Mike Oldfield - The Voyager (1996)

Maureen Liston, la madre de Mike Oldfield, era irlandesa y eso tuvo una gran importancia en la educación de sus hijos que fueron instruidos, por ejemplo, en la fe católica y no en el protestantismo que profesaba su padre. En la carrera posterior del músico, la influencia del origen de Maureen se reflejó en la presencia de elementos folclóricos en muchas de sus obras. Quizá por querer volver a sus raíces familiares tras la epopeya espacial de “The Songs of Distant Earth”, el siguiente trabajo del músico iba a estar dedicado casi por completo a la música celta. El hecho de que a mediados de los años noventa ese género estuviera en la cumbre de su popularidad también pudo tener algo que ver y es que no hay que olvidar que “Voyager” iba a ser el último disco firmado con la Warner.

 

Mike Oldfield - The Voyager (1996)

01. The Song of the Sun
02. Celtic Rain
03. The Hero
04. Women of Ireland
05. The Voyager
06. She Moves Through the Fair
07. Dark Island
08. Wild Goose Flaps Its Wings
09. Flowers of the Forest
10. Mont St. Michel

Duración total: 58:32 min.

Comentarios

  1. Tu tarea no es buscar el amor, sino buscar y encontrar las barreras que has construido contra él dentro de ti mismo. —Rumi.

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  2. 🌀🧭 El portal de las murallas invisibles

    Esta mañana partí desde Aluminé.

    No fue un viaje común.

    No cargué equipaje ni consulté mapas. Tampoco necesité brújulas modernas ni satélites. Bastó con tomar la vieja "brujumatiK", esa que no señala el norte sino los misterios, y dejar que apuntara hacia donde las preguntas nacen antes que las respuestas.

    El viento descendía desde las montañas neuquinas acariciando los bosques de pehuenes. El humo de algunos fogones dibujaba espirales sobre los techos mientras el aroma del mate recién cebado acompañaba los primeros pensamientos del día.

    Entonces ocurrió.

    La aguja de la brujumatiK comenzó a girar.

    Primero lentamente.

    Después cada vez más rápido.

    Hasta que el paisaje patagónico pareció doblarse sobre sí mismo como una hoja antigua.

    Las montañas desaparecieron.

    Los lagos se transformaron en espejos de arena.

    Los coihues dieron paso a cipreses orientales.

    Y sin saber exactamente cómo, atravesé un portal invisible que me llevó a las tierras donde alguna vez caminó Rumi.

    La luz era distinta.

    El aire también.

    Las antiguas ciudades de Persia parecían emerger entre caravanas, bazares y jardines perfumados. Los minaretes se elevaban hacia el cielo como dedos señalando lo eterno. Las voces de comerciantes, artesanos y viajeros se mezclaban con el canto lejano de los derviches giradores que danzaban para recordar que el universo entero se encuentra en movimiento.

    Sin embargo, lo más sorprendente no era el paisaje.

    Era el silencio escondido detrás de todo aquello.

    Un silencio profundo.

    Un silencio que parecía observar.

    Mientras caminaba por aquellas calles ancestrales, recordé las palabras de Rumi:

    "Tu tarea no es buscar el amor, sino buscar y encontrar las barreras que has construido contra él dentro de ti mismo."

    Durante años pensé que la búsqueda espiritual consistía en alcanzar algo.

    Encontrar algo.

    Llegar a algún sitio.

    Pero allí, en aquella tierra donde el poeta había contemplado los mismos amaneceres siglos atrás, comencé a sospechar algo diferente.

    Tal vez el amor no sea una meta.

    Tal vez sea el estado natural del alma.

    Quizás las barreras son las únicas viajeras.

    Y nosotros pasamos la vida cargándolas sin darnos cuenta.

    Continué avanzando hasta llegar a un jardín donde una fuente reflejaba las nubes.

    Entonces escuché música.

    No provenía de ningún instrumento visible.

    Parecía surgir de la propia memoria del mundo.

    Y curiosamente no sonaba persa.

    Sonaba celta.

