Thad Fiscella - Beyond The Horizon (2022)

"Beyond the Horizon" es el noveno álbum de piano solo del pianista y compositor Thad Fiscella y continúa donde lo dejó su álbum de 2019. Su música nueva siempre es un placer especial debido a su profunda sinceridad, así como a la belleza de la música en sí. Thad se inspira para su música en su familia, experiencias de vida y su relación con el Señor. De formación clásica, empezó a componer música desde niño y estudió varios instrumentos además del piano. Su música es relajante y pretende ser música de fondo en tu vida, pero también pide ser escuchada en su totalidad para saborear cada nota así como el espíritu de cada pieza. Una mezcla de tradiciones clásicas y una expresión profundamente personal, "Beyond The Horizon" es una obra de arte sincera.

Thad Fiscella - Beyond The Horizon (2022)

01. After the Rain
02. Chasing the Sunset
03. Overcome
04. Beyond
05. Safe Here
06. Clear Skies
07. Horizon
08. Hand in Hand
09. Solace
10. Undercurrent
11. Wandering
12. Home

Duración total: 48:15 min.

Comentarios

  1. Si de noche lloras por el sol, las lágrimas no te permitirán ver las estrellas.

    —Rabindranath Tagore

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  2. 🔥 Donde la Oscuridad Aprende a Hablar

    Esta noche el frío cayó sobre Aluminé como una sombra antigua descendiendo desde las montañas. El otoño de finales de mayo parecía respirar lentamente entre los árboles desnudos y el viento arrastraba hojas secas por las calles silenciosas del pueblo.

    Había algo diferente en el aire.

    Algo difícil de explicar.

    Como si la noche hubiese llegado cargada de un mensaje invisible.

    Las luces comenzaron a apagarse una a una. Primero algunas casas. Luego las calles. Después todo quedó sumergido en una oscuridad profunda que transformó el pueblo en un territorio extraño y silencioso.

    Por un instante sentí miedo.

    Ese miedo antiguo que aparece cuando desaparecen las certezas y sólo queda el sonido del viento respirando detrás de las ventanas.

    Entonces recordé las palabras de aquel anciano mapuche que había conocido tiempo atrás cerca del río.

    “El espíritu ve mejor cuando el mundo deja de distraerlo.”

    Tomé mi abrigo y salí.

    La noche estaba completamente oscura. El cielo parecía una inmensa piedra negra suspendida sobre la cordillera. No había motores. No había música. No había pantallas iluminando los rostros.

    Sólo silencio.

    Y fue justamente en medio de aquella oscuridad cuando comenzaron a ocurrir cosas extrañas.

    Las personas salieron lentamente de sus casas.

    Algunos llevaban velas. Otros linternas pequeñas. Algunos simplemente caminaban buscando compañía humana en medio de la noche helada.

    Y entonces apareció algo que durante mucho tiempo había permanecido dormido.

    Las voces.

    Los vecinos comenzaron a hablar entre ellos como si se reconocieran después de muchos años. Compartían fuego. Compartían café caliente. Compartían historias mínimas que normalmente el ruido cotidiano devora antes de que nazcan.

    Una mujer anciana comenzó a cantar suavemente desde una ventana.

    Un niño reía mirando las estrellas como si las descubriera por primera vez.

    Y por un instante tuve la sensación de que la oscuridad no había venido a quitarnos algo…

    sino a devolvernos algo que habíamos olvidado.

    Caminé hasta las afueras del pueblo siguiendo el sonido del viento entre los árboles. Allí, junto a unas piedras húmedas y protegidas por unas ramas, encontré nuevamente al viejo mapuche sentado frente a un pequeño fuego.

    Parecía esperarme.

    Me acerqué en silencio.

    Él observó las llamas y dijo:

    —La noche siempre revela el verdadero rostro de las almas.

    Nos sentamos junto al fuego mientras el frío avanzaba desde la montaña.

    Le conté lo que estaba ocurriendo en el pueblo. Las velas. Las conversaciones. El extraño sentimiento de humanidad que había nacido en medio del apagón.

    El anciano sonrió apenas.

    —Porque el exceso de luz también puede volver ciego al espíritu.

    Aquella frase quedó suspendida dentro de mí como humo lento.

    El fuego iluminaba apenas nuestros rostros. Más allá sólo existía la inmensidad oscura del bosque y el rumor lejano del río respirando entre las piedras.

    —En la memoria antigua de nuestro pueblo —continuó diciendo— la oscuridad nunca fue enemiga. La noche es el lugar donde los espíritus descansan y donde el corazón puede volver a escuchar aquello que el día silencia.

    Miré hacia el cielo.

    Las estrellas brillaban con una intensidad salvaje sobre Aluminé. Hacía mucho tiempo que no veía el universo tan vivo.

    Y comprendí algo doloroso:

    Pasamos gran parte de nuestras vidas huyendo de la oscuridad, sin entender que muchas veces es allí donde nace la verdadera luz.

    El anciano tomó una rama seca y la acercó al fuego.

    —Mira esto —susurró—. La llama no existe para vencer la noche. Existe para recordarle al hombre que incluso una pequeña luz puede desafiar la inmensidad.

    Sentí un escalofrío.

    Porque entendí que hablaba también del alma humana.

    Cuántas veces creemos estar apagados…

    cuántas veces pensamos que ya no queda nada dentro nuestro…

    y sin embargo basta una palabra, un abrazo, una noche de silencio o una pequeña chispa para que algo vuelva lentamente a despertar.

    El viento comenzó a moverse más fuerte entre los árboles.

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  3. A lo lejos todavía podían verse pequeñas luces danzando detrás de algunas ventanas del pueblo.

    Velas.

    Pequeñas llamas respirando en medio del frío patagónico.

    Y entonces sentí gratitud.

    Una gratitud extraña y profunda.

    No por los momentos fáciles.

    No por la comodidad.

    Sino por estar vivo dentro de aquella noche inmensa.

    Por poder escuchar el fuego.

    Por el misterio de las estrellas.

    Por el silencio.

    Por el simple hecho de existir respirando bajo el mismo cielo que respiraron los antiguos.

    El anciano cerró los ojos y murmuró unas palabras en mapuzungun que el viento pareció llevarse hacia la montaña.

    Después abrió lentamente los ojos y dijo:

    —El alma humana es como una lámpara antigua. A veces necesita atravesar la oscuridad para recordar que todavía puede iluminar.

    Sentí que aquellas palabras descendían dentro de mí como una verdad olvidada.

    Quizá por eso existen las noches difíciles.

    Quizá algunas sombras llegan para romper el ruido del mundo y permitir que el espíritu vuelva a encontrarse consigo mismo.

    Nos quedamos largo rato observando el fuego.

    Ya no hacían falta más palabras.

    Porque hay silencios que hablan directamente con aquello que somos antes de tener nombre.

    Cuando regresé caminando hacia el pueblo, la oscuridad ya no me parecía amenazante.

    Al contrario.

    Sentía que algo invisible caminaba conmigo entre las calles frías de Aluminé.

    Algo antiguo.

    Algo sereno.

    Y mientras observaba las pequeñas llamas detrás de las ventanas comprendí finalmente que incluso en las noches más oscuras existe una luz secreta esperando despertar dentro de nosotros.

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