Inkas Heart - Of the Andes (2016)

La Cordillera de los Andes es una inmensa cadena de montañas de 8.500 kilómetros de longitud que abarca extensas regiones de Perú, Bolivia, Venezuela, Colombia, Ecuador, Chile y Argentina. Durante el Camino Inca a Machu Picchu se recorren 39 kilómetros de la cordillera. Los incas se adaptaron a la desafiante geografía de la Cordillera de los Andes. Así fue como ubicaron la capital de su enorme imperio en la ciudad del Cusco. Desde allí construyeron caminos por más de 30 mil kilómetros a lo largo de la costa y, sobre todo, la cordillera. Una pequeña parte de estos caminos es la que conecta la ciudad del Cusco con Machu Picchu. Inkas Heart ofrece un recorrido musical meticulosamente diseñado aventurándose solo o emprendiendo un viaje con un grupo de amigos.

Inkas Heart - Of the Andes (2016)

01. Rio Abierto
02. Remembrance
03. Alegria Tradicional
04. Ponchito
05. Encuentro
06. Malacungahuapa
07. Japonesa Tradicional
08. La Nueva Era
09. De los Andes
10. Agua Clara
11. Ocarina
12. A-Lo-Hoho
13. Viva para Siempre
14. Guantanamera

Duración total: 72:25 min.

Comentarios

  1. La paz comienza con una sonrisa. —Teresa de Calcuta.

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  2. Muchas gracias por la música

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  3. ¡Gracias a vos por tomarte un momento para comentar! Me alegra saber que la música que comparto llega y se aprecia. Este espacio está hecho con mucho cariño para los que, como vos, sienten la magia de estos sonidos. ¡Un abrazo enigmático!

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  4. 🦅 El latido blanco del Pewen
    Primera Parte
    Capítulo 1
    El pueblo donde habla el viento

    Nunca fui bueno para madrugar. Durante años el despertador había sido una orden, una interrupción, una pequeña batalla contra el sueño. Sin embargo, en Aluminé el amanecer no llegaba como una obligación, sino como una invitación.

    La primera luz apenas comenzaba a dibujar la silueta de los cerros cuando abrí la puerta de la casa. El frío me recibió sin violencia. Respiré hondo. El aire tenía ese aroma limpio que sólo existe donde el hielo todavía conversa con la tierra.

    La nieve de la noche anterior cubría el patio con una blancura intacta. Sobre la baranda de madera descansaban unos pocos centímetros de escarcha que brillaban con los primeros reflejos del sol. A lo lejos, una columna de humo ascendía desde una chimenea y se deshacía lentamente en el cielo inmóvil.

    Preparé un mate antes de salir. Siempre me había parecido extraño que una bebida tan sencilla pudiera contener tantas conversaciones, tantos silencios y tantos recuerdos. En la ciudad el mate era una costumbre. Allí comenzaba a convertirse en una manera de habitar el tiempo.

    Caminé sin rumbo fijo. Las calles del pueblo todavía permanecían casi vacías. Una mujer barría con paciencia la nieve de la vereda. Un hombre acomodaba leña bajo un alero. Dos perros cruzaron la calle sin ladrar, dejando una única hilera de huellas que el viento terminaría borrando antes del mediodía.

    Todo parecía ocurrir sin urgencia. Y, sin embargo, nada estaba detenido.

    Comprendí que existe una diferencia profunda entre la lentitud y la quietud. La lentitud está viva. La prisa suele estar distraída.

    Mientras descendía hacia el río escuché el sonido de un hacha golpeando un tronco. El eco viajaba entre los pehuenes como si las montañas también participaran del trabajo.

    Pensé en la cantidad de sonidos que había dejado de escuchar durante tantos años. No porque hubieran desaparecido, sino porque yo había vivido demasiado ocupado respondiendo a otros ruidos.

    El río apareció entre los árboles. Era exactamente el mismo que había visto el día anterior. Y, sin embargo, parecía otro.

