El aclamado pianista y compositor Alexis Ffrench, anuncia su nuevo disco nacido del dolor, la ira y la impotencia que sintió después de la muerte de George Floyd. Alexis Ffrench no teme fusionar su música con temas de buen peso. Durante años, el pianista pionero ha usado su música para resaltar la salud mental, discutir la diversidad y desafiar al mundo clásico a ser más inclusivo. "Truth", su último álbum, es el más poderoso y político hasta la fecha, y también el más optimista. Grabado en los mundialmente famosos Real World Studios cerca de Bath, trabajó de forma remota con una orquesta de 70 piezas en un estudio personalizado en Viena. El altísimo 'Broken Sunsets' refleja la esperanza del compositor de un futuro más brillante.
Alexis Ffrench - Truth (2022)
01. Canyons
02. One Look
03. Songbird
04. Hope, Ascending
05. Guiding Light
06. Viva Vida Amor
07. Still Life
08. Golden
09. Colours
10. Papillon
11. One Look (Reprise)
12. Evermore
13. Broken Sunsets
Duración total: 42:54 min.
01. Canyons
02. One Look
03. Songbird
04. Hope, Ascending
05. Guiding Light
06. Viva Vida Amor
07. Still Life
08. Golden
09. Colours
10. Papillon
11. One Look (Reprise)
12. Evermore
13. Broken Sunsets
Duración total: 42:54 min.
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No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad.
ResponderEliminar—Gabriel García Márquez
🏔️ Donde el viento aprende a sanar
ResponderEliminarVivo en Aluminé, en el corazón azul y verde de la Patagonia. Aquí el viento no es un visitante: es un maestro. Recorre los lagos como si afinara el agua, atraviesa los bosques de pehuenes y se lleva lo que pesa demasiado. En invierno, la nieve silencia los caminos; en verano, el sol despierta el perfume de la tierra húmeda. Y en cada estación, la montaña parece decir lo mismo: hay heridas que sólo se cierran cuando el alma vuelve a sonreír.
“No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”, escribió Gabriel García Márquez. Al principio pensé que era una metáfora hermosa. Con el tiempo entendí que era una advertencia.
He visto gente buscar remedios para el cansancio del espíritu como quien busca leña mojada en medio del frío. He visto frascos sobre mesas de madera, diagnósticos en papeles prolijos, nombres difíciles para dolores invisibles. Pero aquí, donde el silencio tiene cuerpo y el cielo parece más cercano, se aprende otra cosa: que la tristeza prolongada no se rinde ante comprimidos, sino ante sentido.
La Patagonia es áspera y generosa a la vez. El río Aluminé no pide permiso para avanzar; pule las piedras con paciencia infinita. Así también la felicidad, cuando es verdadera, no llega como un estallido, sino como un pulido constante. No es euforia: es pertenencia. Es saber que uno está exactamente donde debe estar, incluso en medio de la incertidumbre.
He caminado por senderos donde el bosque se cierra y apenas entra la luz. En esos tramos uno aprende a confiar. Cada paso es pequeño, pero firme. Así es la felicidad que sana: no elimina la sombra, pero la atraviesa. No borra la herida, pero la resignifica.
Aquí comprendí que muchas dolencias son nostalgias no escuchadas. El cuerpo habla cuando el alma calla demasiado. Y la felicidad —esa que no depende del clima ni de las noticias— es una forma de reconciliación interior. Es aceptar el paisaje propio, con sus montañas abruptas y sus valles fértiles.
Cuando amanece en Aluminé y el lago refleja el cielo como un espejo perfecto, siento que la naturaleza me recuerda algo esencial: la armonía no se fabrica, se descubre. Y descubrirla implica gratitud. Gratitud por el aire frío que despeja la mente, por el crujido de las ramas bajo las botas, por el mate compartido mientras el mundo parece detenerse.
No todo se cura, es cierto. Hay pérdidas que dejan marcas profundas. Pero incluso en el duelo, la felicidad puede ser una brasa pequeña que resiste. No es negar el dolor; es sostener una chispa de sentido en medio de él.
Quizá la medicina más poderosa no esté en los laboratorios, sino en la capacidad de volver a asombrarnos. En permitirnos reír aun cuando la vida no es perfecta. En contemplar la inmensidad y recordar que somos parte de algo más grande que nuestras preocupaciones.
Desde esta tierra de volcanes dormidos y lagos transparentes he aprendido que la felicidad no es un destino lejano: es una práctica diaria de reconciliación con lo que somos. Y cuando esa reconciliación ocurre, el cuerpo descansa, la mente se aquieta y el corazón entiende que la verdadera salud no siempre se prescribe… a veces se contempla, se respira y se agradece.
Aquí, donde el viento canta entre los pehuenes, he descubierto que sanar es, en el fondo, volver a estar en casa.