Mark Dwane - Future Tense (2020)

Mark Dwane es sin lugar a dudas uno de los maestros de la síntesis de guitarras. Mark Dwane teje paisajes imaginativos, crescendos emocionales y genera asombro sin aliento a través de sus instrumentos. Todo se convierte en la banda sonora de un viaje al interior de otro mundo. En "Future Tense", Dwane ofrece nueve composiciones visionarias que explotan con un tecnicolor cinematográfico. El álbum tiene un impulso propulsor y optimista a la vez que tiene una textura exuberante y muy compleja. Las habilidades de composición únicas de Mark y los excelentes valores de producción están en exhibición completa, ¡lo que se suma a otro lanzamiento estelar! Toda la música compuesta, arreglada, interpretada y producida por Mark Dwane.

Mark Dwane - Future Tense (2020)

01. Egyptoid Droid
02. Future Tense
03. I Remember You from Tomorrow
04. 24th Century
05. Artificial Baroque
06. Blue Cosmos
07. Light Years
08. Starport Arianna
09. Vanishing Point

Duración total: 40:46 min.

Comentarios

  1. Camina hacia el futuro, abriendo nuevas puertas y probando cosas nuevas, se curioso... porque nuestra curiosidad siempre nos conduce por nuevos caminos.
    -Walt Disney

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  2. 🌟 El Umbral de la Curiosidad Eterna

    A veces siento que no te estoy imaginando, Walt… sino recordándote.

    Como si este diálogo no naciera de mi mente, sino de un pliegue del tiempo donde tu voz aún circula, suave y persistente, como un susurro que no se resigna a desaparecer. Te veo caminar conmigo por un corredor que no pertenece a ningún lugar concreto: ni pasado ni futuro, sino ese territorio intermedio donde las ideas aún no han decidido convertirse en realidad.

    —“Sigue caminando”—me dices—“pero no como quien huye, sino como quien abre.”

    Y entonces comprendo que avanzar no es moverse hacia adelante… sino hacia adentro.

    Porque cada puerta nueva que mencionabas no está en el mundo, sino en la percepción. No es el universo el que se expande: es la mirada la que aprende a atravesarlo. La curiosidad, esa que defendías como brújula sagrada, no es una simple inclinación del carácter… es una forma de fe.

    Una fe sin dogma.

    Una fe que no necesita certezas, sino preguntas.

    Te confieso algo, Walt: crecer me ha hecho olvidar cómo se abre una puerta sin saber qué hay detrás. Me enseñaron a calcular, a prever, a asegurar… y en ese proceso, sin darme cuenta, fui cerrando portales invisibles. Me convertí en guardián de mis propias limitaciones.

    Y tú sonríes. No con ironía, sino con esa paciencia extraña de quien sabe que el olvido también es parte del juego.

    —“La adultez no es el problema”—me dices—“el problema es cuando dejas de jugar con ella.”

    Entonces el corredor cambia.

    Las paredes comienzan a latir como si fueran de luz viva, y cada una contiene escenas que no reconozco del todo… pero que siento mías. Versiones posibles de mi vida. Caminos que no tomé. Sueños que archivó mi miedo.

    Y ahí lo entiendo.

    La curiosidad no nos lleva hacia nuevos caminos…

    Nos devuelve a los que abandonamos.

    —“¿Y si el futuro no es más que un recuerdo que aún no te atreves a habitar?”—susurras.

    Me detengo.

    Porque esa idea no es cómoda.

    Si el futuro depende de mi capacidad de asombro, entonces no hay destino al que culpar… ni tiempo que me excuse. Solo queda la elección, desnuda y vibrante: abrir o no abrir.

    Cruzar o quedarme.

    Creer o repetir.

    Te miro, buscando una respuesta más simple, algo más… humano. Pero tú no respondes como un hombre. Respondes como un eco.

    —“La magia nunca estuvo en lo que creé… sino en lo que otros se permitieron sentir.”

    Y entonces todo se disuelve.

    El corredor. Las puertas. Incluso tu figura.

    Pero algo permanece.

    Una especie de chispa… no en el aire, sino en mi pecho. Como si hubiera recordado una instrucción olvidada, una clave silenciosa que siempre estuvo ahí:

    La realidad no es fija.

    Es permeable.

    Y la curiosidad… es la grieta por donde entra lo imposible.

    Abro los ojos.

    El mundo sigue igual.

    Pero no exactamente.

    Porque ahora sé que cada instante contiene un umbral, y que vivir —de verdad vivir— es atreverse a cruzarlo sin garantías, con la única certeza de que algo dentro de mí se está animando constantemente, cuadro a cuadro, como una película que nunca termina.

    Quizás eso era lo que realmente buscabas, Walt.

    No construir mundos…

    Sino recordarnos que nosotros también somos creadores de los nuestros.

