El álbum "Peace" es una colección suave, conmovedora y sentida de piezas originales arregladas, interpretadas y compuestas por David Tolk. Las grabaciones de David Tolk son siempre cálidas y optimistas, y "Peace" lo es especialmente. Obviamente, estas canciones están muy cerca del corazón de Tolk, y eso se comunica muy bien desde el piano y desde los otros instrumentistas. El enfoque de la mayoría de las canciones es similar en estilo, lo que le da a todo el CD una consistencia agradable como telón de fondo para otras actividades, pero si necesitas un masaje mental o una hora tranquila de inspiración, "Peace" satisfará esa necesidad y te dejará sintiéndote transportado pacíficamente a un lugar más tranquilo y centrado.
David Tolk - Peace (2020)
01. Peace
02. Healing Rain
03. Forever
04. Memories
05. Setting Sun
06. Faith
07. Hope
08. As Evening Falls
09. The Promise of Spring
10. Tuscany
11. Autumn Lullaby
12. Eaves of Heaven
Duración total: 51:42 min.
01. Peace
02. Healing Rain
03. Forever
04. Memories
05. Setting Sun
06. Faith
07. Hope
08. As Evening Falls
09. The Promise of Spring
10. Tuscany
11. Autumn Lullaby
12. Eaves of Heaven
Duración total: 51:42 min.

Sé feliz con lo que tienes, alégrate de que las cosas sean como son. Cuando sientas que no te falta nada, entonces el mundo entero será tuyo.
ResponderEliminar—Lao Tsé
Me encantó este disco ! El título lo dice todo " Peace " ( Paz ).
ResponderEliminarMaravilloso para dejar que nos abraze la noche escuchando este álbum.
Saludos Neto, buen finde !
Gracias Jorge, tanto tiempo! Que alegría leerte nuevamente!! Es un álbum que transmite mucha "Paz". Que sigas bien! Abrazo
ResponderEliminar🌌 Cuando nada falta, todo aparece
ResponderEliminarEsta noche en Aluminé tiene un peso distinto. No es solo oscuridad: es profundidad. El silencio no es ausencia de sonido, sino una presencia que lo envuelve todo con una delicadeza casi sagrada. Afuera, el otoño patagónico respira lento; adentro, el tiempo parece haberse detenido.
Estoy aquí, en calma, dejando que la música fluya como un río invisible que no busca destino. Las notas suaves del piano se deslizan por el aire como si conocieran el camino hacia algún rincón olvidado dentro de mí. Y en ese espacio íntimo, donde el mundo exterior ya no exige nada, mi perra Kayquén duerme plácidamente en su sofá, ajena a cualquier inquietud, completamente entregada a la simpleza de existir.
La observo… y comprendo algo.
Ella no necesita más.
No busca respuestas, no cuestiona el momento, no se pregunta si mañana será mejor. Está ahí, respirando, siendo. Y en esa quietud hay una enseñanza que ninguna palabra logra capturar del todo.
Entonces aparece la frase, como un eco antiguo que se desliza entre las notas:
“Sé feliz con lo que tienes…”
Y me pregunto, con una honestidad que incomoda suavemente:
¿qué significa realmente no necesitar nada?
Durante tanto tiempo creí que la plenitud era una construcción, una meta, algo que debía alcanzarse sumando experiencias, logros, momentos extraordinarios. Pero esta noche —tan simple, tan silenciosa, tan aparentemente común— me revela otra posibilidad: que la plenitud no se construye… se reconoce.
Tal vez siempre estuvo ahí.
Como la música que ahora suena, que no intenta ser más de lo que es. No compite, no se impone. Simplemente acompaña. Cada pieza parece surgir desde un lugar sincero, como si quien la creó hubiese entendido que no hace falta llenar cada espacio, sino honrar cada silencio.
Y en esa honestidad hay algo profundamente humano.
Pienso en esas palabras compartidas hace tiempo, en aquel intercambio sencillo, casi cotidiano:
“Me encantó este disco… el título lo dice todo: Paz.”
Y la respuesta, cálida, cercana, sin artificios:
“Es un álbum que transmite mucha paz.”
Nada grandilocuente. Nada forzado. Solo verdad.
Quizás ahí también habita el misterio.
En lo simple que no necesita adornos.
En lo genuino que no busca validación.
En lo presente que no pide ser distinto.
La música sigue, y siento cómo algo dentro de mí se afloja, como si una tensión invisible finalmente encontrara permiso para soltarse. No hay urgencia. No hay carencia. Solo este instante, completo en sí mismo.
Y entonces lo entiendo de otra forma.
Cuando sientes que no te falta nada, no es porque lo tengas todo…
es porque has dejado de fragmentar la experiencia.
Ya no divides entre lo que es suficiente y lo que no.
Ya no colocas condiciones para estar en paz.
Ya no postergas la vida esperando un momento ideal.
Simplemente estás.
Y en ese estar, el mundo deja de ser un lugar que necesitas conquistar… y se convierte en algo que puedes habitar plenamente.
Miro nuevamente a Kayquén. Su respiración es tranquila, constante, como si marcara un ritmo invisible que todo lo sostiene. No hay conflicto en ella, no hay resistencia. Solo una entrega total al ahora.
Quizás eso sea la verdadera riqueza.
No lo que acumulamos, sino lo que dejamos de necesitar.
No lo que buscamos afuera, sino lo que dejamos de negar adentro.
La noche avanza sin prisa, envolviendo todo en su manto oscuro. Pero ya no se siente vacía. Está llena de algo que no se ve, pero se percibe… como una calma que no depende de circunstancias, como una paz que no necesita explicación.
Y en medio de esa quietud, algo se ordena suavemente dentro de mí.
No es una revelación abrupta.
No es una certeza ruidosa.
Es más bien un asentimiento silencioso.
Como si por un instante, breve pero suficiente, hubiera dejado de resistirme a lo que es.
Quizás mañana todo vuelva a moverse, a exigir, a dispersar la atención en mil direcciones. Pero esta noche queda. Este instante queda. Como una huella sutil que recuerda que siempre existe un lugar al que volver.
Un lugar donde nada falta.
Un lugar donde la música no es solo sonido, sino refugio.
ResponderEliminarDonde la compañía no necesita palabras.
Donde la vida, tal como es, alcanza.
Y tal vez ahí, justo ahí…
es donde el mundo entero, sin esfuerzo, comienza a sentirse propio.