La Fragua se formó en 1998 en Bariloche. Lo integran Patricia Di Matteo, Marcela Di Matteo, Alejandro Fatur, Guillermo Tolaba y Gabriel Ríos. Su repertorio incluye obras que abarcan un amplio espectro con raíz folklórica sudamericana. Todos ejecutan una amplia variedad de instrumentos, lo que aporta una gran riqueza a los arreglos musicales que ellos mismos realizan. En el 2001 editan su CD “De los Andes a Los Beatles”, un gran viaje imaginario por las canciones de Los Beatles, arregladas en típicos ritmos folklóricos sudamericanos y ejecutadas en quena, charango y varios otros instrumentos nativos. Relacionar sus canciones y su estilo con los instrumentos y ritmos folklóricos de nuestra tierra se transformó en un emocionante desafío.
La Fragua - De los Andes a los Beatles (From the Andes to the Beatles) (2001)
01. Eleanor Rigby
02. Let it be
03. Norwegian wood
04. Michelle
05. And I love her
06. I will
07. The fool on the hill
08. Things we said today
09. Blackbird
10. Here, there and everywhere
11. Hey Jude
12. Yesterday
13. With a little help from my friends
Duración total: 49:45 min.
01. Eleanor Rigby
02. Let it be
03. Norwegian wood
04. Michelle
05. And I love her
06. I will
07. The fool on the hill
08. Things we said today
09. Blackbird
10. Here, there and everywhere
11. Hey Jude
12. Yesterday
13. With a little help from my friends
Duración total: 49:45 min.

No necesitamos más energía intelectual, necesitamos más poder espiritual. No encesitamos más cosas que se ven, necesitamos más cosas que no se ven.
ResponderEliminar-Calvin Coolidge
🦅 El Rey: El último vuelo antes de las estrellas
ResponderEliminarEl crepúsculo siempre ha sido mi hora favorita.
No porque el día termine.
Sino porque durante unos instantes el cielo deja de pertenecer al Sol y todavía no pertenece a las estrellas.
Es un tiempo suspendido.
Como si la creación entera contuviera la respiración.
Hoy emprendí mi último vuelo con un propósito muy sencillo:
agradecer.
No buscaba descubrir un valle oculto.
No pretendía vencer ninguna tormenta.
Solo quería recorrer, una vez más, los lugares que habían sostenido mis alas durante toda una vida.
Comencé sobrevolando el lago.
Su superficie reflejaba un cielo encendido de naranjas, violetas y azules profundos.
Por un momento no supe dónde terminaba el agua y comenzaba el firmamento.
Entonces comprendí que también existen fronteras que desaparecen cuando la luz es la correcta.
Después seguí el curso del río.
Vi a un zorro regresar a su madriguera.
Un grupo de cauquenes buscaba descanso.
Los pehuenes permanecían inmóviles, como antiguos guardianes que conocen todos los amaneceres y todos los crepúsculos.
Pasé sobre ellos en silencio.
Y en mi corazón solo nacía una palabra.
Gracias.
Gracias al viento que tantas veces me sostuvo cuando mis fuerzas no alcanzaban.
Gracias a la lluvia que me enseñó paciencia.
Gracias a las tormentas, porque ellas fortalecieron mis alas.
Gracias a las montañas, que nunca intentaron detenerme; solamente me enseñaron a elevarme más alto.
Mientras el Sol desaparecía detrás de la cordillera, el primer lucero comenzó a brillar.
Entonces entendí mi último aprendizaje del día.
Las estrellas nunca aparecen de golpe.
Siempre estuvieron allí.
Solo esperan el momento en que la luz del día deja espacio para descubrirlas.
Quizás ocurra lo mismo con el alma.
Hay verdades que solo pueden verse cuando dejamos que el ruido se convierta en silencio.
Regresé lentamente a mi roca.
Plegué las alas.
Miré por última vez el horizonte.
La noche ya caminaba sobre las montañas.
Y sonreí.
Porque comprendí que cada crepúsculo no anuncia un final.
Anuncia la promesa de un nuevo amanecer.
Mañana volveré a volar.
Pero esta noche descansaré sabiendo que cada día vivido con gratitud deja una huella invisible en el viento.
Y tal vez, cuando alguien mire al cielo al caer la tarde, sienta una suave corriente acariciar su rostro.
No será solo el viento.
Será el recuerdo de un viejo cóndor que aprendió que la mayor altura no se alcanza cuando uno toca las nubes…
sino cuando el corazón es capaz de agradecer incluso aquello que nunca podrá volver.