Jonny Lipford - Migration (2019)

Después de pasar tres años en el espacio creativo con estas nueve canciones que aparecen en el álbum de Jonny Lipford, "Migration", finalmente es hora de volar. Las canciones de este álbum abren una nueva dimensión en la interpretación de Jonny Lipford y encajan muy bien en un género progresivo de la nueva era. Escucharemos las flautas nativa americana, mojave, maya de armonía, irlandesa, persa, el bansuri con paisajes sonoros exuberantes y diversos ritmos. En la pista del título, "Migración", escucharemos un poco del trabajo vocal de Jonny Lipford. También encontramos que las canciones en este disco realmente nos llevan a otro lugar (o lugares); es como un viaje sónico o unas vacaciones auditivas donde la mente y el espíritu pueden volar.

Jonny Lipford - Migration (2019)
 
01. Fly in Beauty
02. Hunt of the Nighthawk
03. Emerging Vision
04. Migration
05. Masked Ibis
06. At First Light
07. Wisdom in the Wing
08. Poets Awakening
09. Peace Within
 
Duración total: 54:06 min. 

Comentarios

  1. El vivir agradecidos nos ayuda a darnos cuenta de que hay recursos suficientes para todos. Así, la gratitud nos proporciona una sensación de satisfacción y un gozoso deseo de compartir con los demás. —David Steindl-Rast.

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  2. 🍂⏳ El Monje de las Montañas Invisibles

    Un diálogo más allá del crepúsculo con David Steindl-Rast

    Esta mañana, mientras el otoño avanzaba silenciosamente sobre Aluminé, tuve la sensación de que el tiempo estaba respirando.

    No caminaba.

    No corría.

    Respiraba.

    Las nubes bajas descendían desde las montañas neuquinas como antiguas memorias buscando refugio entre los pehuenes. El río Aluminé murmuraba secretos que sólo comprenden las piedras viejas. En algún lugar del valle, un chimango dibujaba círculos sobre el cielo gris.

    Yo sostenía entre las manos un pequeño talismán.

    No era de oro.

    No era de plata.

    No tenía piedras preciosas.

    Era algo mucho más extraño.

    Era una semilla de pehuén.

    La había recogido años atrás durante una caminata solitaria.

    Desde entonces permanecía sobre mi escritorio.

    Aquella mañana, sin saber por qué, la tomé entre mis dedos.

    Y sucedió.

    La semilla comenzó a irradiar una luz suave.

    No una luz física.

    Una luz interior.

    Como si contuviera la memoria de todos los inviernos y primaveras que había conocido la Patagonia.

    Las montañas desaparecieron.

    El río se transformó en una corriente luminosa.

    El tiempo comenzó a doblarse sobre sí mismo.

    Y atravesé un portal.

    No era un portal espacial.

    Era un portal de conciencia.

    Una grieta entre geografías.

    Entre siglos.

    Entre almas.

    Cuando la luminosidad se disipó, me encontré en otro lugar del mundo.

    Frente a mí se elevaban montañas diferentes.

    Más suaves.

    Más verdes.

    Más antiguas de lo que aparentaban.

    Los Alpes austríacos.

    El aire era puro.

    Los prados parecían pintados por algún artista enamorado de la serenidad.

    Pequeñas aldeas descansaban entre colinas cubiertas de bosques.

    Las campanas de una iglesia distante resonaban sobre el valle.

    Todo parecía impregnado de una paz sencilla.

    Humilde.

    Sin exhibiciones.

    Como si el paisaje hubiera comprendido algo esencial sobre la existencia.

    Y entonces lo vi.

    Un hombre anciano caminaba lentamente por un sendero.

    Su figura era delgada.

    Su espalda ligeramente inclinada por casi un siglo de vida.

    Llevaba ropa sencilla.

    Nada llamativo.

    Nada que intentara destacar.

    Su cabello blanco parecía una extensión natural de las nubes.

    La barba corta y luminosa enmarcaba un rostro surcado por innumerables arrugas.

    Pero aquellas arrugas no hablaban de desgaste.

    Hablaban de profundidad.

    De escucha.

    De contemplación.

    Sus ojos eran extraordinarios.