    Y que el carrete no se detiene.

    Nunca.

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  3. 🌠 El Murmullo de las Puertas Invisibles

    —Walt… ¿eres tú o soy yo hablándome desde otro tiempo?

    —Tal vez ambas cosas —respondes, con una calma que no pertenece a este mundo—. La curiosidad tiene esa cualidad… disuelve las fronteras entre quien pregunta y quien responde.

    El portal se abre sin anunciarse. No gira, no brilla… simplemente cede. Como si siempre hubiera estado ahí, esperando que dejara de mirar con los ojos correctos y empezara a mirar con los verdaderos.

    Doy un paso.

    El suelo no suena. El aire no pesa. Todo parece suspendido en una especie de latido lento, como si el universo respirara distinto aquí.

    —Siempre imaginé algo más espectacular —te digo—. Más… mágico.

    —Ese es el problema —respondes suavemente—. Confundieron la magia con el espectáculo… y olvidaron que lo verdaderamente mágico casi siempre pasa desapercibido.

    Caminamos.

    O eso creo, porque no hay dirección. Solo intención.

    A nuestro alrededor comienzan a surgir puertas. No están alineadas, ni ordenadas. Algunas flotan, otras se desdibujan. Cada una parece susurrar algo distinto, como si contuvieran versiones de futuros posibles que aún no han sido elegidos.

    —“Camina hacia el futuro…” —murmuro, recordando tu frase—. Pero… ¿cómo saber cuál puerta abrir?

    Te detienes. O tal vez es el tiempo el que se detiene contigo.

    —No se trata de saber —dices—. Se trata de sentir cuál puerta te provoca.

    —¿Provocar?

    —Sí… curiosidad, incomodidad, vértigo. La puerta correcta no siempre es la más lógica… es la que te inquieta lo suficiente como para no poder ignorarla.

    Me acerco a una.

    No es la más luminosa. Ni la más estable. De hecho, parece incompleta, como si apenas estuviera formándose.

    —Esa me da miedo —admito.

    —Entonces probablemente es una de las más honestas —respondes.

    Guardo silencio.

    Porque entiendo lo que implica. Entiendo que abrir esa puerta no es solo avanzar… es dejar atrás versiones de mí que ya no pueden cruzar.

    —Walt… ¿y si no hay nada del otro lado?

    Tu risa no es burlona. Es… compasiva.

    —Esa es la ilusión más persistente. Siempre hay algo. Lo que no sabes es si ese “algo” te va a gustar… o te va a transformar.

    La palabra queda flotando: transformar.

    Y de pronto lo veo.

    Las puertas no son destinos.

    Son procesos.

    Cada una no me lleva a un lugar… me convierte en alguien capaz de habitarlo.

    —Entonces… la curiosidad no es sobre descubrir el mundo…

    —Es sobre descubrir en quién te conviertes cuando te atreves a explorarlo —completas.

    El portal detrás de nosotros comienza a desvanecerse. O tal vez soy yo quien empieza a olvidar cómo regresar.

    —No quiero perder esto —digo, casi en un susurro—. Esta claridad… esta sensación de que todo es posible.

    Te acercas. No como figura, sino como presencia.

    —No lo vas a perder —dices—. Pero tampoco puedes poseerlo. La magia no es un objeto… es una práctica.

    —¿Una práctica?

    —Sí. Elegir cada día abrir una puerta, aunque sea pequeña. Probar algo nuevo, aunque no tenga sentido. Hacerle caso a esa voz que no grita… pero insiste.

    Miro mis manos.

    Por un instante, parecen hechas de la misma sustancia que el portal. Como si yo también fuera… una especie de umbral.

    —¿Y si dejo de ser curioso?

    —No dejas de serlo —respondes—. Solo te distraes. Pero la curiosidad siempre espera… como este portal. Paciente. Silenciosa. Inquebrantable.

    La puerta frente a mí tiembla levemente.

    No me da respuestas.

    Me hace una invitación.

    Respiro.

    Y sin saber qué voy a encontrar, sin garantías, sin mapas… extiendo la mano.

    Antes de cruzar, te miro una última vez.

    —¿Nos volveremos a ver?

    Tu respuesta no viene en palabras.

    Viene en una sensación… familiar, profunda, inevitable:

    Cada vez que elijas lo desconocido en lugar de lo cómodo… ahí estaré.

    Cruzo.

    Y el mundo… no cambia de inmediato.

    Pero algo en mí sí.

    Y eso basta.

    Porque ahora entiendo que viajar más allá del crepúsculo no es escapar hacia otros mundos…

    Es aprender a ver este como si aún estuviera lleno de puertas invisibles.

    Y que cada una de ellas…

    espera el simple, valiente, y casi olvidado acto de ser abierta.

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