, por alguna razón, eso me produjo una alegría difícil de explicar.
Me senté sobre una roca lisa, cebé un mate y permanecí allí, sin hacer nada.
Al principio la mente siguió trabajando.
Recordó conversaciones.
Proyectó planes.
Repitió viejas preocupaciones.
Después comenzó a cansarse.
Las ideas fueron perdiendo fuerza, como copos de nieve que se derriten apenas tocan el río.
Entonces apareció.
Venía caminando desde aguas arriba.
Llevaba un poncho oscuro, un gorro de lana y un bastón de madera de ñire, más parecido a una rama encontrada en el bosque que a un objeto tallado. Su andar era lento, pero no transmitía cansancio. Parecía acompasar cada paso con la respiración del valle.
Se detuvo a pocos metros.
No preguntó si podía sentarse.
Simplemente eligió una piedra cercana.
Durante varios minutos ninguno de los dos habló.
El silencio no resultaba incómodo.
Era un tercer compañero compartiendo el mate con nosotros.
Finalmente levantó una pequeña piedra de la orilla.
La observó un instante.
Después la dejó nuevamente en el mismo lugar.
—¿Por qué cree que la devolví? —preguntó.
Pensé en varias respuestas.
Porque era bonita.
Porque no la necesitaba.
Porque pertenecía al río.
Él aguardó sin impaciencia.
Comprendí que no esperaba una respuesta correcta.
Esperaba una respuesta sincera.
—Tal vez... porque ya tenía su lugar.
Asintió lentamente.
—Las personas sufrimos cuando queremos llevarnos aquello que sólo puede existir donde nació.
Volvió el silencio.
Miré la piedra.
Parecía exactamente igual que antes.
Sin embargo, ya no era la misma.
Ni yo tampoco.
El anciano tomó un puñado de agua entre las manos.
La sostuvo apenas un instante antes de dejarla caer.
—¿Ve cómo no intenta retenerla?
—Sí.
—El agua conoce un secreto que nosotros olvidamos.
No continuó.
Comprendí que la enseñanza terminaba allí.
La pregunta debía seguir viviendo en mí.
El viento comenzó a mover las ramas altas de los pehuenes. Algunas agujas secas descendieron lentamente sobre la nieve.
El anciano levantó la vista.
—Ellos tampoco tienen miedo de soltar.
Seguí la dirección de su mirada.
Los árboles permanecían inmóviles.
Cada invierno dejaban caer una parte de sí.
No como una pérdida.
Como una continuidad.
Pensé en todas las cosas que había intentado conservar a cualquier precio: viejos resentimientos, éxitos que ya no existían, personas que habían seguido otros caminos, versiones de mí mismo que hacía tiempo habían dejado de ser verdaderas.
Quizás mi cansancio no provenía del trabajo.
Quizás provenía del peso de todo aquello que seguía cargando.
—¿Usted vive aquí desde siempre? —pregunté.
Sonrió.
—¿Qué significa "desde siempre"?
La pregunta me hizo reír.
Él también rió, apenas.
Después respondió con la misma calma con que corría el río.
—He vivido el tiempo suficiente para entender que uno nunca termina de llegar a un lugar.
A veces el cuerpo llega mucho antes.
El corazón puede tardar años.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
No sonaban extraordinarias.
ResponderEliminarPrecisamente por eso eran difíciles de olvidar.
Permanecimos largo rato contemplando el agua.
En un momento un martín pescador cruzó el río como una flecha azul.
El anciano siguió su vuelo hasta perderlo entre los sauces.
—¿Lo vio?
—Sí.
—Nunca duda antes de lanzarse.
Conoce el río porque vive con él, no porque lo estudie.
Sentí que aquella frase también estaba dirigida a mí.
Había pasado buena parte de mi vida intentando comprender el mundo desde la distancia, como quien observa un paisaje detrás de un vidrio.
Quizás había llegado el momento de entrar en él.
El sol comenzó a descender detrás de las montañas.
El frío regresó con rapidez.
El anciano se puso de pie apoyándose apenas en su bastón.
Creí que se despediría.
En cambio, miró el agua una vez más y dijo:
—Mañana nevará.
—¿Cómo lo sabe?
No señaló el cielo.
Ni el viento.
Ni las nubes.
Simplemente respondió:
—El valle ya lo sabe.
Somos nosotros los que todavía estamos aprendiendo a escucharlo.
Comenzó a alejarse por el sendero.
Quise preguntarle su nombre.
Algo me detuvo.
Intuí que ponerle un nombre habría sido demasiado pequeño para aquel encuentro.
Lo vi desaparecer entre los pehuenes.
Durante un largo rato permanecí inmóvil.
Al levantarme para regresar al pueblo, advertí que el viento había cubierto con nieve reciente las huellas de nuestra conversación.
No quedaba ninguna marca sobre el sendero.
Y, sin embargo, sentía que dentro de mí acababa de abrirse un camino que ya no volvería a borrarse.