'Om Mani Peme Hum' es el mantra del Señor Chengrezig, el bodhisattva de la compasión. La traducción del mantra es 'saludo a la joya en el loto'. La joya es la naturaleza de Buda. Los budistas tibetanos creen que decir el mantra (oración) Om Mani Padme Hum, en voz alta o en silencio, invoca la poderosa atención benevolente y las bendiciones de Chenrezig, la encarnación de la compasión. Se dice que todas las enseñanzas del Buda están contenidas en este mantra, por lo que Om Mani Padme Hum realmente no se puede traducir en una simple frase u oración. El nombre de este proyecto deriva de Maitreya (en sánscrito), que es un nombre que aparece en la espiritualidad budista para referirse a un futuro Buda de este mundo en la escatología budista.
Maitreya - The Asian Experience (2003)
01. Evolving
02. Badariya
03. Desert Song
04. Translucent Dreams
05. Solitary Being
06. Amitabha
07. Refuge In Buddha
08. Aghore
09. Rudram
10. Tibet
Duración total: 55:33 min.
01. Evolving
02. Badariya
03. Desert Song
04. Translucent Dreams
05. Solitary Being
06. Amitabha
07. Refuge In Buddha
08. Aghore
09. Rudram
10. Tibet
Duración total: 55:33 min.
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El secreto para gozar de salud en cuerpo y alma es no lamentarse por el pasado ni preocuparse por el futuro, sino vivir el presente sabia y diligentemente. —Buda.
ResponderEliminar🕉️ El Portal del Loto y la Nieve
ResponderEliminarLa madrugada en Aluminé parecía suspendida fuera del tiempo. El viento otoñal descendía desde las montañas neuquinas como un susurro antiguo, rozando lentamente los álamos desnudos mientras el agua comenzaba a calentarse para mis primeros mates. Había algo distinto en el aire aquella noche. Una vibración apenas perceptible, como si el universo respirara más lento, aguardando silenciosamente que algo sagrado ocurriera.
Frente a mí, descansaba el Sungkor que el Venerable Lama Thubten Wangchen me había obsequiado años atrás durante uno de sus viajes por la Patagonia. A veces lo observo y siento que no pertenece del todo a este mundo. Hay objetos que guardan memoria espiritual, como si absorbieran plegarias, miradas y silencios a lo largo del tiempo. Ese pequeño círculo sagrado parecía irradiar una calma imposible de explicar con palabras humanas.
Lo sostuve entre mis manos mientras el mate humeaba lentamente. Cerré los ojos. Y entonces ocurrió.
No sé si fue un sueño, una visión o simplemente el espíritu alejándose por un instante de las fronteras visibles de la realidad. Pero el sonido del viento cambió. Ya no era el viento de la Patagonia. Era otro. Más seco. Más elevado. Más antiguo.
Cuando abrí los ojos, Aluminé había desaparecido.
Ante mí se extendían las inmensas montañas del Tíbet, cubiertas por nieve eterna y banderas de oración danzando entre precipicios imposibles. El aire era delgado y puro. El cielo parecía más cercano, como si pudiera tocarse con las manos. Sentí el aroma de manteca de yak quemándose lentamente en lámparas de monasterio y escuché a lo lejos el eco grave de trompas tibetanas atravesando los valles.
Entonces lo vi.
Buda permanecía sentado frente a mí, en absoluto silencio, como si hubiese estado aguardando desde siempre este encuentro imposible. No había solemnidad en su mirada, ni distancia divina. Solo una serenidad inmensa, parecida a la quietud de un lago cuando el viento finalmente se detiene.
Me senté frente a él sin decir palabra. Porque comprendí que algunas preguntas ya habitan en el corazón mucho antes de ser pronunciadas.
El Sungkor comenzó a girar lentamente entre mis dedos mientras en el aire parecía surgir el mantra eterno:
Om Mani Padme Hum.
El sonido no provenía de ningún lugar concreto. Estaba en las montañas, en el viento, en mi respiración, en el universo entero. Era como si cada piedra del Himalaya pronunciara aquella plegaria ancestral desde hacía siglos.
—Maestro —pregunté finalmente—, ¿cómo puede el hombre encontrar paz en un mundo tan lleno de ruido y ansiedad?
Buda sonrió apenas, observando el horizonte blanco de las montañas.
—Porque el hombre vive atrapado entre sombras que no existen —respondió con suavidad—. Se lamenta por caminos que ya desaparecieron y teme senderos que todavía no nacieron. Pero la vida solamente respira aquí… ahora.
Sus palabras atravesaron mi interior como el viento helado del Tibet cruzando un templo vacío. Comprendí entonces la profundidad de aquella enseñanza:
"El secreto para gozar de salud en cuerpo y alma es no lamentarse por el pasado ni preocuparse por el futuro, sino vivir el presente sabia y diligentemente."
Qué difícil resulta habitar verdaderamente el presente. Incluso en la Patagonia, donde el tiempo parece más lento, solemos arrastrar nostalgias o perseguir futuros imaginarios como viajeros perdidos en medio de una tormenta de nieve. Pero en aquel instante, frente a Buda, entendí que el presente no es un simple momento fugaz. Es un portal. El único portal verdadero.
El mantra seguía vibrando alrededor nuestro.
Om Mani Padme Hum.
La joya en el loto. La compasión floreciendo en medio del barro del mundo humano. La naturaleza búdica escondida dentro de cada ser, aguardando despertar. Comprendí que aquel sonido sagrado no era solamente una oración. Era una llave espiritual. Un eco milenario recordándonos que todos cargamos luz incluso en nuestras zonas más oscuras.
Miré mis manos sosteniendo el Sungkor y sentí algo profundamente extraño: el Tíbet y la Patagonia ya no parecían lugares distintos. Ambos territorios compartían el mismo misterio silencioso. Las montañas neuquinas y los Himalayas se unían en una misma geografía espiritual donde el viento enseña, donde el silencio revela y donde el alma puede escuchar finalmente su propia verdad.
ResponderEliminarBuda permanecía inmóvil, aunque su presencia parecía expandirse más allá del paisaje.
—¿Y qué ocurre cuando olvidamos quiénes somos? —pregunté casi en un susurro.
Él observó las banderas de oración danzando entre la nieve.
—Entonces la compasión debe guiarnos de regreso.
Aquella respuesta quedó suspendida dentro de mí como una campana vibrando en un monasterio lejano. Porque quizás toda búsqueda espiritual sea exactamente eso: regresar. No convertirnos en algo nuevo, sino recordar aquello esencial que siempre estuvo dentro nuestro antes del miedo, antes del ruido, antes de las heridas del tiempo.
El cielo comenzó a cubrirse lentamente de una luz azulada. El amanecer se aproximaba sobre las montañas tibetanas. O tal vez sobre Aluminé. Ya no podía distinguirlo.
Entonces comprendí algo aún más profundo.
Quizás todos atravesamos portales invisibles constantemente. La música. El silencio. La contemplación. Un mantra pronunciado con el corazón sincero. Un mate compartido frente al fuego. Todo puede convertirse en una puerta hacia dimensiones donde el espíritu recuerda su verdadera naturaleza.
Y mientras el mantra continuaba expandiéndose infinitamente en el aire helado…
Om Mani Padme Hum.
…sentí que el universo entero respiraba dentro de un único instante perfecto.
El único instante que verdaderamente existe.