Brenda J Johnson es violonchelista, compositora y arreglista que vive en Mount Wolf, PA. Durante los últimos treinta y cinco años, Brenda ha tocado en sinfonías tradicionales, orquestas de foso y cuartetos de cuerda, así como en conjuntos más pequeños como bandas folclóricas, dúos de violonchelo y guitarra y un trío de viento y cuerdas. Greg Maroney es un pianista y compositor contemporáneo cuya música emocionalmente rica y accesible se toca y se ama en todo el mundo. Pacíficas y serenas u oscuras y apasionadas, sus composiciones reflejan una vida vivida en armonía con la naturaleza y un profundo amor por la belleza que lo rodea. La música puede abrir el corazón y dejar entrar la luz del sol; si permites que esto suceda, todos tus sueños se hacen realidad!
Greg Maroney & Brenda J Johnson - All Your Dreams Come True (Single) (2023)
01. All Your Dreams Come True (piano and cello)
Duración total: 04:30 min.
01. All Your Dreams Come True (piano and cello)
Duración total: 04:30 min.
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¿Acaso la gratitud no es pasar de la sospecha a la confianza, de la arrogante autosuficiencia a la humilde solidaridad, de la falsa independencia a la aceptación de una dependencia liberadora?
ResponderEliminar—David Steindl-Rast
🌄 Donde la gratitud se vuelve sendero
ResponderEliminarVivir en Aluminé es aprender a escuchar lo que no se dice. El viento entre los pehuenes no impone, susurra. El río no exige, fluye. Y en ese fluir silencioso, algo en mí comenzó a resquebrajarse: esa vieja sospecha de que todo debía sostenerlo solo, de que la vida era una batalla íntima donde la autosuficiencia era virtud y escudo.
Pero hay días —sobre todo al caer el crepúsculo, cuando la luz parece recordar lo que fuimos antes de olvidarnos— en que esa idea se vuelve insostenible. Es ahí donde la música de All Your Dreams Come True se cuela como un hilo invisible entre el alma y lo infinito. El piano de Greg Maroney no empuja: acompaña. El violonchelo de Brenda J. Johnson no reclama: abraza. Y en ese abrazo sonoro, algo cede.
Entonces comprendo —o quizás apenas intuyo— que la gratitud no es un gesto educado ni una fórmula aprendida. Es un tránsito. Un cruce sutil desde la sospecha hacia la confianza. Como cuando uno se anima a internarse en un bosque sin mapa, confiando en que cada paso, incluso el incierto, forma parte de un camino mayor.
La autosuficiencia, esa arrogante ilusión de control, empieza a desvanecerse como la escarcha al sol. Y en su lugar emerge algo más honesto: la necesidad del otro, del entorno, del misterio mismo. Porque aquí, en esta Patagonia que respira antiguo, nadie se basta a sí mismo. Dependemos del clima, de la tierra, del fuego compartido, de la mirada que nos reconoce.
Y, sin embargo, esa dependencia no pesa. Libera.
Es una paradoja que sólo se entiende sintiéndola: al soltar la falsa independencia, dejo de luchar contra la corriente y empiezo a ser parte de ella. Como las notas que no buscan destacarse, pero juntas crean una melodía que trasciende a cada instrumento.
Quizás la gratitud sea eso: una rendición sin derrota. Una forma de decir “sí” a lo que es, incluso cuando no lo comprendo del todo. Una aceptación profunda de que no estoy solo, de que nunca lo estuve. De que hay una red invisible —de sonidos, de presencias, de instantes— sosteniéndome incluso cuando dudo.
Y así, entre montañas que guardan secretos y músicas que abren grietas en el alma, empiezo a caminar distinto. Ya no desde la defensa, sino desde la apertura. Ya no desde la carencia, sino desde el asombro.
Porque tal vez, sólo tal vez, todos los sueños se vuelven posibles cuando dejamos de perseguirlos… y empezamos a agradecer como si ya estuvieran ocurriendo.