Medwyn Goodall - Land Of The Inca (2004)

Este álbum muy especial, “Land of the Inca”, reúne las mejores pistas de dos grandes éxitos de Medwyn Goodall, considerados ya clásicos dentro del género. El ritmo puro, vibrante y profundamente edificante de esta música conserva una frescura sorprendente, como si acabara de ser grabada. Flautas de pan, junto a instrumentos y percusión auténticamente peruanos —como el sikus y las zampoñas— se entrelazan con recursos modernos, creando una sonoridad rica y terrenal. En palabras del propio artista: “Siempre creí en explorar distintos estilos y absorber nuevas influencias”. Así, este trabajo representa una fusión única que lo posiciona como uno de sus álbumes más destacados, dentro de su amplia y reconocida trayectoria musical.

Medwyn Goodall - Land of the Inca (2004)

01. Chimborazo
02. Machu Picchu
03. Taruca
04. Sangay
05. Vicuna
06. El Misti
07. Atacama
08. Viscacha
09. Machu Picchu II
10. Cordillera de Blanca

Duración total: 53:04 min.

Comentarios

  1. Es sobre todo en la espiritualidad de las ideas donde se halla la poesía.
    -Joseph Joubert

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  2. 🏜️ Ecos de arena y altura: la música que aún me camina

    Vivo en Aluminé, donde el viento patagónico tiene memoria y la tierra guarda historias que no siempre se dejan decir. Hay días —como hoy— en que esa memoria se abre paso sin aviso, y me devuelve a otro paisaje, a otro tiempo: aquel viaje hacia el norte, a fines de 1989, cuando aún era estudiante y el mundo parecía un mapa desplegado esperando ser recorrido.

    Éramos un puñado de buscadores con más preguntas que certezas. Partimos desde Buenos Aires, cruzamos Mendoza, atravesamos Chile, y nos adentramos en la vastedad silenciosa del desierto de Atacama. Allí entendí, por primera vez, que el vacío no está vacío. Que el silencio no calla: susurra. Y que hay territorios que no se estudian… se atraviesan.

    Recuerdo la inmensidad de las líneas de Nazca, como si la tierra misma hubiera querido escribirle al cielo. Recuerdo también la llegada a Machu Picchu, donde el tiempo parece suspendido entre piedra y niebla, como una respiración antigua que aún sostiene al mundo. Pero lo que más recuerdo es lo invisible: la sensación de estar siendo transformado sin saber exactamente cómo.

    Hoy, tantos años después, mientras escucho Land of the Inca de Medwyn Goodall, algo de ese viaje vuelve a mí. No como nostalgia, sino como presencia. Las flautas de pan, los sikus, las zampoñas… no son solo sonidos: son caminos. Son huellas que se activan en la memoria del alma, como si cada nota supiera hacia dónde conducirme.

    Pienso entonces en Joseph Joubert y su frase: “Es sobre todo en la espiritualidad de las ideas donde se halla la poesía.” Y comprendo que aquella travesía no fue solo geográfica. Fue, sobre todo, una iniciación silenciosa hacia otra forma de percibir. Porque hay ideas que no nacen del pensamiento, sino de la experiencia profunda. Y cuando emergen, lo hacen como poesía: sin explicar, pero revelando.

    Tal vez por eso esta música resuena tan hondo. Porque no intenta describir los Andes: los evoca. No pretende enseñar: despierta. Como el desierto, como la montaña, como ese instante en que uno deja de buscar sentido y comienza a sentirlo.

    Kayquén duerme cerca mientras escribo, ajena a estas memorias, pero fiel guardiana de mi presente. Y yo, entre el sur que habito y el norte que me habita, reconozco que hay viajes que no terminan nunca. Siguen ocurriendo en lo invisible, en lo sutil, en lo que no puede ser medido ni enseñado.

    Quizás la verdadera geografía sea esa: la del espíritu que se expande más allá de los mapas. Y en ese territorio —hecho de música, recuerdos y silencios— todavía camino.

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  3. 🦅 El Rey: El vuelo que no deja sombras

    La noche había descendido sobre la cordillera.

    No quedaba un solo resplandor del Sol.

    Solo la inmensa bóveda de estrellas, tan antigua como el primer aliento del mundo.

    Plegué mis alas sobre la roca donde descanso desde hace muchos inviernos.

    El viento también parecía dormir.

    Los pehuenes permanecían inmóviles.

    Los lagos eran espejos negros donde el universo contemplaba su propio rostro.

    Cerré los ojos.

    Y entonces...

    desperté.

    No con el cuerpo.

    Con el espíritu.

    Sentí que algo abandonaba suavemente mis plumas.

    No era un sueño.

