"Cosmic Visions", el 18º álbum del ganador del premio multinacional Douglas Blue Feather, lleva al oyente a un viaje relajante y meditativo a través del cosmos con la flauta nativa americana rodeada de teclados etéreos y piano. Un álbum imprescindible para Douglas Blue Feather y los fans de la música New Age. Esta oferta de Douglas Blue Feather es una expresión serenamente hermosa y sofisticada de la magia de la música. La inquietante flauta permanece en la mente mucho después de que terminan las canciones, y tiene una hermosa cualidad de atemporalidad en sus notas sinuosas. "Cosmic Visions" trae el mundo del espacio exterior a la sala de estar del oyente, transformando y estimulando siendo muy satisfactorio. Ganador del Global Music Award al Mejor CD New Age.
Douglas Blue Feather - Cosmic Visions (2016)
01. Touch the Stars
02. Deep Space
03. Caves of Mars
04. Orion's Belt
05. Cosmic Visions
06. Pleiadian Love Song
07. First Contact
08. Winds of Andromeda
09. Edge of the Universe
10. Awaken the Earth
Duración total: 57:31 min.
.jpg)
¿Puedes recordar quién eras antes de que el mundo te dijera quién debías ser?
ResponderEliminar—Charles Bukowski
🌿 Antes del nombre que me dieron los vientos
ResponderEliminarEl atardecer descendía lentamente sobre Aluminé.
Los últimos días de mayo tienen una manera especial de despedir la luz. No lo hacen con prisa. No lo hacen con tristeza. Lo hacen como quien cierra un libro antiguo sabiendo que cada palabra permanecerá viva en la memoria de las piedras.
El cielo ardía en tonos cobrizos detrás de las montañas, mientras el viento del sur recorría los bosques de pehuenes con una voz que parecía llegar desde siglos remotos.
Aquella tarde caminé solo hasta un lugar donde el río disminuye su ruido y las sombras comienzan a extenderse sobre la tierra húmeda. Allí me esperaba un anciano kimche, uno de esos hombres que parecen haber aprendido a escuchar aquello que la mayoría de nosotros hemos olvidado.
Nos sentamos frente al fuego.
Durante varios minutos no dijo una sola palabra.
Yo tampoco.
En ocasiones el silencio es el idioma más sincero.
Entonces observó el horizonte y preguntó:
—Neto, ¿puedes recordar quién eras antes de que el mundo te dijera quién debías ser?
La pregunta atravesó mi interior como una flecha invisible.
Había leído aquella frase atribuida a Bukowski. Sin embargo, en labios del kimche adquiría una profundidad completamente distinta.
No parecía una reflexión filosófica.
Parecía un llamado.
Un llamado antiguo.
Como si algo dentro de mí hubiera estado esperando escuchar exactamente esas palabras.
Miré las brasas.
Intenté responder.
Pensé en los años.
Pensé en los nombres.
Pensé en los títulos.
Pensé en las expectativas.
Pensé en las máscaras.
Y comprendí que no sabía qué contestar.
El anciano sonrió.
Como si hubiera escuchado mi silencio.
—Eso ocurre porque buscas en tu memoria humana —dijo—. Pero no es allí donde vive la respuesta.
Le pregunté dónde debía buscar.
Entonces tomó una rama seca y dibujó un círculo sobre la tierra.
—Los antiguos enseñaban que cada persona llega a este mundo trayendo una melodía propia. No una identidad. No una profesión. No un destino escrito. Una melodía.
El fuego crepitó.
Las sombras crecían entre los árboles.
El kimche continuó:
—Cuando somos niños todavía escuchamos esa melodía. La escuchamos en los sueños. En la imaginación. En los juegos. En la manera en que observamos las nubes y conversamos con el viento.
Guardó silencio.
—Después llegan las voces del mundo.
Sentí que sus palabras tocaban algo profundo.
—Nos enseñan quién debemos ser. Nos dicen qué pensar. Nos explican cómo debemos comportarnos. Nos entregan nombres, etiquetas y obligaciones.
Levantó la mirada hacia las montañas.
—Y poco a poco dejamos de escuchar nuestra canción original.
El viento se intensificó.
Las copas de los pehuenes comenzaron a moverse como si miles de espíritus estuvieran conversando sobre nuestras cabezas.
Recordé entonces algo que siempre me había intrigado de la cosmovisión mapuche.
La idea de que todo posee ngen.
Todo posee espíritu.
Todo posee una conciencia propia.
Los ríos.
Las piedras.
Los árboles.
Las montañas.
Incluso los silencios.
Le pregunté al anciano si era verdad que la naturaleza habla.
Él sonrió nuevamente.
—La pregunta correcta no es si la naturaleza habla.
Se inclinó hacia mí.
—La pregunta es cuándo dejamos de escucharla.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Como una llave.
Como una puerta.
Como un secreto.