    Azules.

    Claros.

    Inmensamente vivos.

    No tenían la mirada de alguien que ha acumulado conocimientos.

    Tenían la mirada de alguien que ha aprendido a maravillarse.

    Y comprendí inmediatamente quién era.

    David Steindl-Rast.

    El hermano David.

    Uno de los últimos grandes guardianes de una sabiduría antigua y al mismo tiempo profundamente necesaria para nuestro tiempo.

    Se acercó sonriendo.

    Como si hubiera estado esperando mi llegada.

    —Has venido desde muy lejos.

    —Desde Aluminé.

    —No me refiero a la distancia geográfica.

    Sonrió.

    —Has venido desde tus preguntas.

    Aquella respuesta me desarmó.

    Caminamos juntos.

    A nuestro alrededor los bosques austríacos parecían conversar con el viento.

    Los senderos estaban cubiertos por hojas húmedas.

    Algunas granjas dispersas mostraban la sencillez de una cultura que aún conserva una relación íntima con las estaciones.

    Vi huertos.

    Pequeñas capillas.

    Casas de madera adornadas con flores.

    Le pregunté por su rutina.

    —¿Cómo transcurre un día a tus casi cien años?

    Su sonrisa se amplió.

    —Muy lentamente.

    Nos sentamos sobre un banco de madera.

    —Despierto temprano.

    Agradezco.

    Oro.

    Escucho.

    Leo.

    Escribo.

    Camino cuando puedo.

    Y vuelvo a agradecer.

    —¿Eso es todo?

    —¿Te parece poco?

    Reímos.

    Entonces comprendí que estaba frente a alguien que había simplificado la existencia hasta encontrar su esencia.

    No había complejidad innecesaria.

    No había artificios.

    No había búsqueda de reconocimiento.

    Sólo presencia.

    Y gratitud.

    Mientras avanzábamos por aquellos paisajes alpinos pensé en la enorme influencia que había tenido sobre millones de personas.

    A través de sus libros.

    Sus conferencias.

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  3. Sus enseñanzas compartidas mediante su sitio web.

    Sin embargo, nada en él sugería importancia personal.

    Parecía más interesado en los pájaros que cantaban cerca del sendero que en su propia historia.

    Finalmente formulé la pregunta que había traído desde la Patagonia.

    —¿Por qué la gratitud es tan poderosa?

    David permaneció en silencio.

    Un largo silencio.

    Tan largo que comencé a observar las nubes.

    Las hojas.

    La respiración.

    Y entonces respondió.

    —Porque cambia la dirección de la mirada.

    —¿Cómo?

    —La mayoría de las personas observa lo que falta.

    La gratitud observa lo que ya está presente.

    Guardé silencio.

    Aquellas palabras parecían simples.

    Pero dentro de ellas habitaba una profundidad inmensa.

    Seguimos caminando.

    A lo lejos sonaban campanas.

    Un grupo de aldeanos trabajaba en un pequeño campo.

    La vida transcurría con la misma cadencia que había tenido durante generaciones.

    Sin prisa.

    Sin ansiedad.

    —Vivimos en una época obsesionada con conseguir más —continuó—. Más dinero. Más reconocimiento. Más seguridad. Más respuestas.

    —¿Y eso es un problema?

    —No necesariamente.

    El problema es olvidar lo que ya hemos recibido.

    Nos detuvimos frente a un arroyo.

    El agua descendía desde las montañas con una claridad asombrosa.

    David tomó una hoja caída.

    La observó como quien contempla un tesoro.

    —La gratitud transforma lo ordinario en extraordinario.

    —¿Incluso el sufrimiento?

    Aquella pregunta parecía importante.

    Quizás demasiado importante.

    David observó el agua durante varios segundos.

    —No siempre podemos agradecer por el sufrimiento.

    Pero sí podemos agradecer dentro del sufrimiento.

    Aquella frase atravesó algo en mí.

    Porque no negaba el dolor.

    No lo romantizaba.

    No lo disfrazaba.

    Simplemente mostraba una puerta.

    Continuamos caminando.

    Y entonces me habló de aquello que resumía toda su enseñanza.

    PARA.