    La corriente había cambiado. La luz era distinta. Incluso el color del agua parecía contener un azul más profundo.

    Me senté sobre una roca. El vapor ascendía desde la superficie como un aliento antiguo. Saqué el mate de la mochila.

    Mientras cebaba el primero, una sombra cruzó lentamente el agua. Levanté la vista. Un cóndor describía amplios círculos sobre el valle. No batía las alas. Simplemente se dejaba sostener por el aire.

    Lo observé hasta que desapareció detrás de un filo de la montaña.

    Entonces comprendí algo inesperado.

    Toda mi vida había confundido esfuerzo con dirección. Aquel ave avanzaba porque conocía las corrientes invisibles. No porque luchara contra ellas.

    Seguí caminando río arriba. Las piedras cubiertas de hielo obligaban a dar pasos cortos y atentos. Cada tanto aparecían pequeñas playas de arena endurecida donde el agua había dejado dibujos delicados antes de congelarse.

    Me agaché para observar uno de esos dibujos.

    Parecía una hoja.

    Luego un río.

    Después una mano abierta.

    La naturaleza nunca repetía exactamente la misma forma. Sin embargo, todo conservaba un misterioso parentesco.

    Recordé algo que había leído muchos años atrás: los grandes árboles, los ríos, las nubes y las personas compartimos la costumbre de cambiar sin dejar de ser quienes somos.

    Aquella frase regresó a mi memoria con una claridad inesperada.

    Quizás recordar también era una forma de volver a casa.

    Continué caminando hasta un pequeño mirador natural desde donde el valle entero se abría frente a mis ojos.

    Los pehuenes se extendían como un antiguo ejército inmóvil. El río serpenteaba entre la nieve. Las montañas parecían proteger el pueblo con una paciencia infinita.

    Sentí una emoción difícil de nombrar.

    No era alegría.

    No era nostalgia.

    Tampoco paz.

    Era algo más cercano al agradecimiento.

    Como si el paisaje me aceptara sin preguntarme quién había sido antes de llegar.

    Permanecí allí mucho tiempo.

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  5. El viento comenzó a soplar con mayor intensidad. Las ramas de los pehuenes produjeron un sonido grave, profundo, semejante al oleaje de un mar lejano.

    No era un silbido.

    Era una respiración.

    Cerré los ojos.

    Por primera vez desde mi llegada dejé de intentar comprender.

    Simplemente escuché.

    Y entonces ocurrió algo tan sencillo que casi pasó inadvertido.

    El viento dejó de parecer un fenómeno del clima.

    Comenzó a sentirse como una presencia.

    No una presencia extraordinaria.

    No una aparición.

    Sino la certeza de que el mundo estaba vivo de una manera mucho más amplia de lo que mi inteligencia alcanzaba a explicar.

    Abrí los ojos lentamente.

    Frente a mí, sobre la nieve recién caída, aparecían unas huellas.

    No eran mías.

    Tampoco pertenecían a ningún perro del pueblo.

    Eran pisadas humanas.

    Avanzaban siguiendo el curso del río.

    Habían sido dejadas hacía muy poco.

    Las seguí con la mirada.

    A unos cien metros, sentado sobre un viejo tronco cubierto de líquenes, un hombre mayor contemplaba el agua inmóvil.

    No volvió la cabeza.

    No hizo ningún gesto.

    Parecía formar parte del paisaje desde siempre.

    Durante unos instantes permanecí inmóvil. Algo en aquella escena me produjo una extraña familiaridad, como si la hubiera vivido mucho antes en un sueño que ya había olvidado.

    Di un paso.

    Después otro.

    La nieve crujió bajo mis botas.

    El hombre levantó apenas el rostro.

    Sonrió con la serenidad de quien reconoce a alguien que llega exactamente cuando debía llegar.

    Y dijo solamente:

    —El río siempre sabe quién viene con preguntas.

    No supe qué responder.

    Tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien había escuchado una pregunta que ni siquiera yo sabía formular.

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