    Tampoco era la muerte.

    Era el antiguo vuelo que todos los seres olvidan cuando creen que solo son materia.

    Miré hacia abajo.

    Mi cuerpo seguía descansando sobre la piedra.

    Respiraba lentamente.

    Pero yo ya no estaba allí.

    Era apenas una conciencia suspendida entre las estrellas.

    Entonces comprendí por qué los ancianos de la montaña hablan tan poco.

    Hay verdades que solo pueden pronunciarse sin voz.

    El cielo comenzó a abrirse.

    No hacia arriba.

    Hacia adentro.

    Las constelaciones dejaron de ser luces lejanas.

    Eran senderos.

    Cada estrella era un recuerdo del universo.

    Cada nebulosa...

    una memoria que jamás perteneció a un solo pueblo.

    Atravesé aquel océano silencioso.

    No existía el tiempo.

    No existía el espacio.

    Solo una inmensa respiración que parecía sostener todas las montañas de la Tierra.

    Fue entonces cuando vi el desierto.

    No el que conocen los mapas.

    Sino el desierto eterno.

    Aquel donde toda alma camina antes de recordar quién es.

    Las arenas brillaban bajo una luna imposible.

    Y el viento dibujaba figuras que desaparecían apenas nacían.

    Reconocí aquel lugar.

    Aunque nunca hubiera estado allí con estas alas.

    Era el mismo silencio que habita entre las piedras de los Andes.

    El mismo que duerme bajo las dunas de Atacama.

    El mismo que alguna vez envolvió las montañas sagradas donde los antiguos levantaron templos mirando al cielo.

    Comprendí que todas las geografías sagradas comparten un único corazón.

    Seguí avanzando.

    Las arenas comenzaron a elevarse.

    Se transformaron en escalinatas de piedra.

    Vi ciudades sin habitantes.

    Observatorios donde nadie observaba.

    Terrazas abrazadas por la niebla.

    Y enormes figuras trazadas sobre la tierra para ser contempladas únicamente desde el cielo.

    No eran construcciones.

    Eran oraciones.

    Los antiguos nunca quisieron conquistar las montañas.

    Quisieron conversar con ellas.

    Entonces aparecieron.

    No tenían rostro.

    No tenían edad.

    Eran presencias.

    Tan antiguas como el primer cóndor que aprendió a confiar en el viento.

    No hablaron.

    Simplemente me rodearon.

    Y en ese silencio comprendí una revelación que jamás había imaginado.

    El viento...

    no mueve las alas del cóndor.

    Las alas del cóndor recuerdan el movimiento original del universo.

    Por eso volamos.

    No para escapar de la tierra.

    Sino para recordar el ritmo con el que nacieron las estrellas.

    Una de aquellas presencias extendió algo parecido a una luz.

    No era un regalo.

    Era un recuerdo.

    Y entonces vi algo que me atravesó por completo.

    Cada ser humano posee un paisaje interior.

    Hay quienes llevan un desierto.

    Otros una selva.

    Otros un océano.

    Y algunos...

    llevan una cordillera entera viviendo en el corazón.

    Comprendí que esas personas nunca dejan de buscar.

    Porque las montañas interiores siempre llaman.

    No para ser conquistadas.

    Sino para ser escuchadas.

    Cuando la primera claridad del alba comenzó a nacer detrás de las cumbres, sentí que era tiempo de regresar.

    Descendí lentamente.

    Las estrellas volvieron a ocupar su lugar.

    Las montañas recuperaron su silencio.

    Y mi espíritu encontró nuevamente el cuerpo dormido sobre la roca.

    Abrí los ojos.

    El amanecer todavía no había llegado.

    Había pasado una sola noche.

    Y, sin embargo...

    había recorrido miles de años.

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  4. 🌌 La revelación del Rey

    Desde entonces sé que el vuelo más largo jamás ocurre entre una montaña y otra.

    Ocurre cuando el espíritu recuerda que pertenece a una historia mucho más antigua que su propio nombre.

    Quizás por eso algunas músicas nos hacen llorar sin motivo.

    Quizás por eso ciertos paisajes parecen esperarnos desde antes de nacer.

    Y quizás por eso existen personas que, aun viviendo en el extremo sur del mundo, sienten que una melodía de quenas, el silencio del desierto o la niebla sobre una ciudad de piedra siguen caminando dentro de ellas.

    Porque el alma no conoce fronteras.

    Solo reconoce aquello que alguna vez llamó hogar.

    Y cuando el universo desea recordárnoslo...

    espera pacientemente a que el cuerpo duerma.

    Entonces, en el silencio perfecto de la noche, el espíritu despliega unas alas que nunca envejecen... y vuelve a volar.

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