    Las melodías de Voyager comenzaron a desplegarse entre los senderos del jardín como si los espíritus de Irlanda hubieran decidido visitar Oriente.

    Al principio me resultó extraño.

    Después comprendí.

    La música conoce secretos que las geografías ignoran.

    Mike Oldfield había viajado hacia las raíces de su linaje a través de aquellas composiciones inspiradas en las tradiciones celtas heredadas de su madre irlandesa.

    Yo mismo estaba realizando un viaje parecido.

    Él había cruzado océanos para reencontrarse con una memoria ancestral.

    Yo atravesaba un portal imaginario para reencontrarme con una enseñanza olvidada.

    Ambos buscábamos lo mismo.

    Regresar.

    Porque toda búsqueda espiritual auténtica termina siendo un regreso.

    No hacia un lugar.

    Sino hacia una verdad interior.

    Las melodías flotaban entre las fuentes y los rosales.

    Los antiguos sufíes decían que el alma gira alrededor de Dios del mismo modo que los planetas giran alrededor del sol.

    Los celtas, por su parte, hablaban de los lugares donde el velo entre los mundos se vuelve más delgado.

    Y mientras escuchaba aquellas músicas unidas por una misteriosa sincronía, tuve una intuición.

    Quizás los portales existen.

    Pero no donde creemos.

    No están ocultos en montañas remotas.

    Ni en templos secretos.

    Ni siquiera en libros antiguos.

    Los verdaderos portales son las grietas de nuestras defensas.

    Cada vez que abandonamos un resentimiento.

    Cada vez que soltamos un miedo.

    Cada vez que dejamos caer una vieja armadura.

    Se abre una puerta.

    Y detrás de ella siempre aparece algo parecido al amor.

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  3. No el amor romántico que aparece en las canciones.

    No el amor condicionado por expectativas.

    Sino esa fuerza silenciosa que sostiene galaxias, bosques, mares y corazones.

    Comprendí entonces el sentido profundo de la frase de Rumi.

    No estamos separados del amor.

    Estamos separados por nuestras murallas.

    Y las murallas más difíciles de derribar son aquellas que hemos decorado durante años hasta creer que forman parte de nuestra identidad.

    Algunas están construidas con heridas.

    Otras con orgullos.

    Otras con decepciones.

    Y muchas con historias que repetimos tanto que terminan pareciendo verdades absolutas.

    La fuente seguía cantando.

    Los derviches continuaban girando.

    Las melodías de Voyager parecían navegar entre continentes invisibles.

    Y yo sentía que algo dentro de mí comenzaba a desprenderse.

    Como una vieja piedra cayendo de un muro.

    Como una hoja de otoño soltándose de una rama.

    Como una puerta oxidada que finalmente decide abrirse.

    Entonces la brujumatiK volvió a vibrar.

    El portal reapareció.

    Las arenas se transformaron nuevamente en montañas.

    Los bazares dieron paso a los pehuenes.

    El canto de los derviches se mezcló con el murmullo del viento patagónico.

    Y regresé a Aluminé.

    Pero no era exactamente el mismo.

    Porque comprendí que todos los viajes verdaderos dejan algo atrás y traen algo de regreso.

    Lo que había dejado era una pequeña muralla.

    Lo que había traído era una pregunta.

    ¿Y si el amor no estuviera esperándonos al final del camino?

    ¿Y si hubiera estado siempre aquí, aguardando pacientemente detrás de las barreras que nosotros mismos levantamos?

    Quizás por eso la música nos conmueve.

    Quizás por eso los poetas nos desarman.

    Quizás por eso ciertos amaneceres parecen hablarnos.

    Porque durante un instante nos permiten ver más allá de nuestras propias murallas.

    Y en ese instante fugaz descubrimos que el alma jamás estuvo perdida.

    Sólo estaba esperando recordar.

    Desde algún lugar más allá del crepúsculo, donde los antiguos sabios de Persia conversan con los espíritus de los bosques celtas y donde las brújulas mágicas continúan señalando lo invisible, una voz parece susurrar:

    "No busques el amor.

    Abre la puerta.

    Él ya está allí."

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