Fiona Joy Hawkins - Portrait of a Waterfall (2005)

El álbum de Fiona Joy Hawkins "Portrait of a Waterfall (Retrato de una Cascada)" ha sido descrito como música para soñar. Con piano, este álbum calma la mente y, sin embargo, permite que el oyente se pierda en la belleza de las melodías románticas. La pista que dá título al álbum demuestra un piano y una orquestación impresionantes que elevan el espíritu humano y, sin embargo, calman el alma. Con una formación clásica como pianista y también una artista de éxito, Fiona pinta resúmenes brillantes utilizando manuscritos originales en el lienzo para que el espectador pueda oír y ver la música. Este es un CD bellamente compuesto y artísticamente interpretado. Establece el estado de ánimo para la relajación total y los pensamientos que pueden desvanecerse en la noche.

Fiona Joy Hawkins - Portrait of a Waterfall (2005)

01. Escarpment Dreaming
02. View From My Studio
03. Portrait of a Waterfall
04. Opus Rain 1st Movement 'through Cloud'
05. 2nd Movement 'Rain'
06. 3rd Movement 'The Ascent'
07. Prelude to a Landscape
08. A Winter Morning
09. Improvisation
10. Ciney's Theme (Wedding March)
11. For The Roses
13, Portrait of a Waterfall (Reprise)

Duración total: 50:48 min.

Comentarios

  1. Los ojos de la persona agradecida miran a cada cosa como si nunca la hubieran visto y la acarician como si nunca más la hubieran de volver a ver.

    —David Steindl-Rast

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  2. 🌄 El Amanecer de lo Visible

    Hoy, mientras la bruma patagónica se disolvía sobre Aluminé y el río dibujaba reflejos de fuego y agua, Kayquén corría entre la hierba húmeda y yo me detuve, simplemente, a mirarla. Y fue entonces cuando comprendí que cada instante podía ser un descubrimiento: los ojos de la gratitud nos transforman en exploradores perpetuos.

    David Steindl-Rast lo dijo de manera sublime: “Los ojos de la persona agradecida miran a cada cosa como si nunca la hubieran visto y la acarician como si nunca más la volvieran a ver.” Y es cierto. Mirar con ojos agradecidos no es solo contemplar, es reinventar. Es volver a nacer en la simplicidad de la luz que se filtra entre los álamos, en la curva juguetona de la cola de Kayquén, en la música que parece surgir del viento que atraviesa los Andes.

    Me di cuenta de que la gratitud no necesita ceremonias ni grandes gestos. Surge en la manera en que el mundo nos toca: el olor del pasto mojado, el murmullo de un arroyo escondido, el calor de una caricia inesperada. Cada detalle se convierte en un milagro si lo miramos sin la carga de lo familiar, como si fuera la primera vez que nuestros ojos lo descubren. Y en ese redescubrimiento, lo efímero se vuelve eterno, y lo cotidiano, sagrado.

    Kayquén, en su juego incansable, me recordó que la vida no espera a que la comprendamos. Nos invita a danzar en sus instantes, a saborear la textura de lo que existe y luego, quizá, a soltarlo con suavidad. La gratitud es esa danza silenciosa entre lo que nos rodea y lo que nos habita, donde cada mirada es un puente hacia lo que somos y lo que podemos ser.

    En esta mañana patagónica, con el cielo pintado de auroras tempranas, entendí que mirar con ojos agradecidos es una forma de magia cotidiana: convierte lo ordinario en extraordinario, lo simple en profundo, y nos recuerda que, aunque el mundo siga girando, nosotros podemos detenernos un momento y, en esa pausa, abrazar la totalidad de lo que nos rodea.

    Así, cada rincón de Aluminé, cada rayo de sol, cada ladrido y carrera de Kayquén se volvió un recordatorio de que vivir con gratitud es volver a nacer con cada respiración, con cada mirada y con cada instante que nunca más volverá a repetirse.

    El espíritu viaja, y nosotros viajamos con él, no más allá del crepúsculo, sino dentro de cada pequeño milagro que decide revelarse a quienes se atreven a ver con ojos que acarician y aprecian.

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