Masako ha lanzado su séptimo álbum "Call of the Mountains – Ascent" producido por Will Ackerman y Tom Eaton. Masako es una pianista y compositora nacida en Japón con una amplia formación en música clásica y jazz. Ahora vive en el noreste de los Estados Unidos. La mayoría de sus composiciones se han inspirado en la naturaleza. Ella espera que su amor por la naturaleza y la conciencia ecológica se reflejen en su sonido, y que su música pueda ayudar de alguna manera a proteger nuestro hermoso planeta. Masako tiene una comprensión superior de lo que es capaz de hacer la música y cómo encapsular la energía de la música en sus melodías para transmitirlas a su audiencia. Este tesoro de notas musicales se involucra instantáneamente en un trabajo profundo en el centro de nuestro ser.
Masako - Call of the Mountains: Ascent (2023)
01. Calling
02. Final Ascent
03. Elusive
04. Conifers
05. Embraced by Green
06. Solitude
07. Traverse
08. Mothers
09. Swift River
10. What I Left Behind
11. How to Calm a Bear
12. Deepening Autum
13. Above the Treeline
14. Lady's Slipper
Duración total: 66:02 min.
01. Calling
02. Final Ascent
03. Elusive
04. Conifers
05. Embraced by Green
06. Solitude
07. Traverse
08. Mothers
09. Swift River
10. What I Left Behind
11. How to Calm a Bear
12. Deepening Autum
13. Above the Treeline
14. Lady's Slipper
Duración total: 66:02 min.
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Si en el mundo no hay paz es porque nos hemos olvidado de que nos pertenecemos los unos a los otros.
ResponderEliminar—Teresa de Calcuta
Simplemente Majestuoso! amigo Neto, te subyuga el alma escuchar cada pieza de esta magnifica artista! eternas gracias!
ResponderEliminarMe gusta mucho esta pianista llamada Masako! Una pieza exquisita para disfrutar! Gracias infinitas por comentar Sandy! Fuerte abrazo a la distancia cercana!
ResponderEliminar🤝 La Memoria del Nosotros
ResponderEliminarExiste un antiguo recuerdo dormido en el corazón de la humanidad. No aparece en los libros ni en los mapas, pero vive como un eco en lo profundo del espíritu. Es la memoria de que, antes de los nombres, antes de las fronteras, antes incluso de las palabras que separan, éramos parte de una misma respiración.
Tal vez por eso, cuando miramos el mundo y vemos conflictos, distancias o silencios entre las personas, sentimos una inquietud difícil de explicar. Como si algo esencial estuviera fuera de lugar, como si la música de la vida estuviera tocándose con algunas notas olvidadas.
Las palabras de Teresa de Calcuta apuntan precisamente hacia ese misterio: si en el mundo no hay paz, es porque hemos olvidado que nos pertenecemos unos a otros.
Pero ese “pertenecer” no habla de posesión ni de dominio. Habla de vínculo.
Es el mismo vínculo que une a los árboles en un bosque, cuyas raíces se entrelazan bajo la tierra sin competir por el sol. Es el mismo hilo invisible que conecta a las estrellas en la vasta oscuridad del universo, formando constelaciones que solo existen cuando aprendemos a mirar el cielo como un todo.
La humanidad también es una constelación.
Sin embargo, con el paso del tiempo, cada estrella comenzó a creerse aislada. Levantamos muros invisibles hechos de miedo, orgullo o indiferencia. Y en ese proceso olvidamos algo sencillo y profundo: el sufrimiento de uno resuena en todos, aunque no lo percibamos de inmediato.
Cuando una persona pierde la esperanza, el mundo se vuelve un poco más silencioso.
Cuando alguien actúa con compasión, la luz del universo se expande ligeramente.
Es una red sutil, casi imperceptible, donde cada gesto tiene una vibración.
La paz, entonces, no es solo un acuerdo entre naciones ni un momento sin conflicto. Es un estado de conciencia que comienza cuando recordamos la unidad que subyace en lo visible. Cuando comprendemos que cada rostro que encontramos es, de alguna forma, un reflejo distinto del mismo misterio que habita en nosotros.
En ese instante cambia la forma en que caminamos por la vida.
Las palabras se vuelven más cuidadosas.
Los gestos más conscientes.
Las diferencias dejan de ser amenazas y se convierten en matices de una misma melodía humana.
Quizás el verdadero viaje espiritual no consista en alejarnos del mundo, sino en aprender a percibir esa red invisible que nos sostiene. Una red donde cada acto de empatía repara un fragmento del tejido común.
Como una sinfonía que parecía dispersa pero que, al escucharse con atención, revela una armonía secreta.
En el fondo, todos buscamos lo mismo: un lugar donde el alma pueda descansar sin sentirse separada. Y ese lugar no está en otro tiempo ni en otro planeta. Está aquí, en el instante en que recordamos que el “yo” y el “otro” son solo dos notas dentro de una misma canción.
Tal vez la paz no sea algo que debamos construir desde cero.
Tal vez sea algo que ya existe, esperando ser recordado.
Y cada vez que extendemos una mano, escuchamos con el corazón o miramos a alguien con verdadera presencia, el universo parece susurrar una verdad antigua:
que nunca estuvimos realmente separados.
Solo habíamos olvidado la música del nosotros. ✨