Durante años había recorrido caminos buscando respuestas espirituales en libros, símbolos, filosofías y enseñanzas.
Sin embargo, allí estaba comprendiendo algo extraordinariamente simple.
Quizás la sabiduría no consiste en aprender más.
Quizás consiste en recordar.
El kimche pareció leer mis pensamientos.
—Los antiguos decían que la memoria más importante no está en la mente.
—¿Dónde está?
Se llevó una mano al pecho.
—Aquí.
Miré las brasas.
El fuego parecía dibujar formas cambiantes.
Por un instante tuve la sensación de que el tiempo se volvía más lento.
Como si el crepúsculo estuviera abriendo una grieta entre los mundos.
El anciano comenzó a hablar sobre el otoño.
Dijo que la mayoría de las personas creen que esta estación representa el final.
ResponderEliminarPero para los antiguos era otra cosa.
Era el momento de la revelación.
Los árboles no mueren en otoño.
Se muestran.
Dejan caer aquello que ya no necesitan.
Renuncian a las apariencias.
Se despojan.
Y al hacerlo revelan su verdadera estructura.
Sus ramas.
Su esencia.
Su forma desnuda.
—Los seres humanos deberíamos aprender de los árboles —dijo.
Observé las hojas amarillas que el viento arrastraba sobre el suelo.
Comprendí entonces que muchas veces confundimos crecimiento con acumulación.
Más conocimientos.
Más logros.
Más reconocimiento.
Más pertenencias.
Más identidad.
Pero quizás el crecimiento auténtico ocurre cuando comenzamos a soltar.
Cuando dejamos caer las hojas viejas.
Cuando abandonamos aquello que ya no somos.
Cuando permitimos que nuestra esencia vuelva a respirar.
El kimche tomó una piedra del suelo.
La sostuvo frente al fuego.
—Mira esta piedra.
Lo hice.
—¿Qué ves?
—Una piedra.
Negó suavemente con la cabeza.
—Eso es lo que te enseñaron a ver.
Permaneció en silencio unos segundos.
—Yo veo millones de años de memoria.
Aquella respuesta me estremeció.
Porque era verdad.
Las cosas nunca son únicamente lo que parecen.
Las montañas no son montañas.
Son tiempo visible.
Los ríos no son agua.
Son movimiento eterno.
Los árboles no son árboles.
Son puentes entre la tierra y el cielo.
Y nosotros mismos no somos solamente quienes creemos ser.
Somos algo mucho más vasto.
Mucho más antiguo.
Mucho más misterioso.
La noche comenzaba a descender sobre Aluminé.
Las primeras estrellas aparecían lentamente sobre el horizonte.
Entonces el kimche pronunció unas palabras que todavía resuenan en mi interior.
—La mayoría de las personas pasan la vida intentando descubrir quiénes son.
Hizo una pausa.
—Pero el espíritu no busca descubrir.
Busca recordar.
Sentí un escalofrío.
Porque de pronto entendí el verdadero significado de aquella pregunta inicial.
¿Quién era antes de que el mundo me dijera quién debía ser?
No se trataba de regresar a la infancia.
No se trataba de abandonar responsabilidades.
No se trataba de rechazar la experiencia.
Se trataba de algo más profundo.
Recordar la voz original.
La vibración interior.
La melodía secreta que existe debajo de todos los nombres.
Debajo de todas las historias.
Debajo de todas las máscaras.
El fuego se apagaba lentamente.
El anciano observó las estrellas.
—Cuando un ser humano recuerda quién es, deja de caminar contra el universo.
Miré el cielo.
La inmensidad parecía expandirse sobre nosotros.
—¿Y qué ocurre entonces? —pregunté.
El kimche sonrió.
Una sonrisa serena.
Antigua.
Tan antigua como las montañas.
—Entonces comprende que nunca estuvo perdido.
Sólo estaba distraído.
Regresé aquella noche con el corazón silencioso.
Mientras caminaba bajo el cielo otoñal de Aluminé, sentí que el viento parecía susurrar algo entre los árboles.
Tal vez era una enseñanza.
Tal vez era una memoria.
Tal vez era la voz de todos aquellos que caminaron estas tierras antes que nosotros.
O tal vez era simplemente mi espíritu despertando de un largo sueño.
Desde entonces, cada vez que el mundo intenta decirme quién debo ser, vuelvo a escuchar aquella pregunta.
Y la dejo resonar en mi interior como una campana invisible.
¿Puedes recordar quién eras antes de que el mundo te dijera quién debías ser?
Quizás la respuesta no se encuentre en ningún libro.
Ni en ningún maestro.
Ni siquiera en ninguna tradición.
Quizás espera pacientemente dentro de nosotros.
Más allá de los nombres.
Más allá de las certezas.
Más allá del crepúsculo.
Allí donde el espíritu todavía recuerda el lenguaje secreto de las estrellas.