Alosaka - The World Of Inkas (2011)

En la mitología Hopi , Muyingwa es uno de los kachinas responsable de la germinación de las semillas. Alosaka es otra katchina responsable del crecimiento de los cultivos, y posiblemente un nombre o aspecto alternativo de Muyingwa. Al igual que otras Katchinas, Muyingwa y Alosaka son espíritus representados por muñecos y representados con máscaras en las ceremonias. Alosaka se refiere a dos ídolos de madera; estos ídolos o kachinas (o katsinam) formaban parte de un santuario en la aldea de Awatobi, situada al sur del Cañón Keams en el extremo oriental de la reserva Hopi. La pareja de madera se guardaba en el santuario, estaba hecha de cantos rodados y sellada con troncos, y luego se sacaba sólo con fines rituales. La última vez que fueron vistos por pueblos no nativos fue en 1890.

Alosaka - The World Of Inkas (2011)

01. Malku
02. Lamento del Inka
03. Illary
04. Valle del Alto
05. La Partida
06. Suenos de Manue
07. Muyu
08. Sussurro
09. Camino Al Sol
10. Muskuy
11. Shunguyman
12. Montekzuma

Duración total: 67:58 min.

Comentarios

  1. Si corriges tu mente, el resto de tu vida se armonizará. —Lao Tsé.

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  2. Muchas gracias por la música

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  3. 🙏✨ Muchas gracias a vos por detenerte a escuchar y dejar tu huella.
    La música de los Andes y del alma nos conecta con algo muy profundo, antiguo y sagrado...
    Que esta melodía siga acompañando tu camino con belleza, fuerza y luz. 🌄🌿

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  4. 🦅 El latido blanco del Pewen
    Prólogo
    Donde comienza el silencio

    Hay lugares que uno elige en el mapa, y hay otros que, mucho antes de que nuestros pasos los alcancen, ya nos han elegido en silencio. Aluminé fue así para mí. Durante años creí que había llegado hasta este rincón de la Patagonia buscando descanso. Con el tiempo comprendí que no había venido a descansar, sino a recordar. No sabía exactamente qué debía recordar; sólo sentía que algo en mi interior, tan antiguo como el viento que baja de la Cordillera, llevaba demasiado tiempo esperando este encuentro.

    Llegué a comienzos del invierno. La ruta parecía un largo hilo oscuro tendido entre montañas donde la nieve había comenzado a cubrir los faldeos. Los pehuenes permanecían inmóviles, sosteniendo con sus copas un cielo gris que parecía inclinarse sobre la tierra. El río Aluminé corría junto al camino con una transparencia imposible. Aun desde la distancia podía oír su rumor constante, como si pronunciara una lengua que no necesitaba palabras para hacerse comprender.

    Cuando detuve el vehículo frente a la pequeña casa de madera que había alquilado, el silencio me sorprendió más que el frío. No era ausencia de sonidos. Era otra cosa: el crujido de la nieve bajo las botas, el humo saliendo lentamente de una chimenea vecina, el golpeteo de un pájaro sobre un tronco y el murmullo del viento atravesando las ramas de los pehuenes.

    Todo parecía ocupar exactamente el lugar que le correspondía, sin competir por hacerse notar. Venía de una vida donde cada minuto exigía producir algo. Allí, en cambio, el tiempo no parecía avanzar: respiraba.

    Encendí la salamandra con la torpeza de quien ha pasado demasiados años lejos del fuego verdadero. Mientras las primeras llamas crecían, preparé un mate y me senté junto a la ventana. Vi caer los primeros copos de nieve.

    No tenían prisa.

    Ninguno parecía intentar llegar antes que otro.

    Descendían con una calma que me resultó desconcertante. Pensé que tal vez la naturaleza conocía un secreto que nosotros habíamos olvidado.

    Los días siguientes transcurrieron del mismo modo. Salía a caminar temprano por las orillas del río, saludaba a los vecinos con un gesto sencillo, compraba pan caliente en la panadería del pueblo y escuchaba historias de pescadores, de arrieros y de antiguos inviernos en los que la nieve aislaba durante semanas a las familias de la zona.

    Nadie hablaba del clima como un enemigo. Lo nombraban como se nombra a un viejo conocido: con respeto, con prudencia y, a veces, con una sonrisa.

    Poco a poco comencé a notar algo extraño. Cuanto más permanecía en silencio, más cosas parecían querer decirme.

    El río ya no era solamente agua.

    El viento no era solamente aire.

    Los pehuenes no eran únicamente árboles.

    No imaginaba voces ni buscaba misterios. Simplemente empezaba a sentir que el paisaje tenía una manera propia de estar presente, una forma de enseñar que no pasaba por las explicaciones, sino por la convivencia.

    Una mañana de cielo completamente blanco decidí caminar río arriba. La nieve amortiguaba cada paso. No había huellas recientes. Sólo el cauce avanzando entre piedras oscuras y orillas cubiertas de hielo.

    Fue entonces cuando lo vi.

    Un hombre mayor estaba sentado sobre un tronco caído, mirando el agua como quien acompaña a un amigo de toda la vida. No giró la cabeza al escuchar mis pasos. Parecía saber que, tarde o temprano, alguien llegaría hasta ese lugar.

    Por un instante dudé si acercarme o seguir caminando.

    No podía imaginar que aquel encuentro cambiaría para siempre mi manera de comprender el mundo.

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