    MIRA.

    ACTÚA.

    —Explícame.

    —La mayoría vive dormida.

    No cerrando los ojos.

    Sino viviendo en piloto automático.

    Corriendo.

    Reaccionando.

    Repitiendo.

    Por eso el primer paso es detenerse.

    PARA.

    Me observó.

    —Cuando te detienes, comienzas a ver.

    MIRA.

    Las oportunidades aparecen.

    La belleza aparece.

    Las personas aparecen.

    La vida aparece.

    Y entonces llega el tercer paso.

    ACTÚA.

    —¿Actuar cómo?

    —Amando.

    Ayudando.

    Aprendiendo.

    Compartiendo.

    Recibiendo.

    Viviendo.

    El valle parecía volverse más luminoso mientras hablaba.

    O tal vez era mi percepción la que estaba cambiando.

    Entonces recordé la frase que había inspirado mi viaje.

    "El vivir agradecidos nos ayuda a darnos cuenta de que hay recursos suficientes para todos. Así, la gratitud nos proporciona una sensación de satisfacción y un gozoso deseo de compartir con los demás."

    Le pregunté por ella.

    David asintió.

    —El miedo siempre dice: "No alcanza."

    La gratitud dice: "Mira mejor."

    —¿Y si realmente no alcanza?

    —Siempre hay algo para compartir.

    Una sonrisa.

    Un gesto.

    Una escucha.

    Una oración.

    Una palabra.

    Un silencio.

    Volvimos a sentarnos.

    Las nubes comenzaban a abrirse.

    Un rayo de sol descendió sobre los prados.

    Y entonces comprendí algo extraordinario.

    La gratitud no era una emoción.

    Era una forma de percibir.

    Un modo de habitar el mundo.

    Una alquimia espiritual.

    David parecía leer mis pensamientos.

    —Exactamente.

    La gratitud no depende de que todo salga bien.

    Depende de reconocer el regalo escondido en cada instante.

    —¿Y cuál es el mayor regalo?

    Su respuesta llegó inmediatamente.

    —Este momento.

    Miré alrededor.

    El viento.

    Las montañas.

    El agua.

    La luz.

    La conversación.

    Mi propia respiración.

    Y entendí.

    No intelectualmente.

    Profundamente.

    La felicidad no estaba al final del camino.

    Estaba escondida dentro de la capacidad de recibir plenamente el instante presente.

    El tiempo pareció detenerse.

    Quizás fueron minutos.

    Quizás horas.

    Quizás siglos.

    Finalmente la semilla de pehuén comenzó a vibrar nuevamente.

    El portal se abría.

    Había llegado el momento de regresar.

    David se puso de pie.

    Su figura parecía fundirse con el paisaje alpino.

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  4. Como si perteneciera naturalmente a aquellas montañas.

    Como un viejo árbol.

    Como una fuente antigua.

    Como una campana que continúa resonando mucho después de haber sido tocada.

    Antes de despedirnos me dijo:

    —Cuando regreses a la Patagonia, no cuentes que encontraste un anciano sabio.

    Cuenta que encontraste una puerta.

    —¿Cuál puerta?

    Sonrió.

    Aquella sonrisa que parecía contener un siglo de contemplación.

    —La que siempre estuvo dentro de ti.

    La luz envolvió nuevamente el valle.

    Los Alpes desaparecieron.

    Las campanas se alejaron.

    El bosque austríaco se convirtió en pehuenes.

    Y volví a Aluminé.

    La mañana seguía allí.

    El río seguía allí.

    Las nubes seguían allí.

    Todo parecía igual.

    Pero nada era igual.

    Porque ahora comprendía algo que quizás los antiguos sabios, los monjes, los pueblos originarios y las montañas han intentado enseñarnos desde siempre.

    La abundancia no comienza cuando obtenemos más.

    Comienza cuando reconocemos lo que ya hemos recibido.

    Y más allá del crepúsculo, donde las geografías se encuentran y las almas dialogan sin necesidad de palabras, la voz del hermano David continúa resonando como una campana invisible:

    "Detente.

    Mira.

    Actúa.

    Y agradece.

    Porque este instante es el milagro."

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